La eterna Alicia Alonso

Alicia Alonso joven. Foto de Cronicaviva.com.pe

La eterna Alicia Alonso

Luis Gastélum

“Eterna”, le dijeron en febrero pasado cuando le entregaron el premio Estrella del Siglo.

Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez y Hoya. Era su verdadero nombre. Pero uno decía Giselle y era ella. Coppelia, y también. Carmen. Leyenda de la danza y seguía siendo ella. Prima ballerina assoluta y era Alicia Alonso. Quería vivir hasta los 200 para seguir hablando con la gente, platicar con el público, al que se dirige en un “idioma perfecto” que dominaba también a la perfección: la danza. Pero murió este jueves a los 98 años. Y es que la danza fue su idioma y con él comunicaba su disciplina, su pasión, su vida: “Amo mucho la vida, me parece que es bella. Siempre miro lo positivo, lo constructivo, lo importante de la cultura, el arte y la danza en el ser humano, y como yo amo la danza con todo, creo que es lo mejor que puedo hacer: seguir viviendo para bailar, seguir bailando para vivir”. Nació con la inquietud del baile: de niña todo la bailaba. El gusto por la música la llevó a su devoción: sentirla e interpretarla. Sabedora de que el talento es el alimento del arte, a sus bailarines del Ballet Nacional de Cuba (“Mis bailarines son para bailar, no para cortar caña”, le dijo a Fidel Castro al inicio de la Revolución Cubana), que fundó hace 70 años junto con su marido Fernando Alonso, les enseñaba que cada movimiento debe tener la precisión necesaria y la expresión de la cara debe representar en pantomima el sentimiento exacto. “Mientras yo sepa cómo enseñar, cómo decir, cómo hacer, yo tengo una razón para vivir”, dijo en México hace una década, donde hizo una gira en la que presentó el espectáculo La magia de la danza con las mejores escenas de clásicos como El cascanueces, La bella durmiente y El lago de los cisnes, además de un baile de marcado sabor y folclor cubano. A la bailarina y coreógrafa no le preocupaba la fuga de talentos de su compañía, porque la fuente no se acaba: está segura de la suficiencia de profesores y alumnos con gran talento. Ya lo había dicho: en Cuba se siembran los árboles y los frutos se reparten. Y es que, como dice Agnes de Mille en su Galería de retratos, Cuba tiene tres productos de exportación: el azúcar, los puros y Alicia Alonso. Al enorme peso de su historia se agrega la conciencia de la ceguera, casi total durante sus últimos años, que la acompañó toda su vida en los escenarios del mundo, cuyo recorrido lo empezó en Nueva York, siendo apenas una quinceañera, en producciones de Broadway (“No me gustaba mucho porque era muy comedia musical: entras por un lado, corres, sales por el otro… pam, pam, pam, y era preciso cantar pero como yo aún no sabía suficiente inglés sólo movía los labios y hacía la pantomima”) y después el sueño hecho realidad y el salto a las alturas con el célebre American Ballet Theatre. Entonces empezó también su problema de la ceguera: “Sentía algo raro en los ojos e hice una consulta: tenía desprendimiento de retina. Me operaron y un tiempo después recomencé despacito con las clases; pero fue prematuro y tuve que regresar a Cuba; me operaron con la condición estricta de que debía pasar muchos meses en cama, sin moverme nada, en absoluto. Le dije al médico: pasaré un año sin moverme pero cuando me levante voy a volver a bailar”. Y así fue: en 1942 regresó a Nueva York y un año después sustituyó a Alicia Markova en Giselle, unos días antes de su estreno en el Metropolitan Opera House (“Me sabía los pasos porque durante el año que estuve hospitalizada, acostada en mi cama, los había repasado en mi cabeza”). Fue su primer éxito: adquirió fama mundial con el personaje de la campesina inocente, engañada y convertida en Willy. Y ya con el telón del teatro cerrado, se desplomó en una silla sin creer todavía lo sucedido. Se le acercó una persona que se arrodilló ante ella, le tomó los pies y le quitó las zapatillas al tiempo que le decía: “Mire, están llenas de sangre”. Ella no se había dado cuenta. La persona aquella se llevó las zapatillas y nunca supo porqué, hasta que tiempo