La leyenda de don José Cuervo

Foto worldraider.com

Gustavo González Godina

Escuché esta historia y me gustó.

Cuenta la leyenda que don José Cuervo llegó de España a México, joven, a mediados del Siglo XVIII, es decir a finales de la década de 1750.

Llegó a la ciudad de México procedente del Puerto de Veracruz y se hospedó en un mesón (así se llamaban los hoteles) del Centro Histórico de la ciudad.

A la mañana siguiente se levantó muy temprano y salió del mesón a recorrer la ciudad para conocerla, y en eso andaba cuando vio a un hombre de edad avanzada que hacía algo que le pareció muy raro. Recogía cacas de perro y las metía en un costal. Con un palo que tenía una punta de fierro en un extremo ensartaba la caca y la depositaba en el costal.

– “¿Pues qué anda usted haciendo? Buenos días buen hombre” -le dijo don José Cuervo al viejo.

– “Pues aquí trabajando -contestó el anciano-, ando recogiendo las cacas de perro para llevarlas a vender a una tenería, se usan para curtir las pieles. Y de esto me mantengo, de aquí a las 10 de la mañana ya llené tres costales y me voy. ¿Y tú quién eres muchacho?, ¿qué andas haciendo?”

– “No pues yo me llamo José Cuervo y acabo de llegar de España, de la Madre Patria como dicen ustedes. Acabo de llegar a México y vengo en busca de fortuna. Muchos de mis paisanos que vinieron antes que yo encontraron aquí fortuna y se hicieron ricos, trabajando claro, yo espero que me vaya bien también”.

– “Mira muchacho -le contestó el viejo caquero-, sí vas a encontrar fortuna en estas tierras, pero no exactamente aquí. Dirígete hacia el poniente, camina y camina, en una diligencia, a caballo, a pie, como puedas, hasta que veas un cerro que tiene una bola en la punta. Cuando lo encuentres sube a la punta del cerro a la media noche, ahí vas a hallar tu fortuna. Al llegar a la cima vas a encontrar a un grupo de ovejas, van a estar dormidas porque será media noche, busca a la más grande y gorda y despiértala para que se quite de ahí, lleva un pico y una pala para que te pongas a escarbar donde estaba echada la oveja. Cuando estés escarbando te va a salir una víbora muy grande, no te asustes, no te va a hacer nada, con el mismo pico la haces a un lado y sigues cavando. Ahí está tu suerte, ahí encontrarás tu fortuna. Ah, pero lo que encuentres ahí no te lo lleves muy lejos, ahí mismo o muy cerca de ahí lo pones a trabajar. Anda y que Dios te bendiga.”

Don José Cuervo le creyó al hombre de edad, regresó al mesón, volvió a empacar su maleta recién desempacada y salió para preguntar cómo se podría dirigir hacia el poniente y en qué… Le explicaron y hacia allá se dirigió, tomó una diligencia y se fue observando todo el camino en busca del cerro que tenía en la punta una bola.

Llegó a Guadalajara y nunca vio el cerro, así que siguió caminando hacia el poniente, siempre hacia donde se pone el sol, por ese se le llama también poniente al occidente. Y así hasta que vio a lo lejos un cerro con una bola en la punta. Era el cerro de Tequila.

Consiguió un pico y una pala en un pequeño poblado indígena que había casi al pie del cerro y hacia allá se dirigió al anochecer para estar a la media noche en la cima como le había indicado el viejito.

Cuando llegó vio que efectivamente, tal como le había dicho el hombre en la ciudad de México, había un rebaño de ovejas que dormían plácidamente. Buscó a la más grande y gorda, la pateó para que despertara y se quitara de donde estaba, y comenzó a cavar. A poco de estarlo haciendo, le salió una víbora enorme -como le había dicho el viejo también- pero advertido como estaba simplemente la hizo a un lado con el pico y siguió cavando.

A poco más de un metro de profundidad se encontró con unas cajas de madera, cuatro, grandes, repletas de monedas de oro. Ahí estaba la fortuna que buscaba. Pero con trabajos podía levantar una, no las podría trasladar sin ayuda, así que decidió taparlas con tierra y ramas otra vez, y bajar al pueblo a conseguir un par de mulas para llevarse el tesoro.

