Arquidiócesis de Xalapa construye el Albergue de Nuestra Señora de la Soledad para familiares de internos de Pacho Viejo

  • Tendrá una capilla, comedor, dormitorios, sanitarios, área deportiva, salón de usos múltiples.
  • Se ofrecerá asesoría jurídica, asesoría psicológica y atención médica.
  • “Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es ni utopía ni locura, es justicia”, dice el padre Erick Aguilar García.
  • “Es una manera de consolar, de visitar, de hacernos presentes como iglesia, necesitamos ofrecerles una palabra de esperanza”, indica.

Miguel Valera

Pacho Viejo, Ver.- Es domingo y ya en los caminos se ven los racimos de flor de izote. Desde muy temprano, familias llegan al penal de Pacho Viejo, una cárcel ubicada a 9 kilómetros de Xalapa, la capital de Veracruz. Con bolsas y morrales hacen fila para ingresar comida, bebidas, dulces, para pasar un rato, para alegrar al esposo, al padre, a la madre, a la hermana, al hermano, al tío o sobrino.

Vienen de muchas partes del estado y de la región metropolitana. Algunos se han quedado a vivir en esta comunidad para estar cerca del ser querido, para atenderlo, para consolarlo. Más allá del delito que haya cometido, “es familia”, me dice doña Gloria, una mujer madura, curtida por las dificultades de la vida, que llega corriendo con bastimento en mano, angustiada, pero feliz porque verá unas cuantas horas al padre de sus hijos.

Mientras madres, padres, hijos y familiares dan tiempo, esfuerzo, dinero y apoyo moral a los presos, justo enfrente de este penal, apenas cruzando la calle Vicente Guerrero, una veintena de hombres maduros y jóvenes, ofrendan parte del domingo, para construir un albergue para familiares de los internos de este Centro de Readaptación Social.

Estos varones, que quizá nunca en su vida conocerán a alguno de los encarcelados,  han salido de sus casas con los primeros rayos del sol y han entregado toda la mañana de su día de descanso, porque creen en aquel carpintero de Nazareth que hace dos mil años dijo que si se hacía algo por el más pequeño de sus hermanos, se hacía con él mismo.

Mientras viajan en su vehículo o en el camión que los transporta de Xalapa, Xico, Teocelo o Cosautlán hasta Pacho Viejo, estos hombres de campo, recios, que saben de trabajo duro, piensan quizá en las palabras de aquel hombre-Dios en el que creen: “porque tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; era forastero y me acogiste; estaba desnudo y me vestiste; enfermo y me visitaste; en la cárcel y viniste a verme”.

El proyecto del albergue es colosal y apenas han construido los cimientos y pilares inmensos que miran al cielo como los mismos trabajadores. Es el día de la Ascensión del Señor Jesús al cielo. Han pasado 40 días de la Resurrección y estos hombres creen firmemente que Jesucristo está vivo. Por eso están ahí. Podrían estar de paseo con su familia, descansando, viendo futbol, pero no, están ahí, ofrendando su trabajo para una obra de la Arquidiócesis de Xalapa, su iglesia.

Todos ellos, nos dice el padre Erick Aguilar García, quien coordina este proyecto desde la llamada Pastoral Penitenciaria, son integrantes de la Escuela de la Cruz, un movimiento eclesial que combina muy bien el trabajo espiritual y el trabajo material dentro de las obras de la iglesia católica.

Así me lo cuenta Reynaldo Cruz Vázquez, quien es el del equipo Diocesano de la Escuela de la Cruz. “En la parte espiritual contamos con catequistas y ministros instituidos y extraordinarios. En la parte material se apoya aquí, en las parroquias, en el seminario. Donde se requiere de la mano de obra de la Escuela de la Cruz estamos presentes. Esto es lo que más nos identifica y todo lo hacemos con gusto, servimos sin condición, porque este albergue será de gran utilidad para muchas familias”.

Sacerdote y abogado, el padre Erick Aguilar García, párroco de El Calvario en Coatepec, parece proyectar en su vida la síntesis del viejo cuadro de Raphael que muestra a Platón y Aristóteles en la “Escuela de Atenas”. El primero señala al cielo, como sitio de las ideas y el segundo, la tierra, como el mundo sensible, el de la realidad material.

“Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es ni utopía ni locura, es justicia”, se lee en su WhatsApp. El cree y promueve el mundo espiritual, como cura de almas, pero también las obras sociales, materiales, para atender el cuerpo de quienes pasan por este mundo. En eso se basa el proyecto del Albergue de Nuestra Señora de la Soledad.

El nombre, explica, es naturalmente en honor a la Virgen María en esa advocación de la Soledad, pero también, recordando a doña Chole, la señora que donó, antes de morir, este terreno donde se construye el gran albergue para servir a familiares de internos del penal de Pacho Viejo.

Acompañado de un amigo arquitecto, a quien le pidió opiniones sobre el avance de la obra, el padre Erick comenta que la intención es colaborar con las autoridades, pero sobre todo con las familias que tienen que desplazarse desde diversos lugares de la región o el estado, para atender a quienes purgan alguna pena o están en algún proceso penal.

