SUMARIO

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Amar a Dios en tierra ajena

Gustavo González Godina

Ayer supe lo que es.

¿Ha escuchado usted la expresión “pa´ que sepas lo que es amar a Dios en tierra ajena”? Bueno pues ayer lo supe yo. No sé si era la tierra ajena o era el llamado purgatorio, pero no se lo deseo a nadie. Mejor quédese con la duda y tenga cuidado.

Le platico: La tarde de ayer, como a las 5, me llamó el marido de mi hija, Chava, que vive el otro lado de donde yo vivo, y me preguntó si quería ir al rancho. Un ranchito que tiene por el rumbo de Picachos, cerca de Tepatitlán, que no por chiquito le faltan árboles (tiene un montón, de todos o casi de todos) y otro montón, más grande aún, de pasto que hay que podar.

Le dije que sí y en cuestión de minutos (menos de tres) ya estaba yo en el jardín y casi en la calle listo para irnos. Llevaba yo sólo un pants y una playera muy delgada que él me había regalado, y una chamarrona gruesa en la mano, con un montón de bolsas y hasta con gorro, de la marca Jeep, que ya no recuerdo quién me la regaló, alguien de mi familia en alguna Navidad.

Él iba a podar el poco de pasto que le quedaba, había ido ya tres días a eso y casi terminaba. Y yo nomás de mirón, a cortar nopales o nísperos. Llegamos y Él agarró su máquina para pegarle, y yo comencé a buscar algo en qué depositar y traer a la ciudad los nísperos. Ni una maldita bolsa, ni un traste lo suficiente grande para echarlos (el que había ya nos lo habíamos traído una semana antes y no lo regresamos), hasta que se me ocurrió que, pues ni modo, había un recipiente de plástico para la basura, me dije “lo lavo bien” y esto me puede servir.

Para lavarlo había que abrir una llave que está dentro de una casita de concreto, un cubo de unos 80 por 80 centímetros por lado y de alto también, que está ubicado debajo de un tanque elevado que surte de agua potable a las comunidades vecinas. Mientras me acercaba pensé si no sería mejor, en lugar de nísperos cortar ciruelas, porque todas las de un árbol que hay a unos metros estaban cambiando ya de color. Pero en lo que me decidía, como quiera había que lavar bien el recipiente de plástico, así que me acerqué al cubo de concreto que guarda la llave del agua y que está cubierto con una tapa de fierro que tiene un candado.

No pude abrir el candado, estaba como pegado, así que le hablé a Chava y le pedí que si me ayudaba, vino y me dijo “está fácil hombre…” le dio un tirón y se abrió -Él es joven y fuerte y atleta, así que chiste- y al momento de abrirlo sentí un dolor intenso en un dedo de la mano izquierda.  Ay ca… ¿qué es esto? Era una abeja que me había picado, me quité la lanceta o aguijón y sacudí la mano, pero me seguía doliendo.

¿Alguna vez le ha picado a usted una abeja, es doloroso, más que la picadura de un alacrán pero menos que la de una avispa, aunque todo depende del organismo de cada quien, quizás hay quienes exageramos. Cuentan de una monja que se lamentaba y se lamentaba y que le decía a otra monja: “Hermana, hermana, me picó una abispa”. “Hay hermana, a mí un obispo… no es para tanto”.

Bromas aparte, antes de levantar yo la tapa del cubo para abrir la llave, como veía que revoloteaban dos tres abejas cerca, me anduve asomando por todos lados a ver si veía algún panal, arriba, abajo, atrás, adelante, en el suelo, en un árbol que hay cerca, pero no vi nada, así que levanté la tapa de fierro…

¿Coño! nunca lo hubiera hecho… el enjambre estaba dentro, pegado a la tapa. ¡No no no…! se me vinieron encima el montón de abejas. Yo traté de retirarme mientras me las espantaba, pero me picaban por todos lados, tumbé mis lentes y así seguí retirándome sin ellos, como a unos diez metros me paré y seguía manoteando y tratando de que se alejaran, pero no. Me dijo Chava “¡corra, corra!” y corrí más lejos, pero me seguían -y me seguían picando que era lo peor-, a cada piquete gritaba yo: ¡Ah ah ah ah! parecía endemoniado.

Las abejas se habían metido dentro de la playera y yo creo que hasta dentro del pants porque sentía yo los piquetes también en las nalgas. Me gritó Chava “¡Quítese la playera!” y como no estaba yo para razonar demasiado me la quité y empecé a darles de playerazos. “¡Métase al carro!” me volvió a gritar.