Mientras bajaba del cerro recordó la recomendación del viejo de que no debería llevarse el tesoro lejos de ahí, que debería ponerlo a trabajar ahí mismo, pensaba qué podría hacer para cumplir con todas las indicaciones del viejo. En eso pensaba, cuando vio a un grupo de indígenas que conducían a una recua de mulas cargadas con unas bolas grandes y verdes y les preguntó qué era eso.

– “Agave” -le contestaron.

– “¿Y para qué sirve eso?”

– “¡Ah… las hacemos pedazos las bolas, los ponemos a cocer, les sale un jugo bien sabroso, que luego ponemos a fermentar y se convierte en una bebida que nos pone bien felices, a algunos, otros se ponen bien locos dependiendo de la cantidad que tomen…”

José Cuervo muy atento e interesado en la plática, se despidió de ellos y siguió pensando qué hacer con su tesoro.

…¡Ah ya sé! -pensó- voy a hacer esa bebida pero en cantidades industriales. Llegó hasta el pequeño poblado, consiguió dos mulas, fue por su dinero, bajó y le encargó las cajas a una familia que le pareció de fiar. Preguntó cómo se llamaba el pueblito y le dijeron que Tequila. “Pues así le voy a llamar a la bebida” -pensó y viajó inmediatamente a la ciudad de México y de ahí a España, donde compró un alambique. Ya tenía dinero suficiente para eso y más. Regresó e instaló su fábrica de Tequila Cuervo.

Le fue muy bien. Al poco tiempo se veían las filas de mulas y burros transportando las cajas de tequila rumbo a Guadalajara, a Nayarit, Sinaloa y para todos lados. Don José se casó, se empezó a poner viejo y su mujer murió, pero Él cada vez tenía más y más dinero, así que se volvió a casar con una joven hermosa muchos años menor que él. Y resultó que tenía tanto dinero, cada vez más dinero, que se hartó de hacer dinero.

Y llegó el día en que ya no quería más dinero. Llamó pues a uno de sus peones en la fábrica de tequila y le dijo:

– “Ven acá Juan Pérez. Necesito que me hagas un favor. Mira, te voy a dar 200 pesos porque vayas esta noche a la punta del cerro y le digas a mi suerte que ya no quiero más dinero”.

– “¿A su suerte patroncito? -el pobre hombre pensó que su patrón se había vuelto loco.

– “Sí hombre. Tú nomás tienes que ir a la punta del cerro a media noche y llamar a gritos a mi suerte, y cuando aparezca le dices que ya no quiero más dinero, que ya no sé qué hacer con tanto dinero.

– “Y me va a dar doscientos pesos…”

– “Sí hombre, vas o no vas…”

– “No pos claro que voy” (200 pesos era una buena cantidad entonces).

– “Pues órale, cuando regreses te pago”.

Se fue Juan Pérez y le platicó a su mujer lo que le propuso el patrón. “Pues ándale viejo qué esperas, imagínate lo que podemos hacer con esos 200 pesos…” Sí, mañana voy, dijo Juan. Y al día siguiente se fue, pero pasó primero por la fábrica para decirle a don José Cuervo que ya iba a cumplir su encargo.

– “¿Cómo que ya vas?, ¿qué no fuiste anoche? Nooo Juan, yo te daba 200 pesos ayer, si no fuiste y apenas vas a ir esta noche ahora te daré sólo 100 pesos…”

– “Oiga Don José no me joda, deme los 200 pesos que me hacen mucha falta, qué más da un día más o un día menos…”

– “No Juan, si quieres ir por los 100 pesos bien, y si no para decirle a otro…”

– “No patrón, sí voy, ya que” -Y se fue Juan Pérez a su casa y le platicó a su mujer lo que había pasado, que don José Cuervo ya sólo le ofrecía cien pesos.

