Una tarde en la feria de libros de Xalapa

Miguel Valera – crónica

Son las cinco treinta de la tarde del martes 30 de julio de 2019. Las campanas de catedral llaman a misa. Camino por Barragán y subo al parque Juárez. Desde el Mirador siento en mi rostro el aire fresco que anuncia lluvia. Observo a lo lejos el rojizo caserío, el paseo de Los Lagos, la iglesia de El Dique y ya perdidos, entre los nubarrones grises, el Pico de Orizaba y el Cofre de Perote.

Pienso en Alejandro de Humboldt, de pie sobre lo que era entonces una fortaleza, el Convento de San Francisco. Lo veo asombrado por “el cielo de Jalapa, hermoso y sereno en verano, (que) inspira melancolía desde el mes de diciembre hasta el de febrero”, como escribió en su Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España.

Aunque han pasado 215 años de esa escena de 1804, Xalapa sigue siendo la ciudad de una “continua primavera” —como también la llamó Humboldt— o la “ciudad jardín, una especie de paraíso”, como me confesó en el otoño de 2012, el Premio Nobel de Literatura 2008, Jean-Marie Gustave Le Clézio, en el segundo viaje de su vida a esta capital.

“El paraíso se ha vuelto algo más real, más fuerte podríamos decir, con muchos carros, agitación, pero el paisaje es siempre el mismo, es un paisaje ligero, magnífico”, me dijo en una entrevista que me concedió como reportero institucional y en donde también comentó que con el Estridentismo que fundó Manuel Maples Arce, “el surrealismo lo inventaron los mexicanos y no los franceses”.

Foto archivo Víctor Hugo Moreno

Las campanas de Catedral me sacan de mis pensamientos y camino hacia la Plaza Lerdo. Ahí, espectacular, como salido de una película de John Ford, en el Valle de los Monumentos —Monument Valley—, un campamento no de indios Navajo, sino del llamado Movimiento Nacional de los 400 Pueblos, quienes durante el día bailan en calzoncillos y durante la noche descansan en tiendas armadas con lonas, plásticos y cuerdas que se han convertido en un atractivo surrealista, para propios y extraños.

Estos hombres, guiados desde hace muchos años por César del Ángel Fuentes, instalados en la ciudad ya desde hace varias semanas, piden una “audiencia” con el gobernador Cuitláhuac García para exigir justicia, montándose en la campaña que el mandatario veracruzano trae en contra del Fiscal Jorge Winckler Ortiz.

“Esto se va a terminar, cuando aprueben, como en Tabasco, una ley que prohíba las manifestaciones y protestas”, me dice un señor que espera el semáforo para cruzar la calle de Enríquez y ve mi interés por la manifestación. —Pero allá justamente empezaron las manifestaciones en el país, con el actual presidente Andrés Manuel, le contesto. —Pues allá van a terminar, oiga lo que le digo, me responde, mientras empieza a cruzar la calle.

Foto archivo Víctor Hugo Moreno

Cruzo la Plaza Lerdo mientras las campanas de Catedral dan “la tercera” llamada a misa. Subo Revolución y una procesión de hombres, mujeres, niñas y niños, envuelve el Colegio Preparatorio, sede de la Feria Nacional del Libro Infantil y Juvenil, que a lo largo de 30 años ha promovido “los libros” en esta ciudad que también ha sido llamada la Atenas Veracruzana y la Atenas de México.

El cielo gris oscureció la calle Revolución y justo en la esquina con Juárez, el viento anuncia la lluvia inminente. Me detengo a observar el majestuoso edificio que fue construido en 1900 durante el gobierno de Teodoro A. Dehesa, pero que inició labores en 1843 en un ala del Convento de San Francisco.

En la entrada, vendedores ambulantes dificultan el tráfico vehicular y el paso de las personas que en peregrinación arriban al recinto ferial.

