Antes de llegar al infierno está El Paraíso

  • Crónica de viaje a La Guapota, en Úrsulo Galván.
  • “Solo pido que me permitan darle un lugar digno dónde llorarle”, dice Marisela, esposa de uno de los ocho policías desaparecidos.
  • “De que espantan, espantan”, comentan los policías que cuidan este cementerio clandestino de violencia e impunidad.

Miguel Valera

Llegué a Ciudad Cardel poco antes del mediodía del 30 de octubre, en la víspera de Todos Santos y Día de Muertos. Mis lentes se empañaron cuando al bajar del vehículo, el aire caliente, de 31 grados de temperatura, me dio la bienvenida frente a un parque desierto.

A las 12 del día, la pequeña urbe del municipio de La Antigua, con una gran actividad nocturna, estiraba los brazos y las piernas para desentumecerlos. Mientras las gotas de sudor hacían camino en mi rostro, me dirigí a una papelería para comprar una libreta Estrella de 80 hojas.

Me detuve unos minutos en la contra esquina del parque para observar el ir y venir de la gente y luego entré al restaurante Tirtín, de Flores Magón 8, en donde me pusieron a la mesa un caldo de res con verduras, que atendí con santa devoción.

Mientras manejaba de Cardel a Úrsulo Galván, pasando por el ingenio El Modelo, recordaba a los ocho policías de ese municipio que desaparecieron un 11 de enero de 2011 como si la tierra se los hubiera tragado y pensaba en La Guapota, un predio ubicado en esa demarcación en donde se habían encontrado restos humanos y había sido calificado como “cementerio clandestino” de grupos delincuenciales.

Al cruzar el puente del libramiento, observé un horizonte interminable de cañales, mientras en mi memoria revoloteaba la idea de lo fácil que es desaparecer personas en Veracruz y en casi todo México. ¿Y luego? El dolor, la incansable, interminable búsqueda de las familias que desean como consuelo, la certeza de encontrar un lugar en donde puedan llorarle a sus muertos.

¿Qué sería de Agustín Rivera Bonastre, Juan Carlos Montero Parra, Samuel Montiel Perdomo, Guillermo Torres Perdomo, Alejandro Báez Hernández, Javier Araus Molina, Luis Alberto Valenzuela González y Aureliano Sánchez Tonil?

¿Qué pasaría con sus familias, con sus esposas que tanto han luchado y exigido justicia? ¿Los encontrarán en La Guapota? ¿Quiénes más estarán ahí, tirados, como desechos, en la oscuridad de esa tierra arenosa, esperando justicia o la resurrección de los muertos?

Vendedoras y vendedores de flor de muerto, moco de pavo y coronas para las tumbas de los muertos, me sacaron de mis pensamientos cuando toqué, a las 14 horas, la calle Libertad en la entrada a esta población que lleva el nombre del llamado “Apóstol del agrarismo jarocho”, Úrsulo Galván Reyes.

“Lleve sus flores, pásele, de cuál le damos joven”, me dijo una señora que se acercó a la ventanilla del vehículo. Me detuve antes de la calle Cuauhtémoc y bajé para preguntar por el panteón de la ciudad y por La Guapota. —Oiga, le dije a una vendedora, ¿usted conoce a las esposas de los policías que fueron secuestrados en 2011?

La señora me miró sorprendida, volteó a ver a sus compañeras y a un señor que descansaba en una silla junto a las cubetas de flores amarillas de cempasúchil. Callaron. Insistí, pero el silencio fue su respuesta. La desconfianza, y quizá el miedo en su mirada.

—Bueno y ¿cómo llego a La Guapota?, insistí. —Siga derecho, pase el río y derecho, en la gasolinera toma la calle de en medio, me contestó la señora, quien seguía ofreciendo flores de muerto a los automovilistas, mientras yo tomaba fotografías con mi teléfono.

Como me quedé parado, quieto, esperando respuestas, la señora se acercó y me dijo: “no me tome fotos, pero mire, tenga estas flores y si va a La Guapota, lléveselas, quién sabe cuántas almas descansan allá”.

EL OLVIDO, NUESTRO DESTINO

Cuando a las 14.30 llegué al parque central, frente al palacio municipal, en la calle 16 de septiembre, en el corazón de Úrsulo Galván, el calor sofocante era casi imposible de soportar. Los empleados de este gobierno local empezaban a salir de su centro de trabajo.