LOS SERVICIOS DEL ALBERGUE

“La iglesia de esa manera quiere hacerse solidaria, brindando un espacio en donde puedan ellos recibir algún servicio”, añade.

El albergue tendrá una capilla para que las familias creyentes puedan orar, para que tengan un espacio de paz y serenidad. Tendrá un comedor, añade, porque no solo hay que alimentar el espíritu, también y sobre todo, el cuerpo.

Contará con un área de servicios de asesoría jurídica, de asesoría psicológica y médica.

“No buscamos meternos en los procesos, solo asesorar”, aclara, pero también atender psicológicamente.

Habrá dormitorios, sanitarios y un salón de usos múltiples donde se podrán dar charlas de prevención del delito o de la ley penal. Este proyecto contará con una cancha de futbol y usos múltiples y pequeños locales que se ofrecerán en renta para que sea autosustentable en cierta forma, explica.

“Es un proyecto diocesano. Va a contar con el apoyo de las parroquias, pero eso a veces no es suficiente. Por eso pensamos en buscar una forma de ingreso, para que sea autosustentable”, aseveró.

—¿Entonces la iglesia no solo está preocupada por el espíritu?, le pregunto.

“No, no, no”, me contesta.

“Acuérdate que tenemos muchas obras sociales como Cáritas, la Pastoral de la Salud, la Pastoral Penitenciaria, como una rama de la Pastoral Social. Realizamos trabajo concreto con quienes viven en el límite de la existencia humana, en este caso los internos y con sus familias que también padecen”, indicó.

“Es una manera de consolar, de visitar, de hacernos presentes como iglesia, ellos son bautizados y tenemos que acompañarlos, tenemos que devolverles el valor que tienen como persona”.

En lo personal, dice el padre Erick Aguilar, al entrar en contacto con estas realidades humanas se vuelve uno más sensible. “Cuando uno no está cerca, cuando no se trabaja ahí, cuando uno ignora, se vuelve uno indiferente. Cuando te vas involucrando con los internos, con las familias, te vas sensibilizando. Son hijos de Dios y necesitan ser acompañados, con una palabra de esperanza”, añade.

Detrás de este proyecto, está la mano de los voluntarios de la Escuela de la Cruz. “En primera estoy aquí porque Dios me mandó. En segunda lo hago con gusto. Y qué bueno que tengo la oportunidad de hacerlo, para el prójimo, eso es grandioso, para mí en cierta forma estoy contento y ojalá Dios me dé vida para poder seguir viniendo a ayudar, que Dios me dé vida y tiempo y salud, estoy feliz por estar participando en esta obra”, me dice José, uno de ellos.

Benedicto Molina añade: “Estoy aquí, primero, porque tengo una obligación como cristiano. Sé que esta es una obra que va a servir para la comunidad, para todo el que necesite venir acá. Algo que Jesús nos encomendó en muchas ocasiones que se le conozca a través de las Escrituras”.

Su pariente, de Micotla, también por la zona de Xico, añade: “Estoy aquí porque Dios me sacó de andar en muchos vicios humanos. Dios se compadeció de mí y quiere que siga yo amándolo y por eso le doy gracia a Dios que con tanto sacrificio que Dios me ha dado, regalo un poquito del tiempo que tengo”.

A su vez, Delfino Eloss, comenta: “Yo siento que estamos aquí por un llamado que Dios nos hizo. Yo siento que es una pequeña ayuda que nosotros podemos hacer para apoyar a estos hermanos ya que esto va a ser para ellos y sus familiares. Muchos venimos a hacer este pequeño servicio como cruzados”, indica.

Esta es nuestra aportación material dentro de la formación espiritual que recibimos, insiste Reynaldo Cruz Vázquez, del equipo Diocesano de “Perseverancia”, de la Escuela de la Cruz, el mismo que le tiene que reportar al arzobispo Hipólito Reyes Larios los avances y que trabaja en la Parroquia de los 12 apóstoles, al lado del padre Margarito Flores.

Esta no es el único trabajo que el padre Erick Aguilar García realiza con internos del Penal de Pacho Viejo. Además de acompañarlos espiritualmente. Desde hace tres años, cada jueves, reparte 500 desayunos entre las familias que acuden a visitarlos.

Suena la campana para la misa. Ahí, en el patio de la obra en construcción, los cruzados improvisan un altar y participan con devoción en el ritual. “Entre voces de júbilo Dios asciende a su trono, Aleluya”, cantan. El padre Erick les dice que “la mirada del discípulo está en el cielo”, pero ellos están aquí, como testigos de lo eterno pero en el mundo material, en donde hay que ayudarse unos a otros para caminar.

La eucaristía concluye. Estos hombres ya cumplieron su ofrenda y están felices. Como cada domingo, el padre les ofrece una olla de comida. En esta ocasión es pollo en caldo, con flor de izote, una planta simbólica de la región que ya se consumía desde tiempos prehispánicos como alimento. También hay agua de piña y refresco.

El padre Erick toma un plato y comparte con ellos los alimentos. Hay que alimentar el espíritu, pero también el cuerpo, concluye.

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