El arranque

Si después de un político malo, viene uno peor, cualquier república caerá en la ruina
Nicolás Maquiavelo

Nadie le puede negar al nuevo gobierno el intenso impulso con el que inicia, los anuncios nos abruman. Las cataratas de iniciativas me hicieron recordar a Alfonso X, “El Sabio”, quien hace más de 700 años declamaba: “Hace leyes Cicebuto/y las hace al por mayor/por eso dice Canuto/el problema no es que seas tan bruto/sino tan legislador”.

La incongruencia es una forma de corrupción. Las crisis pueden ser medidas por la distancia entre palabras y hechos, entre leyes y su cumplimiento; entre intenciones y resultados. Esa distancia y la gravedad de las crisis son directamente proporcionales: a mayor alejamiento, mayor desconfianza, temor y desmoralización de la gente.

El presupuesto es el principal instrumento de un gobierno para alcanzar sus metas. Se prometió tanto, que lo primero que se percibe es su imposible realización. La proyección de crecimiento económico en los próximos años seguirá rondando el 2% del PIB, la mediocre cifra de siempre.

No me asusta la confrontación entre poderes que, en realidad, no son tales. El artículo 49 constitucional señala: “El Supremo Poder de la Federación se divide para su ejercicio en Legislativo, Ejecutivo y Judicial”. Su redacción es contundente; el poder es uno. Por lo tanto, los mal llamados poderes son órganos de uno solo que deben coordinarse para el cumplimiento de los fines del Estado. Celebro las disidencias, en eso consiste la democracia, para eso están diseñadas las instituciones. Me preocupa el nivel del debate. Siempre he insistido en que la política es cultura. Ahí están nuestras carencias.

En otras ocasiones utilicé las expresiones “derecho masturbatorio” y “derecho demagógico”. Se hacen leyes de imposible cumplimiento, lo cual es contrario a la más elemental técnica legislativa. El principio de obligatoriedad en la educación superior es una soberana mentira, es engañar con la ley. La creación de 100 universidades es una tontería, ahí está el fracaso de la Universidad de la Ciudad de México. Sugeriría revisar, por decir lo menos, esa propuesta. Como escribía La Bruyere: “Nada purifica la sangre como evitar hacer una estupidez”.

Jamás se podrá alcanzar la meta de incrementar la producción petrolera inyectando más recursos a la “empresa productiva” Pemex. La inversión y la tecnología de la iniciativa privada, nacional y extranjera, son necesarias. Sin embargo, se cancelan las licitaciones en este rubro, lo cual es un contrasentido.

La congruencia exige designar funcionarios que correspondan al perfil del cargo. Cada vez más afloran las fallas de un gabinete que ni remotamente se aproxima a los requerimientos actuales.

El muy manoseado asunto del nuevo aeropuerto sigue en suspenso. La incertidumbre también es una forma de incongruencia.

Las conferencias de prensa mañaneras y la verborrea de los funcionarios públicos, incluido el presidente, propician más bruma en nuestro ya contaminado ambiente político. La promesa rota de disminuir los recursos para comunicación social es un golpe a la credibilidad.

Rechazo que se esté regresando al viejo PRI. Me parece que aquel sistema ha sido injustamente calificado. Milité en él, lo estudié y conocí de cerca a muchos de sus protagonistas. Desde luego, se cometieron muchos abusos, pero también hubo grandes aciertos y mexicanos con verdadera vocación de servicio y congruencia, por algo duró 71 años y permitió la transición democrática en paz.

Lo que hoy México padece es de otra índole y de mayor peligrosidad. Lo cierto es, en el arranque, si algún calificativo define a la entelequia de la cuarta transformación, es la incongruencia.

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