“Se negoció y se pagó, pero recogimos un cadáver”



•“Mi vida quedó triturada, devastada”, dice Armando, el esposo de una mujer que fue secuestrada.

Juan Pablo Armas

Armando —nombre ficticio, utilizado por su seguridad— necesita hablar. Al principio tiene temor, miedo, pero luego se suelta, recuerda todo con claridad, llora y sufre. “No sé por qué me pasó esto a mí”, refiere. “Renegué de Dios, de todo y luego encontré en él mi consuelo. ¿Qué más puedo hacer, si mi vida quedó triturada, totalmente devastada”.

El hombre, maduro, curtido por el trabajo y el paso del tiempo, me pide no poner su nombre real, no contar detalles de lo sucedido, no abundar en el hecho, para no poner a nadie en peligro. Me pide revisar el texto antes de su publicación. Tiene miedo. No es para menos. El dolor se le nota en el rostro, lo lleva a cuestas, a pesar del paso del tiempo.

Armando es uno de los miles de veracruzanos que han sufrido en carne propia el flagelo de la inseguridad. “Las estadísticas, los números, los datos que dan los medios no dicen nada hasta que te toca, hasta que ves que el problema está cerca de ti, hasta que sientes el dolor, la angustia de que se llevan a un ser querido”, indica mientras desdobla su alma ante el reportero.

Los secuestradores te vigilan, te conocen, saben tu vida, tu rutina y saben cómo vas a reaccionar. “Cuando a mí me tocó no lo podía creer. Un día ella estaba aquí conmigo y al otro día ya la tenían secuestrada y me pedían tres millones de pesos para soltarla. Nunca he visto ese dinero en mi vida, pero hice todo para conseguir lo más que pude, para negociar y a pesar de que les entregué una gran cantidad, me la regresaron muerta”, asevera.

“Se negoció y se pagó, pero recogimos un cadáver”, insiste, con la voz quebrada, que intenta contener un llanto fresco, de un dolor de días, de meses, de más de un año. “Desde entonces, nuestra vida quedó triturada, devastada para siempre”, me reitera.

Cuando te arrebatan un ser querido de esta manera, la vida pierde sentido. “La verdad ya no quiero hacer nada, ya no tengo ilusión de nada, para mí todo terminó”, me dice, mientras intenta sacar fuerza, vitalidad, vida, de esta experiencia de muerte que le partió el alma a él y a toda la familia de quien fue su esposa.

A pesar de todo, Armando intenta sobrevivir, intenta salir adelante. “Esa noche ante su ataúd, devastado, llorando, perdoné a los asesinos. Lo hice por mí y por mi familia, porque nosotros necesitamos sobrevivir. A ella ya nos la quitaron, nos la arrebataron y finalmente ella ya no tiene dolor ni sufrimiento, porque creo que está con Dios, pero nosotros necesitamos sobrevivir”, reconoce.

En esos días, luego de que entregaron su cuerpo a la tierra, lloró a solas, en el silencio, en la oscuridad de su cuarto y fue a una iglesia a visitar a un sacerdote amigo de la familia. El cura, que hablaba con una chica muy guapa y de buena figura —la dibuja Armando con sus manos—, le dijo seco, descortés, inhumano, que no podía atenderlo”.

“Me senté en una banca y lloré, lloré y lloré. Estuve en la misa, pero las voces de los rezos eran lejanas, como de un eco en la oscuridad de la noche. Recé y recé. Terminó la ceremonia y el sacerdote nunca se acercó. No le interesó mi sufrimiento. Yo solo quería una palabra de consuelo, una explicación. Entonces renegué de Dios”, indica.

DEL DOLOR AL RECHAZO

Pero la muerte por el dolor de su esposa no ha sido suficiente. No. Las horas de angustia después del secuestro, el ir y venir, la búsqueda del dinero, la adrenalina por la entrega y la espera de minutos y minutos interminables, el descubrimiento del cuerpo, los trámites ante la Fiscalía, las lágrimas de la familia, no han sido suficientes. Hoy, Armando sufre otra consecuencia de esta tragedia, el rechazo de familia, amigos y vecinos.

“Creen que porque se acercan a nosotros, ya los van a marcar, van a ir por ellos y van a ser blanco perfecto”, me dice. “Todos corrieron, todos huyeron, hasta familiares cercanos”, añade. “Hay gente que nos ve y parece que tenemos lepra, porque voltean la cara y se alejan de nosotros”, indica.

“Seis meses me la pasé en un sillón. No sabía qué hacer. Me retiraron las llamadas, me quitaron el seguro social. Perdí todo, todo”, me cuenta Armando y el llanto brota, quedo, discreto, pero profundo, de adentro, de las entrañas, del corazón.

La mayoría de la gente te dice: la vida continúa, refiere.