El viernes 26, el primer día de la Feria, llegaron 4 mil personas, me dice una chica que lleva dos contadores en las manos, uno para hombres y otro para mujeres. El sábado fueron 6 mil. El lunes 5 mil y hoy martes, solo en el turno de la tarde, el conteo es de 470 mujeres y 352 hombres. Son las 6 de la tarde. La misa ya empezó en Catedral y en el patio del Colegio Preparatorio noto la fuerza de la lluvia.

Mientras me detengo a disfrutar el espectáculo de los casi 30 mil libros ahí expuestos, de casi cien expositores, pienso, no sé por qué en Las puertas del paraíso de Jerzy Andrzejewski, la historia de cinco adolescentes que realizan una cruzada para liberar el Santo Sepulcro en Jerusalén.

Es una novela —escribió Sergio Pitol, el traductor— de “lo humano y lo sagrado, lo racional y lo onírico, lo individual y lo gregario, el amor sin esperanzas y el asalto corporal, la sombra de un presente oscuro y la vaga bruma de un tiempo perdido en los albores del siglo XII”.

Pienso en el libro —recapacito en el por qué— por la esperanza que mueve a estos adolescentes, por la esperanza que se convierte en leit motiv del autor polaco y que el propio Pitol llama “esperanza incierta en el futuro”.

Más tarde, buscaré esa edición de la Universidad Veracruzana de 1996, que guardo en mi biblioteca, para releer las líneas que subrayé en la página 95: “sé que la ilusión es el término natural de la espera, y a pesar de ello, aunque ilusoria, prefiero la sombra de la esperanza a su muerte irremediable, toda conquista es la tumba de la esperanza…”, escribió Andrzejewski.

¿Por qué esta peregrinación, por qué esta cruzada, por qué este afán de hombres, mujeres, niñas y niños por llegar a la Feria del Libro de Xalapa?

Ahí, de pie, contemplando los miles de ejemplares distribuidos en tres plantas, abrazado por el sonido de la lluvia y por la rola Brasilierino, de Paquito D’Rivera Quintet, que emerge de las bocinas instaladas en el patio central, pienso en aquella historia que a un grupo de periodistas nos contó en Bogotá, Javier Darío Restrepo.

Zlatko Dizdarevic era el Director del diario Oslobodenje (Liberación), el más importante de Bosnia Herzegovina. Los bombardeos estaban destruyendo la ciudad durante la guerra y a pesar de todo, un equipo de periodistas se mantuvo al frente de la redacción.

Las carencias se empezaron a sentir entre la población y con todo y el hambre, la gente buscaba al amanecer el periódico, “porque en las crisis la gente puede vivir sin pan, pero no sin esperanza”, dijo Zlatko.

Recordé la anécdota con claridad y la actualicé frente al afán de estos peregrinos xalapeños que este martes 30 de julio visitaban, a pesar de la lluvia y con la lluvia, la Feria Nacional del Libro Infantil y Juvenil, la cual, en este año, es sede del Encuentro de Poetas en Lenguas Indígenas.

La lluvia no cesa. Camino en el pasillo izquierdo y pasando el stand de la librería Hyperión, quizá la mejor de Xalapa, me detengo a observar que justo ahí el gran poeta veracruzano —tuxpeño, como me ha dicho siempre, Bernardo Gutiérrez ParraJosé Luis Rivas, platica con dos personas sobre letras, poesía y libros.

En estos mismos pasillos, año con año, solía caminar el gran Sergio Pitol. Cuando se volvió famoso, la gente le pedía fotos o autógrafos. Este martes, sin ser notado mucho, a pesar de su larga trayectoria, con un saco azul y una boina de cuadros azules con franjas blancas y negras, está ahí José Luis Rivas, el autor de Brazos de mar, Un navío un amor, Tierra nativa  y La transparencia del deseo, entre otros.

Premio Carlos Pellicer; Premio Nacional de Poesía, Aguascalientes; Premio Xavier Villaurutia, escritor prolífico y traductor de Pierre Reverdy, Michel Tournier, Ezra Pound, Saint-John Perse y T.S. Eliot, entre otros, Rivas conversa amenamente.