Y ahí voy al carro, claro que junto conmigo se metieron unas ocho o diez abejas. “¡Póngase la chamarra!” me gritó una vez más!”. Y en lo que me ponía la chamarra seguía yo dándoles de playerazos a las abejas para que se salieran, hasta que más o menos me dejaron en paz.

Pero me dolía todo el cuerpo, me picaron varias en la cabeza. Me preguntaba Chava que si nos regresábamos ya del rancho a ver qué había que hacer, le dije que esperáramos un poco a ver si se me pasaba el efecto. Y en lo que él se fue a seguir podando, lejos del enjambre por supuesto, yo le hablé a mi amigo el doctor Miguel Ángel Pozos y le conté. Me dijo “no no no, que te pongan de inmediato una inyección de Diprospan, para evitar una posible alergia que te cierre las vías respiratorias y que te lleve el carajo”. Encendí el auto de Chava, me fui hasta donde andaba él podando y le dije lo que había que hacer. “Vámonos -me dijo- deje guardo la maquina rápido”.

Para eso ya me había quitado yo más de 30 aguijones o lancetas de las abejas. Nos venimos por la calle Lázaro Cárdenas de la colonia Del Carmen, hasta la Farmacia Tepa, ahí compré la inyección y pregunté si había un médico para que me la pusiera, me dijeron que sí, salí, rodee el edificio y subí. ¡Había un montón de gente… esperando consulta! Pregunté quién seguía, era una joven mujer, le expliqué lo que me pasaba y que me urgía que me inyectaran, amablemente me dijo que pasara antes que ella. Unos minutos después abrió la puerta de su consultorio el doctor, salió un paciente y me precipité hacia adentro diciéndole que si me hacía el favor de inyectarme.

¡No no no qué es eso! -me dijo- ¿ya les pidió permiso de pasar antes a las personas que están esperando? Esteee… pues se lo pedí a la persona que sigue. ¡NO, a todas! (sólo le faltó levantar el brazo derecho en alto y gritar: ¡Heil Hitler! y… pues les dije a todas las personas que esperaban. Todas amablemente me dijeron que pasara, yo creo que me vieron ya medio desquiciado con cara de loco.

Entré pues al consultorio casi bajándome el pantalón (el pants) con la intención de que me inyectara ahí, parado, pero me dijo “No no no ¿qué le pasa…? acuéstese ahí en ese sofá”. Mmm le tuve que pedir perdón, “es que, doctor, ando más pendejo que de costumbre”, le dije. “Mmm -contestó- pues qué andaba usted haciendo”. Le platiqué y me dijo que me descubriera la nalga derecha (ya me había descubierto la izquierda), que porque ahí duele menos. Le sobó tantito con algodón y alcohol y dijo “En el nombre sea de Dios” y ¡mocos!

¡Éjele! ni me dolió. Cuando me levanté le dije: Es usted el primer médico que conozco, que antes de clavar la aguja dice “En el nombre sea de Dios”, lo que significa que es usted un hombre de fe, a pesar de su mal carácter. Le pagué, frunció la jeta y me despidió: “Que se mejore”, me dijo.

Y sí, mejoré, aunque al llegar a mi casa mi hija, que vive al otro lado de donde yo vivo, me siguió sacando los aguijones de todos lados. Yo creo que me picaron fácilmente unas 50 abejas. Por eso comencé diciéndole que si a usted le ha picado una abeja, pues ya sabe lo que se siente. Bueno, pues este dolor se siente cincuenta veces más cañón, por eso parecía yo endemoniado, gritaba, corría, me retorcía, me golpeaba a mí mismo para tratar de matar a algunas abejas. Pero mis ahullidos, ah mis ahullidos… esos nunca los voy a olvidar.

Preguntaba mi hija: ¿Y por qué te sobas atrás? Porque me duele, yo creo que ahora sí me dieron hasta por el culo. (perdón)

Chava fue a recoger mis lentes, a Él ya no le hicieron nada. Estaban molestas conmigo. Tenga cuidado, nunca las moleste. Y tampoco las mate, son de vital importancia para la vida humana. Mejor llame a los Bomberos o a Protección Civil, ellos van y con un traje especial recogen el panal y se lo llevan a algún avicultor. ¡Ay! ¡ay! ¡ay!

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