Sí, es una frase hecha, pero hueca, vacía, “sí continúa, continúa para ellos, que tienen su trabajo, su casa, su familia. Hubo una pérdida, un dolor, pero en el caso de ellos sí continúa. Para mí no, para mí quedó triturada, en una devastación. No soy mártir, pero esta es la verdad, mi vida quedó triturada y devastada, porque tuviste la pérdida, algo que ya no puedes recuperar, negociar. Se negoció, se pagó y lo único que recogiste fue un cadáver, pero ya no hay ilusión. Mi vida ya no tiene sentido”.

TE QUEDAS SIN NADA, SÓLO CON DIOS

Frente al dolor y la incertidumbre de no saber qué hacer con su vida, frente a la devastación, Armando dice que Dios lo ha ayudado. “Al principio dudé mucho y le gritaba: ¡Dios, necesito que me hables, no enmudezcas. Si callas me voy a volver loco”.

Entonces conoció la historia de Job y con esa historia Dios le habló.

Emocionado, me cuenta que Job era un multimillonario, pero también era un hombre muy honesto, muy leal, que se preocupaba por los más pobres. Satanás le dijo a Dios: si ese hombre te quiere tanto, déjame tocarlo y te vas a dar cuenta que te va a odiar, te va aborrecer.

Tócalo, pero no lo mates, dijo Dios a Satanás y Job perdió todo, pero no maldijo a Dios. Al final, cuenta la historia, Dios le mandó una sarna y Job lloraba sangre. Tres de sus más ricos amigos le fueron a visitar y le echaron en cara que había hecho algo malo y por eso Dios lo abandonó y ellos también se fueron.

Su propia esposa lo interpeló y le dijo: mira cómo estas, ya aborrece a Dios y muérete.

Al finalizar esta historia, dice Armando, entendió la fe impresionante de este hombre que frente a la tribulación y el dolor, nunca renegó de Dios y Dios lo recompensó con el doble de riquezas y felicidad que tenía.

“Todos tenemos que prepararon para estas tribulaciones. Hay gente que tiene problemas pero no llega a comprenderlos y toma las salidas fáciles, se tira del puente Xallitic o mata a sus hijos”.

Yo he aprendido como Job, dice Armando, “si Dios me lo da, Dios me lo quita”, y esas palabras han sido bálsamo para su espíritu, para este dolor que le ha taladrado el alma y le ha cambiado la vida para siempre.

“De eso me afianzo, de eso estoy colgado, de esas palabras, de esa fe, es lo único que me queda, Dios. Él sabe lo que hace y nosotros ya perdonamos, perdonamos porque queremos seguir viviendo, porque queremos vivir en paz”.

NI A JAVIER DUARTE LE PIDIERON TANTO COMO A NOSOTROS

Tres millones de pesos pidieron los secuestradores a Armando por la vida de su esposa. “¿De dónde los iba a sacar?”, me dice compungido nuevamente, al recordar esos momentos trágicos. “Logramos conseguir entre toda la familia poco más de 500 mil y se los llevamos. Estuvieron de acuerdo. Quedaron de llamarme después de la entrega. Al otro día le encontramos muerta”.

“Los secuestradores pidieron más dinero por el rescate, que la multa que le impusieron a Javier Duarte para que salga de la cárcel, a pesar de todo el daño y saqueo que hizo en Veracruz”, reflexiona Armando. “Ni a Javier Duarte le pidieron tanto como a nosotros”, lanza en voz alta, molesto, triste, decepcionado.

Armando cree que autoridades policiales, de investigación, forenses y judiciales, están implicadas en esta red de secuestros. “Cómo es posible que a una persona que recogen en pedazos en Jilotepec —cita algún caso— le pongan en su acta de defunción que murió de muerte natural”, indica.

Además, añade, la entrega del dinero se hizo a plena luz del día, a la vista de todos. “¿Por qué actúan así, cono todo el cinismo?”, se pregunta. Y responde: “Porque no hay gobierno, no hay policías, no hay nada. Como que en ese momento ya tienen un convenio con los policías para que no se aparezcan. Ni tránsito, ni policías, ni nadie. Si yo me hubiera robado un carro, inmediatamente llegan miles de policías, miles de patrullas por todos lados y me agarran inmediatamente. Y me van a meter muchos años a la cárcel sin derecho de fianza”.

“Recogiendo el dinero te marcamos”, le habían dicho. La llamada nunca llegó. Y al otro día, las autoridades nos informaron que ya habían encontrado a su esposa, pero sin vida, en un lote baldío de una colonia periférica de la ciudad de Xalapa.

Esa es la historia, me dice, adolorido. Desde entonces mi vida ha cambiado. De pronto, escalofríos recorren mi cuerpo. “Es como si estuvieras dentro de una enfriadora. Sientes que te metieron a un refrigerador. Se te baja toda la energía, la tranquilidad. Sientes un frío horrible, que no te puedes explicar”.

Desde entonces su vida ha cambiado. El gobierno dice que en Xalapa y Veracruz no pasa nada y él, Armando, prefiere sacar la sección policiaca del periódico que lee y tirarla. “Ya no quiero saber, pero todos los días siguen pasando estas historias”.

Él, se refugia en Dios, en el ejemplo de Job y ora, para encontrar nuevamente un sentido a su vida.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.