Hablan de Joyce y de dos libros que tradujo, que se exponen en ese espacio: La violación de Lucrecia, un poema narrativo, de William Shakespeare y Sonetos y canciones, poesía erótica, de John Donne.

Mientras lo espero, para sacarle alguna palabra, veo cortometrajes que proyectan en la pantalla del patio central. La lluvia amaina. Se trata del Programa de cortometrajes “Sesenta y ocho voces. Sesenta y ocho corazones”, una serie animada de cuentos indígenas mexicanos narrados en su lengua originaria.

Como a Godot, sigo esperando a Rivas y me encuentro a Alberto Chavela Covarrubias, director del Teatro J. J. Herrera, quien me saluda con mucho afecto y me cuenta las dificultades que enfrenta para mantener a flote este espacio escénico de la capital. “En estos días nosotros mismos hemos estado pintando el teatro”, me comenta, para referirse a la carencia de recursos económicos.

Una chica se nos acerca. Se llama Ámbar. —¿Por qué el nombre de esa piedra?, le pregunto. —No es una piedra, contesta de inmediato. Es una resina fósil. Y el nombre me lo puso mi madre, por un cuento que leyó. —¿Qué cuento fue? No sabe responderme. —¿Por qué le interesa mi nombre y el cuento? —Porque en los detalles está el diablo, le digo, mientras los tres sonreímos.

Ámbar nos entrega un pequeño papel en donde se lee “¡Dona un libro! Un libro cerrado es oscuridad. Abramos los libros, demos luz a los niños de Veracruz” y la dirección de Facebook Recolector de Libros.

Nos explica que esta es una iniciativa ciudadana, de voluntarios y que a lo largo de 5 años, han logrado entregar 15 bibliotecas en diversas escuelas del estado de Veracruz. ¡Qué impresionante!, coincidimos con Beto Covarrubias.

Mientras sigo esperando a Rivas, veo pasar al escritor Juan José Barrientos y viene a mi memoria, de golpe, una entrevista que prensa de la UV le publicó el pasado 15 de junio. “Leer un libro es abrir la puerta a nuevos paisajes y otros mundos”. Y ahí estaba el personaje, en los pasillos, buscando puertas para otros mundos. Como en flashback, recordé de paso a Erika Carrillo y Xóchitl Partida, dos compañeras de Punto y Aparte, que colaboraron con él.  ¿Qué será de ellas?, me pregunté.

La figura de Noé Zavaleta, el escritor y corresponsal de Proceso, hurgando en el stand de Hyperión me llamó la atención. Mientras observaba los libros, le tomé un par de fotos.

Con zapatos rojos, pantalón azul de mezclilla y gorra café, destacaba por su jersey amarillo del Atlético de Madrid con el apellido del francés Antoine Griezmann.

Al buscar a su fotógrafo, que se perdió entre los pasillos, me vio y me saludó. Le pregunté sobre su libro El infierno de Javier Duarte, que le publicó Proceso. Dice que ha sido una obra exitosa. Lleva 6 mil 700 libros vendidos de un tiraje de 7 mil.

Conversamos sobre las ventajas de publicar en una editorial conocida y las desventajas de hacer ediciones de autor. “En una editorial ellos se encargan de la distribución. En Xalapa el libro se vendió mucho en La Rueca de Gandhi y en Rayuela. En la Ciudad de México en El Sótano, pero también en los aeropuertos de esa ciudad y de Cancún”, me dijo.

Contento, me cuenta que el libro lo llevó en un periplo de presentaciones por  Argentina y Panamá.

De Los buscadores, su otro libro, dice que el tiraje fue de 3 mil 500 y será el próximo 30 de agosto cuando le informen de las ventas y las regalías.

Noé Zavaleta sigue su camino, reporteando esta tarde para Crónica de Xalapa, el medio digital que el Magistrado Edel Álvarez Peña tiene en esta ciudad.

LA PALABRA, ESENCIAL COMO EL SILENCIO

El maestro Rivas termina su conversación en Hyperión y empieza a caminar. Lo abordo. Me pregunta que por qué quiero entrevistarlo. Le explico la crónica que estoy construyendo y que me interesa su voz.

