¿Por qué buscan entre los muertos a quien está vivo? Despiden de este mundo al Cardenal Sergio Obeso Rivera

  • El clérigo xalapeño fue despedido y sepultado en la Catedral Metropolitana de Xalapa este martes 13 de agosto, día de San Hipólito, en presencia de 17 obispos, el Cardenal Norberto Rivera, el arzobispo Hipólito Reyes Larios, 300 sacerdotes y más 5 mil feligreses.

En la Catedral Metropolitana de Xalapa retumbó la voz del evangelista San Lucas, el médico griego que predicó al lado de San Pablo: “¿Por qué buscan entre los muertos a quien está vivo?”.

Enfrente del lector del Evangelio, en el piso, como lo pidió en su testamento, el cuerpo inerte, de don Sergio Obeso Rivera, sacerdote, obispo, arzobispo emérito y Cardenal de la Iglesia Católica.

A pesar de ser miembro de una familia muy rica de esta ciudad, el Cardenal fue un hombre sencillo, modesto, que predicó la humildad cristiana hasta su muerte, porque pidió que su cuerpo fuera metido en un ataúd de madera de pino y colocado a ras de piso, como muestra de aniquilamiento frente a Dios.

Sobre el ataúd, su palio arzobispal, el bonete y pectoral cardenalicio y un crucifijo que fue robado la tarde-noche del lunes 12, mientras miles de feligreses pasaban a despedirlo. También las banderas de México y del Vaticano, por ser un mexicano que pertenecía al clero de Roma, por ser Cardenal.

“Después del obispo Rafael Guízar y Valencia no habíamos querido tanto a otro obispo”, escribió en algunos medios de comunicación el padre José Juan Sánchez Jácome, párroco de la Iglesia de San Antonio, en la avenida Ignacio de la Llave, de esta ciudad.

Fue despedido con grandes muestras de cariño, con gran afecto por los miles de creyentes y no creyentes que durante dos días se acercaron a la iglesia Catedral. Predicó a Cristo con amabilidad, con afecto, sin severidad, como San Juan Bosco, quien decía que era más fácil acercarse a una olla de miel que a uno de vinagre.

Quizá por eso también fue leído el Evangelio de San Lucas, el mismo de quien Dante Alighieri decía que era “el que describe la amabilidad de Cristo”, el libro más encantador de la vida de Cristo, escribió alguien más.

Pero también en esa ceremonia de despedida se leyó el salmo 103 (102): “El señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Bien sabe de lo que estamos hechos y de qué somos barro no se olvida”.

“¡El hombre! Como la hierba son sus días, como la flor del campo, así florece; pasa por él un soplo, y ya no existe, ni el lugar donde estuvo vuelve a conocerle. Más el amor de Dios desde siempre hasta siempre para los que le temen, y su justicia para los hijos de sus hijos, para aquellos que aguardan su alianza, y se acuerdan de cumplir sus mandatos”.

Presentes, los obispos  Gonzalo Alonso Calzada, de Tehuacán;  Mario de Gasperín Gasperín, Emérito de Querétaro; Eduardo Cervantes Merino, de Orizaba; Ramón Calderón Batres, Emérito de Linares;  Lorenzo Cárdenas Aregullín, emérito de Papantla; Luis Felipe Gallardo Martín del Campo, Emérito de Veracruz;  Salvador González, auxiliar de México;  Roberto Domínguez, de Ecatepec; Roberto Carlos Briseño Arch, de Veracruz; Domingo Díaz, de Tulancingo;  Marcelino Hernández, de Colima; José Rafael Palma Capetillo, auxiliar de Xalapa; Trinidad Zapata Ortiz, de Papantla; Rutilo Muñoz Zamora, de Coatzacoalcos;  Fidenio López Plaza, de San Andrés Tuxtla; Egelberto Rodríguez, Delegado del Cardenal de Guadalajara y Víctor Martínez.

En su homilía, el arzobispo Hipólito Reyes Larios se refirió a la muerte de Cristo y a su Resurrección. Se refirió a la vida de don Sergio Obeso Rivera y a su carrera eclesial. Dijo que fue un hombre sencillo, servicial, entregado siempre a los feligreses y a toda la Iglesia católica.

“Sirvió con sabiduría, sencillez y amabilidad. Llegó al final de esta vida terrena y, con toda seguridad, ha renacido en la vida eterna, ha recibido el premio de los files servidores de Dios y se le ha  otorgado una mansión en los Cielos. Ahí esperará la definitiva Resurrección para que le sea restituido un cuerpo glorioso como el de nuestro Señor Jesucristo”.

Durante la ceremonia, una sobrina de don Sergio Obeso Rivera recordó el gran cariño que les tuvo y agradeció al arzobispo y a toda la feligresía católica el amor y respeto que le prodigaron.

Su cuerpo fue colocado en la Capilla de los obispos.  En su lápida, su escudo episcopal, fecha de su nacimiento y muerte y la primera y última letra del alfabeto griego: Alfa y Omega, y la frase que solía repetir su mamá, “piadoso Jesús, dale el descanso eterno”.

Ahí se encuentran los restos de: Francisco Suárez Peredo (1864-1870); José María Mora y Daza (1879-1884); Ignacio Suárez Peredo (1887-1894); Joaquín Arcadio Pagaza (1895-1918); Manuel Pío López Estrada (1939-1968); Emilio Abascal Salmerón (1968-1979) y Sergio Obeso Rivera (1979-2019). Los primeros cuatro fueron obispos de la Diócesis de Veracruz; los últimos tres, arzobispos de Xalapa. Entre Joaquín Arcadio Pagaza y Pío López se encuentra san Rafael Guízar, quinto obispo de Veracruz (1939-1938).

El Cardenal Sergio Obeso Rivera fue despedido con cantos, aplausos y porras. ¡Él no ha muerto, él está vivo!, decían los feligreses.

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