Lo que aprendí en el despacho internacional de auditores PriceWaterhouse: Iván López

Un empresario puede gastar su dinero cuando y como quiera; un funcionario público no puede ni debe hacerlo a capricho, por la sencilla razón de que no le pertenece.

Lo que aprendí en el despacho internacional de auditores PriceWaterhouse

 

Iván López Fernández

Apenas unos días antes de que presentara yo mi último examen de la carrera en la Facultad de Comercio, me topé con una mesita –más chica que un escritorio normal— en uno de los pasillos de la escuela, en la que dos personas sentadas conversaban con algunos compañeros. La curiosidad pudo más y me acerqué a ver de qué se trataba aquello.

Me dijeron que estaban realizando reclutamiento, cosa que me sonó a algo militar, pero no, no era para el ejército, sino para un despacho internacional de auditores que en ese momento yo ni siquiera conocía. Se trataba de PriceWaterhouse, una firma internacional que desde su fundación en 1849 no ha parado de crecer. Hoy, luego de diversas fusiones, esta empresa da empleo a más de 200 mil personas en casi 160 países del mundo.

No habían pasado tres semanas cuando ya estaba yo en Ciudad de México, en lo que sería mi primera experiencia profesional y una extraordinaria aventura que se prolongó por más de quince años y que me permitió verdaderamente sumergirme en el gran universo de la contabilidad profesional y, sobre todo, en los procesos de auditoría que han dado certidumbre a millones de operaciones mercantiles y contribuciones fiscales.

En PriceWaterhouse aprendí la aplicación práctica de todas las reglas y principios que las aulas le dan a uno en el nivel teórico, pero que hay que convertir en realidad cada día y hay que aplicarlas cuidadosamente en el examen contable para que éste sea realmente útil, no sólo a las empresas y a los gobiernos, sino a toda la sociedad.

Hay un error muy difundido que conviene aclarar: las auditorías son mucho más que encontrar fallas o delitos, son más que perseguir errores y aplicar castigos. La auditoría es una herramienta muy valiosa para aumentar la productividad, para mejorar los procesos de una organización, para reducir los costos, para identificar las áreas exitosas, las oportunidades, las debilidades y riesgos de cualquier empresa u oficina de gobierno. Una buena auditoría es un gran instrumento de planeación, que permite saber dónde y cómo aplicar medidas para crecer, para aumentar la eficiencia, para crear reservas, para hacer una adecuada programación del trabajo futuro. Y esto vale tanto para el gobierno como para la iniciativa privada.

Por supuesto que la transparencia, el adecuado cumplimiento de las obligaciones y el manejo honesto de los recursos son una parte esencial a la que debe atender todo auditor. Cuando se trata de oficinas públicas, siempre debe tenerse presente que el gobierno maneja dinero que no es de su propiedad sino de los contribuyentes y que su gasto debe ajustarse rigurosamente a una serie de reglas muy precisas. Un empresario puede gastar su dinero cuando y como quiera; un funcionario público no puede ni debe hacerlo a capricho, por la sencilla razón de que no le pertenece.

Por ello hay diferentes tipos de auditoría. Suelen hacerse de manera especializada: algunas son integrales, analizando todos los detalles de un proceso, otras auditorías se orientan a lo fiscal, es decir, al pago de impuestos; las hay para revisar las obras y los servicios públicos. También se realizan auditorías forenses que se dirigen específicamente para detectar delitos como el fraude y el peculado.

Una mala auditoría perjudica a todos, empezando por los propios clientes. Y no hablo de que se oculten vicios o deficiencias deliberadas, sino que la información que resulta de un buen análisis es una gran herramienta para ahorrar costos y mejorar procesos. La auditoría bien hecha debe cumplir con un conjunto de requisitos que garanticen su resultado.

A lo largo del tiempo, los procedimientos para auditar han evolucionado muchísimo; aunque no existe un solo sistema, hay una serie de principios que todo buen auditor debe poner en práctica para asegurar la calidad y el éxito de su trabajo.

Lo que sigue son las consecuencias de una auditoría, las recomendaciones, los cambios que se proponen y, por supuesto, los fallos que se detectan y la necesidad de corregirlos. Esa es la parte más compleja porque no depende de la voluntad del auditor. Y aquí las cosas pueden ir por muchos caminos diferentes, desde intentar convencer a un empresario de que toma decisiones equivocadas que le hacen perder su dinero, hasta proceder legalmente contra quienes defraudan y dañan el patrimonio, ya sea público o privado. Es aquí donde las cosas se ponen calientes.

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