– “Ah cómo serás animal -le dijo su mujer-, ahorita mismo te preparo unas gordas y te me vas de inmediato derechito al cerro, no regreses a la casa si no vas”

Y ahí va Juan Pérez rumbo al cerro, pero a la salida del pueblo había una taberna y entró para echarse un trago y agarrar valor. Pero tras del primero siguió el segundo y el tercero y así hasta que Juan Agarró una borrachera que se quedó dormido. A la mañana siguiente se levantó todo crudo y fue a disculparse con dos José y a decirle lo que le había pasado, pero que ya iba en ese preciso momento para el cerro.

-“¿Que ya vas?, ¿entonces no has ido? No Juan, yo te daba 100 pesos ayer, si vas hoy te daré sólo cincuenta.

Juan se enojó, lloró, pataleó y maldijo a su suerte, pero pudo más la amenaza de su mujer y se fue al cerro con la promesa de cobrar sólo 50 pesos. Llegó por fin a su destino a la media noche y comenzó a gritar: “¡Suerte de don José Cuervo! ¡Suerte de don José Cuervo! ¡Suerte de don José Cuervoooo!” Y así estuvo una media hora gritando hasta que apareció una muchacha hermosa, bien formada, con una ropa transparente, buenísima pues, que le preguntó:

– “¿Qué quieres?”

– “¿Tú eres la suerte de don José Cuervo? ¡No puede ser!, ese hombre ya está viejo, feo, yo creo que ya no puede ni satisfacer a su mujer. Nooo no es justo…

– “¿Qué quieres? -dijo la despampanante y bella la mujer-, yo soy a quien buscas, dime qué quieres porque estoy muy ocupada y ya me voy…”

– “No no no -se apresuró a decir Juan Pérez-, mira, dice don José Cuervo que ya no le des más dinero, que ya no sabe que hacer con tanto dinero, que ya no quiere”.

– “Mmmmm -dijo la hembra- dile que apenas le estoy empezando a dar”. Y desapareció.

Juan Pérez se quedó enojado, confundido, no lo podía creer… pero con todo y su gran pesar comenzó a bajar del cerro. No había avanzado ni 50 metros cuando se le ocurrió una idea que a Él le pareció brillante. Volvió sobre sus pasos hasta la parte más alta del cerro y comenzó a gritar a todo pulmón: “¡Suerte de Juan Pérez! ¡Suerte de Juan Péreeez! ¡Suerte de Juan Péreeeeeeez!” y así estuvo media hora gritando hasta que por fin apareció una anciana, andrajosa, mugrosa, jorobada, que se sostenía con un bastón y muy malhumorada quien le preguntó:

– “¿Qué carambas quieres?”

– “¡Cómo!, ¿tú eres mi suerte? No puede ser… Don José Cuervo ya está viejo, todo arrugado, ya no puede y su suerte es un viejonón de concurso. Y tú… yo que estoy joven, entero… ¿cómo vas a ser tú mi suerte?

– “Pues yo soy ¿qué carajos quieres?, me dices o me voy, que también tengo cosas qué hacer

– “No no no espérate abuela, sólo quiero preguntarte ¿por qué me tienes tan jodido?

– “¿Jodido?, ¿jodido?, ¿yo te tengo jodido? Mira muchacho pendejo, antier te daba yo 200 pesos y no los agarraste, ayer te daba yo 100 pesos y no los agarraste, hasta hoy que te di cincuenta los recibiste. Muchacho atarantado, menso, esto es lo único que mereces”: Y saz saz saz le empezó a dar de bastonazos por el lomo, y Juan Pérez a Retroceder tratando de librarse de la tranquiza y rogando: “No no abuela, está bien ahí muere, ya no me pegues, me duele, ya no me des de bastonazos”.

-“Mmmm -dijo la viejita- si apenas te estoy empezando a dar.

MOTRALEJA: Cuando se te presente una oportunidad, agárrala, no la dejes pasar. José Cuervo no lo pensó dos veces, agarró su maleta y empezó a caminar hacia donde encontraría su fortuna. Juan Pérez lo pensó demasiado y dejó escapar 150 pesotes. ¡Abusados!

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