Me acerco, trato de conversar, pregunto por los policías desaparecidos y algunos ignoran el caso, otros no lo recuerdan o unos más quizá prefieren mantener ese episodio en el olvido.

Algunos me dan pistas, inciertas, como la de aguja en un pajar, para llegar a las casas de algunos familiares de estos ocho hombres que fueron raptados de la existencia.

Camino hacia Protección Civil, buscando a un amigo de uno de mis hermanos que hace años emigró a Tijuana. Me dicen que ya no trabaja ahí. Llego a la Comandancia Municipal y el segundo comandante policial, Anselmo Moguel Sánchez, muestra desdén por mis preguntas.

“Nosotros somos ajenos al caso. Yo soy originario de Chiapas. Hace poco que ingresé a la Secretaría de Seguridad Pública”. Dice que no se acuerda del caso de los policías desaparecidos. No le interesa. Su desinterés es quizá el que todos los seres humanos tenemos por los muertos, cuyo destino es el olvido colectivo.

A las 15.30 horas, con un sol abrasante, mis indagaciones me llevan a la calle de Pípila, en donde vive Nora, la esposa de uno de los desaparecidos. Toco la puerta. Sale uno de sus hijos. Me identifico, le cuento mi interés. Me dice que su madre no está, pero que le llamará, para atenderme. A los diez minutos llega Nora en una motocicleta y me pide identificación. Le explico el trabajo que estoy haciendo.

“No puedo dar información a no ser que estén todas mis compañeras —se refiere a las esposas de los otros policías desaparecidos—. Ni a mis hijos les hablo de este tema”, me dice, sin permitirme anotar un dato, preguntar quién era su esposo ni nada. “Buenas tardes”, concluye, y cierra la puerta de su casa, de inmediato.

Le entiendo. La desconfianza reina en Úrsulo Galván, sobre todo, porque una de las versiones apuntaba a que se los habían llevado los mismos policías estatales que dirigía el famoso “Capitán Tormenta”, Arturo Bermúdez Zurita, dueño, por cierto, de un hotel, de cuatro estrellas, El Artisan, en la Barra de Chachalacas, a unos cuantos kilómetros del cementerio clandestino de La Guapota.

UN LUGAR PARA LLORARLE

A las cuatro de la tarde logro llegar a la casa de Marisela, la esposa de Aureliano Sánchez Tonil. Desde la ventana de su domicilio, derruido por la pobreza y la tragedia, le solicito la conversación y accede de buena manera. Mientras su hijo detiene los perros que están en el patio, me permite el acceso a la sala de su casa.

“Terrorífica”. Esa es la palabra con la que Marisela define la experiencia que ha vivido en estos últimos seis años y nueve meses, luego de que su esposo Aureliano Sánchez Tonil desapareciera de la Comandancia de Policía de Úrsulo Galván, un municipio veracruzano colindante con el tibio mar del Golfo de México.

Química auxiliar en tomas de muestra para análisis clínicos y fisoterapeuta, Marisela dice que quienes se llevaron a su esposo el 11 de enero de 2013 le quitaron la mitad de su mundo, le arrebataron la cabeza de su familia y aunque suene cursi, aclara, “me quitaron al amor de mi vida”.

En su casa de Úrsulo Galván, esta mujer madura, que ha sufrido en carne propia la angustia por el dolor de un familiar desaparecido, me dice que pudo elegir el camino de la desesperación, de la depresión o la neurosis, pero para sacar adelante a sus hijos, ha preferido evolucionar.

“Fue un shock muy fuerte para ellos y para mí. Quedé en vulnerabilidad de la noche a la mañana. Sin embargo, trato de hablar, sin que se me venga el llanto, controlando mis emociones. Trato de hablar sin sentir rencor, sin culpar a nadie, aunque sé quiénes son los responsables”.

El silencia inunda la estancia. Su voz parece quebrarse. Marisela se toma las manos y aprieta los dedos. Observo su anillo dorado, brillante, que no se quita para nada, en memoria de Aureliano, y del silencio saca fuerzas, para continuar, sin quebrarse.