Autor de innumerables títulos, el poeta coincide conmigo en que esta Feria es un homenaje a todos los escritores y se regocija por el trato que se le da al libro, “que generalmente ya no se considera de manera habitual como algo valioso”, señala.

—¿Por qué su devoción a la palabra?, le pregunto a bocajarro.

“Porque es la expresión del pensamiento y de la sensibilidad”.

Coincide también con lo que hace algunos días me dijo el dramaturgo Mauricio Arturo Jiménez Reynoso, director del Teatro del Estado, las obras de teatro deben estar en la canasta básica de los mexicanos. “Por supuesto. Los libros también deben estar ahí”, señala.

—¿Cree que la cultura, el arte, el teatro, la literatura, los libros, pueden salvarnos?

“Esa es nuestra esperanza aunque estamos muy cerca del límite”, señala.

Al despedirse, me pregunta mi nombre y mi apellido lo relaciona de inmediato con el gran escritor español Juan Valera.

Las salamandras azules, de Juan Valera, fue el primer libro que leí. Alguna vez estuve a punto de comprar las obras completas de Valera, pero no lo hice porque no estaba Las Salamandras azules”, me dice sonriendo, porque descubrió el engaño, y sigue su marcha.

UNA BIBLIOTECA DE 176 AÑOS

Al quedarme solo nuevamente, me llama la atención un joven que con una cartulina en manos, invita a los recorridos de la Biblioteca Histórica, un espacio que resguarda un legado cultural de 400 años, me dice el Cronista Vicente Espino Jara, a quien encuentro en la puerta, como guardián de este sitio emblemático del Colegio Preparatorio.

Cinthia Carreggio, una voluntaria de padre italiano, me cuenta muy amable que ingresan unas 200 personas cada día a conocer el acervo bibliográfico que aquí se encuentra.

La biblioteca tiene 176 años, los mismos que el Colegio. Los ejemplares más antiguos que se resguardan son unos libros de Derecho, de 1565, que fueron forrados con piel de cordero. Se trata de ocho tomos de Las Siete Partidas del Sabio Rey don Alfonso el Nono, nuevamente glosadas por el licenciado Gregorio López, impresas en la Casa de Andrea de Portonaris, impresor de su Católica Magestad, se lee en la ficha.

Se cuenta también con una Legislación mexicana de 1879 y Ediciones de El Quijote, de La Biblia y un Tratado de pintura de Leonardo Da Vinci.

EN LA EDAD MEDIA, EN LA BIBLIOTECA MÁS IMPORTANTE DE VERACRUZ

Alma Espinosa me invita a quedarme a la presentación de Flos Sanctorum, con sus etimologías, lo maravilloso hagiográfico, una edición de Marcos Cortés Guadarrama, bajo el sello editorial de la Universidad Veracruzana.

“Te va a interesar, es una recopilación de textos de la Edad Media”, me dice, sabedora de mi formación eclesiástica.

Escucho con atención las trayectorias del autor y de los presentadores, María de los Ángeles Escobar Méndez y Agustín Herrera Fernández.

Los comentarios de Agustín, muy interesantes. Nos lleva por detalles de la vida de san Cosme y san Damián, por la historia de san Ambrosio, un hombre al que se le pegó un enjambre de abejas en la cara y no le pasó nada. Por el contrario, recibió el don divino de la palabra.

En un mundo de dragones y reptiles, que representaban al diablo, santa Marta lidió con un ser que era mitad pez y mitad dragón. San Donato escupe a un dragón en la boca y lo mata.

María de los Ángeles nos cuenta que el libro fue la Tesis doctoral de Marcos Ángel Cortés Guadarrama, dirigida por el doctor Fernando Baños Vallejo de la Universidad de Oviedo, España y que recibió el Premio Oviedo 2013.

“Es el libro más grande publicado por la Universidad Veracruzana”, refiere.

