La mujer ideal y Borges

Borges y María Kodama. Foto de tn.com.ar

Luis Gastélum – cuento

Encontré la carta metida entre las páginas sepia de un libro de Borges. Ya no me acordaba de Ella. “Ela, con doble ele”, decía cuando tenía que dar su nombre. Así se llamaba o se llama en honor a la gran Fitzgerald. El culto de su padre por el jazz le llevó a poner a su único hijo el nombre de Luis por el satchmo Armstrong y a las otras dos mujeres Sarah por la Vaughan y Billie por la Holiday, apelativo del que siempre renegó la más pequeña de las hermanas porque no le dejó opción a llamarse Patricia, Clara, Rebeca o Petra, ya de menos, o cualquier otro segundo nombre con el que pudiera combinar el de la inmortal cantante. Pero al final del día, cuando narraban entre risas y burlas de unos contra otros las peripecias nominativas de su padre, todos se daban por servidos con sus nombres porque para su fortuna nunca predominó la predilección del reputado empresario en publicidad y marketing por la suave y tranquila trompeta de Chet Baker. Me descubro esbozando una sonrisa de gusto cuando los recuerdos se me agolpan a manera de flashazos. Con la vista recorro el pasillo y las escaleras para comprobar que no he sido sorprendido coqueteando con el casillero de la memoria que guarda los amores del pasado. Ella era, por decir lo menos, la mujer ideal: bella y rica, madura para su edad, diez menos que mis treinta de entonces, tierna y muy inteligente. De verdad que no recuerdo haber conocido o visto cuerpo de moldura tan perfecta y proporciones tan adecuadas para su estatura. Además contagiaba su gracia cuando se reía con las ganas de un niño a quien le hacen cosquillas en los pies mientras le ponen los calcetines. Todavía de pie frente al librero principal, vuelvo a repasar las escaleras y el pasillo que conducen al estudio. Dejo el libro a un lado y abro la carta doblada en tres partes y un poco amarilla de tiempo. Otra ronda antes de leerla. Al tiempo que me siento en el sillón recuerdo que hace años pensé en El Aleph como el más de los inexpugnables escondites y al que estaba más que seguro que mi esposa no tendría acceso jamás porque no le convencía el escritor argentino “por sus retardadas opiniones políticas”, según decía y sostiene todavía. Qué ingrato, me reclamo, tanto que me quiso y pocas cosas y ocasiones, si no es que nada, me traían a Ella de vuelta a la memoria. Ni siquiera los “análisis sesudos”, como decían mis amigos de sus opiniones sobre el mundo y sus andar redondo en los ámbitos de la política, la economía, la cultura y la sociedad, ni su admiración por la gente inteligente, como Borges, precisamente, nada ni nadie hasta esta carta pálida me habían hecho recordar a la mujer trigueña de ojos grandes y rostro risueño con quien pude haber cambiado el destino de tedio que vivo ahora. Nuestro noviazgo –Ella estaba por terminar la carrera de Relaciones Internacionales y yo, mi corta edad y aún con los premios obtenidos, consideraba que había desperdiciado mis años mozos en la literatura– coincidió con el escándalo de Clinton y Mónica Lewinsky, del que Ella, como un presagio del prestigio profesional que obtendría, escribió siendo estudiante un artículo en el que despotricaba contra la mojigatería de los gringos y, en coincidencia con Philip Roth, desaprobaba su doble moral y que, con toda su desvergonzada impureza, se apropiaron del pene de su Presidente para hacer de Estados Unidos y el mundo un pandemónium de los vicios privados y las virtudes públicas, y el sojuzgamiento del derecho que corresponde a cada quien por cada uno. Si me hubiera casado con ella otra sería mi vida, pienso. El hubiera no existe, mi querido amigo, me reclamo ya sentado mientras leo la carta escrita a mano: “Te amo. Pude haber aderezado la frase con un ‘demasiado’ o ‘más que a nadie’, pero no lo hice porque quien ama como yo a ti no necesita de adjetivos, mucho menos de aderezos. Estando contigo me haces sentir un ser que vive la vida suprema en su expresión más feliz. Contigo el tiempo desaparece y sólo reina la eternidad. Sin ti el derredor habla un lenguaje triste, blasfemo, mudo y es poseído por el horror y yo ahí, en medio de la nada, inerme. Puedo imaginar el límite de la vía láctea pero no mi vida sin ti. Eres la única ventana iluminada a través de la cual se mira el mundo con la perspectiva del ahora y para siempre. Eres la pensión de la felicidad, el confín de los deseos, el bebedero de mis anhelos, el asidero de mis titubeos, mi asilo. Todo. De verdad, no sé qué es querer y qué amar, pero lo que sí sé es que en ti mi amor, mi querencia y yo somos un vértice proyectado al infinito. Yo soy el número y tu las matemáticas. Yo soy el elemento y tu la química. Soy el átomo y tú la materia. Yo, sin temor a equivocarme, soy en ti. Sin ti no soy. Ámame. Quiéreme desde toda la vida hasta después de la muerte. Sé la daga que entra y sale de mi corazón exhausto por ti, cansado de latir te amo, te amo, te amo hasta el último pálpito. Únete a mí. Déjame ser contigo y andar los pasos que andas. Hagámonos un solo fluido. Cásate conmigo”. La firma decía: “Alfa y Omega de tu amor”. Se me llena la cara de tristeza. Las lágrimas se acobardan. Atisbo otra vez el pasillo y la escalera pero ahora sin prestancia y tal vez con un tanto de desdén. Doblo la carta como la ha marcado el tiempo. Me paro. Tomo el mismo libro alcahuete y la meto entre sus páginas, donde alcanzo a leer de bocajarro: “…herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía”. Estoy seguro, quizá lo único de lo que estoy seguro, que ahí estará siempre bien resguardada, me digo y maldigo arrastrando la pena del pasado que un día fue el presente que no pude contener y me reprocho no haberle enviado nunca a mi queridísima Ella la carta que le escribí a mano y con todo el amor que un hombre enamorado puede profesar. Aunque no sé si sea como dice Borges al final de El Aleph: “Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz”.

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