“El pueblo sabe quién se lo llevó, pero nadie va a decir nada, porque con toda razón no quieren que los afecten, no quieren represalias, no quieren que los dañen”, me dice seria, con un dolor contenido, que le oprime el pecho, pero que ha logrado digerir, asimilar, sublimar, para sobrevivir y sacar adelante a sus hijos.

—Eso es lo más terrible no, le interrumpo, saber y no poder decirlo…

“Lo más terrible es la impotencia. La impotencia de no poder hacer algo más”, me dice esta mujer originaria de la Ciudad de México que conoció a su esposo por carta, mientras sigue apretando sus manos una con otra.

A pesar de todo, como el primer día que acudió a la Comandancia municipal para esperar a Aureliano, Marisela lo sigue buscando.

“Hoy por hoy lo sigo esperando. Sí, aunque tengo casi la certeza de que no va a regresar”, me comenta, con un largo silencio cargado de dolor y esperanza.

La esperanza, añade, es una energía, es lo que la mueve a ella y a los familiares de los otros siete policías desaparecidos.

La esperanza, señala, les da confianza en que pronto aparecerán, en que pronto se los regresarán.

“Han cambiado las cosas, las autoridades, yo veo gente joven; tengo esperanza de que esa misma gente joven, al ser conocimiento fresco vengan con otros ideales, con otros objetivos, que vengan con ética, con valores, con honestidad”, indica.

“Para acabar con la inseguridad y la violencia lo que necesitamos es continuar adelante por medio de la inversión. ¿Cuál es la inversión? El estudio y la cultura hacia ellos, hacia nuestros hijos. No hay de otra”, me dice, con voz de estadista política.

Marisela participa activamente al lado del grupo de esposas y familiares de los policías desaparecidos, convirtiéndose en abogada, investigadora, excavadora, cuidándose de todos y de todo. “No soy neurótica. No tengo complejos, pero soy muy desconfiada”, me aclara.

“Hoy por hoy lo sigo esperando. Sí, aunque tengo casi la certeza de que no va a regresar”, me insiste. Y añade: “Ya no me importa saber quién lo hizo, sólo pido que me lo regresen, que me permitan darle un lugar digno dónde llorarle, porque se lo merece”, señala.

LAS CARTAS, EL ORIGEN

Oriunda de la Ciudad de México, Marisela conoció a Aureliano Sánchez Tonil por carta, a través de la escritura, cuando aún existía “el correo”, me aclara, con nostalgia, sin referirse directamente a la era digital que desplazó el carteo tradicional.

Ella vivía en esa gran urbe y él en Cardel. Al verla agobiada por la soledad, una de sus hijas la animó a que se inscribiera en un programa de “amor por correspondencia”. No quería, pero lo hizo. Así conoció a Aureliano.

Él había nacido en Cardel y era policía. “Me gustó su escritura, porque era una escritura antigua”, me dice. “Me gustó mucho la manera respetuosa como me trató”.

En esa época Aureliano trabajaba en Perote y desde ahí, entre carta y carta se conocieron, se encontraron, se enamoraron y él le pidió matrimonio. Un 11 de mayo de 1996 se casaron en la tierra que tanto maravilló a Humboldt.

Ella trabajaba en la Asociación Cristiana de Jóvenes en la Ciudad de México y Aureliano trató de hacer vida allá, pero no se adaptó. Regresó a Cardel.

Al poco tiempo, cuenta Marisela, levantó sus tiliches y lo alcanzó. “Lo  único que me faltó fue el gato, porque se me echó a correr”, comenta, mientras una sonrisa, como lluvia fresca, ilumina su rostro.

Llegó a Cardel un 21 de diciembre. Era un día lluvioso, muy lluvioso, recuerda. Aureliano seguía su carrera de policía. “Amaba la policía”.

A Úrsulo Galván llegó con Aureliano en 2001. Él mantenía el oficio de policía y ella era la única Química en Úrsulo Galván, del único laboratorio que hacía tomas de muestra para que se llevaran a Cempoala.

Como Química primero y como fisoterapeuta después, Marisela ayudaba a Aureliano con el gasto.

En el 2003, una de sus hijas se va a Estados Unidos a probar suerte y a hacer nueva vida y le deja de encargo a tres hijos, que se convirtieron en sus hijos prácticamente. El más pequeño, el que aún sigue con ella, era apenas un bebé.