después se enteró que esas zapatillas eran parte de la colección de un museo privado de ballet. Sin embargo, cuenta Agnes de Mille, la joven bailarina tuvo entonces que enfrentar su primer gran desafío: veía parcialmente con un solo ojo y carecía de vista periférica. Su primera tarea fue aprender a moverse de manera autónoma en un escenario abierto. Pidió contar con dos luces potentes en el frente del escenario y a una distancia segura del borde; sabía que si avanzaba más allá de ese resplandor podía caer en el foso de la orquesta. Bailaba principalmente dentro del recinto que armaban los brazos de su partenaire, cuya voz la guiaba sin que pareciera que lo estuviera haciendo: “retrocede” o “tienes lugar adelante” o “desplázate más a la derecha”. Pero ¿cuando no había partenaire, cuando estaba sola en el escenario, quién la guiaba? Siempre había luces brillantes entre bastidores pero esto no puede explicar el prodigio de esa muchacha precipitándose, corriendo, saltando, arrojándose rápidamente entre las luces deslumbrantes contra un muro de oscuro vacío y sin caer. Y así, “el estandarte de la cubanía”, como la definió su paisano el compositor e intérprete Pablo Milanés, bailó más allá de los 70 años y es considerada una de las grandes intérpretes de danza, al lado de Ana Pavlova y Rudolph Nureyev. Alicia Alonso es, para los críticos, una verdadera diva y sin lugar a dudas la única sobreviviente de una época de oro del ballet que se le sintió siempre en posesión de una poderosa aura ejemplificante que la hacía hablar todo el tiempo de cosas que las generaciones posteriores parecen olvidar: estilo, musicalidad, concentración y alto virtuosismo. Para ella misma, acérrima defensora de la Revolución Cubana (“La época más difícil nacional de Cuba fue antes de la Revolución, cuando no había interés alguno por la cultura, ni tampoco conocimiento. Pero luego fue maravilloso: lo primero que hizo la Revolución fue enseñar a leer y escribir. Inmediatamente nos preguntaron: ¿qué necesitan, una escuela, un teatro? Y eso nos dieron. El Estado cubano se hizo cargo de los gastos, absolutamente, y con esa ventaja pudimos tomar más alumnos y más bailarines de todas partes. A eso se debe la gran riqueza de bailarines que tenemos hoy en Cuba y lo muy conocido que es el ballet en toda la isla y en todo el mundo. Hay varias compañías además de la nuestra y gran actividad cultural en general: en teatro, en pintura, en música”) y de su líder (“Fidel es un ser humano excepcional y de una gran inteligencia”), es una pieza del ajedrez en el propósito de construir un mundo en paz y para contribuir con los Quijotes, que hay muchos aunque no se les vea en los medios de comunicación, que están ayudando a que la humanidad no nos acabamos de matar unos a otros. La también embajadora de la UNESCO, quien a través de toda su vida recibió un centenar y medio de reconocimientos internacionales por su trayectoria, lo más maravilloso es la juventud y su talento para depurar el arte en todas sus manifestaciones. Por eso, sostenía la bailarina, para quien su color favorito era el azul porque de ese color era el primer traje de Giselle y azul era el cielo que vio cuando abrió los ojos después de la operación, no quería obra coreográfica inspirada en su vida mientras viviera, como lo propuso Maurice Béjart, y quería vivir muchos años más para seguir transmitiendo el conocimiento de los clásicos, como una obligación para mantenerlos vivos, pero no con polvo, sino en escena, y por eso también, quien sostenía que la carrera de bailarín puede ser tan provechosa como la de un médico, nunca dejará de sentir esa mezcla de nervio, ansiedad y tranquilidad que se siente ante el público cuando por primera vez se abre la cortina de un teatro, se oye el primer acorde, se ilumina el escenario y aparece La magia de la danza. “Tiempo es lo que le pido a la vida”, decía. Ahora, con su muerte, a punto de cumplir los 99 años, el mundo llora el cierre del telón del último ballet del último baluarte de la danza clásica.

Y es que la creíamos eterna, como a Giselle.

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