“La edición abarca todo el Calendario litúrgico. Hizo más accesible la lectura. Conservó detalles para que el santoral sea delicioso. Las anécdotas te conquistan por el encanto que tienen. El recurso más utilizado es el maravilloso o milagroso. No son textos humorísticos, pero sí para que te salga una sonrisa”, y cuenta la historia de san Patricio cuando descubrió que un hombre se había comido una oveja que no era suya. Cuando le pide que se arrepienta, el hombre lo niega y el santo le pide a Cristo que la oveja baile en su estómago ¡y la oveja baila en el estómago de este hombre!

“Es una edición impecable. Las anécdotas tienen un gran valor literario. Es un libro obligatorio de literatura hagiográfica que forma parte de uno de los pilares de la cultura occidental”, señala.

Finalmente, Cortés Guadarrama se lanza a hablar de “la defensa de la educación universitaria de calidad” e invita a los jóvenes estudiantes a no quedarse quietos, a moverse, a viajar, a relacionarse, “porque estamos muy acostumbrados a que nos vengan a estudiar, pero no nos atrevemos a estudiar temas de otros países”.

“Mi primer profesor de literatura náhuatl fue un belga formado por Miguel León Portilla y mi maestro de maya fue un japonés”, ejemplificó.

Dijo que este libro es una defensa de todo lo que se puede lograr.

Por otro lado, destacó que la Edad Media es fascinante y que la obra es una muestra de que los medievalistas no están en peligro de extinción.

“La Edad Media va desde la caída del imperio Romano hasta el descubrimiento de América. De los siglos V al XV. Nosotros llevamos 200 años de país independiente. La Edad Media es grande y vasta. Puede causar vértigo a quien quiera ser medievalista”, comenta emocionado.

La presentación concluye. Afuera, en el patio central, Fallo Figueroa y Rubén Vázquez ya están rasgando las cuerdas del arpa, la guitarra y la jarana para iniciar el fandango con El son del Siquisirí.

CORAZÓN DE CAÑA

Corazón de caña nació en 2014 en Tlacotalpan y han llevado las tradiciones y cultura veracruzana por todo el estado. En 2018 fueron becados por el FONCA para compartir tradiciones en conciertos gratuitos.

Sobre la tarima se oye El Canelo y El Cascabel, que mujeres bailan con zuecos sobre el tablado.

Entre el público, atento a las piezas musicales, me encuentro a Florentino Robles Ostos, de Trovadores del sur. “Es una fusión entre requinto y arpa. Ya existía con Lino Chávez, pero son adaptaciones a las nuevas generaciones. Nuestra música es una representación del veracruzano con esta variante”, me dice y lamenta que en las escuelas públicas no se le dé la importancia que requiere.

Me presenta al maestro Gerónimo Reyes Hernández, de músicajarocha.com, quien graba en video el espectáculo.

“Este hombre, tiene el registro videográfico más grande de soneros de todo el estado de Veracruz”, me dice cuando cruzamos las manos en un saludo. Quedamos de platicar pronto para dar a conocer el trabajo que ha realizado.

Abrazado por la música de Corazón de caña recorro los pasillos, los talleres, en donde niños emocionados comparten lecturas y juegos. Compro un café capuchino chico y mientras lo saboreo, regreso al mismo sitio donde inicié, el stand de la librería Hyperión.

Ahí ya está Moisés Hernández saludando al maestro José Luis Rivas, quien también cierra su recorrido en el recinto ferial al lado de su amigo librero.

Ya son las nueve de la noche y el Colegio Preparatorio sigue repleto. El fandango está por concluir. Aún faltan cinco días de feria. Quizá lleguen unas 25 mil o 30 mil personas más, hombres y mujeres, niñas y niños, que buscan en los libros, en la cultura, en el arte, puertas para nuevos mundos, para mundos mejores, para no cruzar el límite de la esperanza, como me dijo el poeta José Luis Rivas.

Salgo a la calle de Juárez y camino por la ciudad. El cielo se despejó, después de la lluvia. El aire fresco llena mis pulmones. Yo también recibí mi dosis de esperanza y camino confiado en que los mundos y las vidas de los libros aún pueden salvarnos.

 

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