Construcciones

Las tareas invisibles

José Luis Cerdán

Muchas de las insuficiencias de nuestro desarrollo son, por decirlo rápidamente, lugares comunes. Están sobrediagnosticadas, han sido abordadas una y otra vez por distintos actores, desde diferentes perspectivas e, incluso, se han enfrentado –con diversos resultados, pero siempre limitados y fragmentarios- aún cuando no siempre buscando solucionarlas.

México tiene, paradójicamente, instituciones ejemplares en algunas áreas, pero frágiles desde el punto de vista de la percepción ciudadana. Nuestro sistema electoral es, comparado con el de Estados Unidos, por ejemplo, muchísimo más moderno, más claro, más justo y de mejor diseño (quizá con la excepción de la abigarrada reglamentación, que proviene justamente del ambiente de sospecha permanente), pero elección tras elección se ve sometido a un juicio público lapidario, no sólo de los actores directos que resultan perdedores, sino de la sociedad en general. En contraste, los norteamericanos confían en su sistema, pese a que carece de garantías mínimas para considerarse moderno: fue diseñado para una época hace cuando menos siglo y medio ya rebasada y, por si fuera poco, ni siquiera (en las elecciones presidenciales) otorga el voto directo a los ciudadanos.

Otras instituciones mexicanas fueron diseñadas, reforma tras reforma, para funcionar mal. Nuestro sistema de procuración de justicia, emblemático por su ineficiencia, tiene huecos tan a la vista que no podemos entender por qué se mantiene, salvo que ingresemos a la entraña del sistema político del que forma parte y constatemos que, en efecto, es funcional y adecuado para éste.

Las instituciones de salud, de educación, de control y regulación de distintas áreas, tienen –con variados énfasis- el mismo problema: incumplen los objetivos para las que fueron creadas, pero resultan funcionales para mantener privilegios de élite, para abrir paso a intereses creados y, por supuesto, para prohijar una corrupción que da sentido y fortaleza al sistema político vigente.

Premios y castigos son posibles, por encima de la legalidad, gracias a este funcionamiento irregular de nuestras instituciones. Controles, exclusiones, reparto discrecional de beneficios, etc., mantienen al sistema aceitado, alimentado y de alguna manera solidificado. Tanto que, como lo hemos visto, resistió ya dos transiciones partidistas.

Por eso resulta difícil consolidar una opinión firme, sin grietas y dudas, en la discusión que hoy estremece al país y que prefigura una confrontación entre los poderes formales que constituyen a nuestro Estado.

Lo de menos es pronunciarse a favor de la austeridad. Es indispensable y, salvo detalles atendibles por obligada racionalización, exigible en todo el cuerpo estatal, empezando por los espacios en los que el abuso, el dispendio y el exceso han sido norma cotidiana desde hace decenios. Que se reduzcan los salarios ofensivos es una idea fácil de compartir. No está a discusión, por lo menos para mí.

Pero si el mecanismo con el que se intenta alcanzar ese objetivo (encomiable, insisto) pone en riesgo de alguna forma la división de poderes, el equilibrio indispensable entre ellos, entonces hay que revisar nuevamente todo, desde el principio y poniendo en perspectiva el futuro del país.

Estamos frente a una tarea invisible: nadie tiene a la vista todos los elementos ni todas las consecuencias de un procedimiento en el que nuestro país tiene poca experiencia: convertir lo popular y lo justo, en herramienta funcional y delicada como para no romper las de por sí frágiles condiciones institucionales que requiere la división de poderes.

Un poder judicial, ahora en la mira de la opinión pública, indiferente al reclamo popular de austeridad, es una mala noticia. Un acoso, desde los otros dos poderes, a la institución que imparte justicia, también lo es.

Más allá de la discusión sobre aspectos jurídicos y detalles técnicos, se requiere la sensatez, la altura de miras y la capacidad de poner en perspectiva las cosas, de todos los actores que hoy colisionan en este tema. Un juego de vencidas es lo último que necesita este país.

No falta mucho para saber de qué están hechos todos ellos.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.