“Mi esposo se hace cargo de ellos, de todo a todo y pues obviamente el niño crece viéndolo como una imagen paterna. A mí me dice mamá y a él le decía papá. Cuando en 2013 ocurre esto, él tenía 9 años”, me cuenta.

LOS AÑOS FELICES

Cada vez que Aureliano tenía día franco iba a la escuela de sus dos hijos, los sacaba y se los llevaba de “pinta”. Le gustaba meterse al río Actopan, cuyas aguas frías de origen en El Descabezadero llegan tibias a Úrsulo Galván.

“Se robaba las salchichas del refrigerador y se iba con ellos”, me cuenta Marisela, con otro asomo de sonrisa en su rostro, por aquellos días de alegría y tranquilidad. “Yo no tenía dos niños en casa, tenía tres”, sentencia.

Nadar, pescar, asar salchichas en una fogata era la felicidad. Ellos ya habían olvidado que su madre los abandonó para iniciar una nueva vida en Estados Unidos. Para ellos Marisela y Aureliano eran sus únicos padres y en la felicidad del río deseaban, con todo su corazón, que Aureliano estuviera ahí, a su lado, para siempre.

“Dígame cómo lleno esos zapatos, cómo los lleno si mi papel es ser madre, abogada, investigadora, excavadora”, me dice vehemente, Marisela. En sus largas pausas, en los silencios, esperaría algún asomo mayor de dolor, alguna lágrima. Nada. Aprendió a ser fuerte para sobrevivir y para sacar adelante a estos hijos que le heredaron.

EL 11 DE ENERO DE 2013

El 11 de enero de 2013 esta historia de felicidad se terminó.

“Eran las 9 de la mañana y me extrañó que no llegara a casa. Algunas veces Aureliano se quedaba a doblar turno, entonces le preparé un lunch y su cambio de ropa para llevárselo a la Comandancia”.

“Grande fue mi sorpresa al ver que el Ayuntamiento de Úrsulo Galván estaba lleno de patrullas del Ejército, de la Marina, de policías estatales”.

Al verla, uno de los compañeros de Aureliano se le acercó y le dijo: “No, doña, esto ya valió madres. Levantaron a nuestros compañeros. Yo agarro mis cosas y me voy”.

Ese día empezó el Calvario. Las ocho esposas de los policías desaparecidos y sus familiares empezaron a hacer guardia. Pasó un día y otro, pasó una semana y otra. La gente les empezó a llevar tortas y comida. No llegaron. Aún no llegan.

—¿Lo sigue esperando? “Sí, sí”, me dice tranquila, calmada, con un dolor que ha rumiado por años, que no es expresivo. Y añade, “aunque tengo casi la certeza de que no va a regresar”.

La esperanza sigue moviendo el mundo de Marisela, le da energía para continuar.

Lo más difícil no ha sido superar el dolor de la “desaparición” de Aureliano. Lo más difícil, dice, es cómo regresarle la confianza en el ser humano a su hijo.

En él, el dolor ha sido más expresivo. “Se cortaba los brazos, las manos, el estómago, las piernas. El sentía que se liberaba del dolor. Es una lucha día a día, para que no se me deprima, para que no se me decaiga, pero pregúntele si quiere salir, pregúntele si quiere ir a la playa. Pregúntele qué siente cuando ve una patrulla. Se me pone pálido, transpira, tiembla y se quiere echar a correr”.

“Mi niño tenía 9 añitos, estaba chiquitito, tenía yo conmigo al otro muchachito que tenía 13 o 14 años”.

EN LA LUCHA

Desde ese 11 de enero de 2013 la vida cambió 180 grados para Marisela. “Me quedo como cabeza de familia, sin conocidos, sin familiares, sin dinero, y con dos niños en casa”.

—¿El gobierno no respondió de inmediato?

“Nooo. Mire, para que el gobierno hubiera respondido de inmediato, pienso que debía haber habido un poco de conocimiento de nosotras. ¿Qué podíamos saber? Si nosotros éramos la mayoría amas de casa, ¿qué sabíamos de leyes, de reglamentos, de artículos, de encomiendas, de jurídicos, de denuncias? Nada, absolutamente nada”, dice con voz de trueno.

“Yo lo único que sabía es que me habían quitado la mitad de mi mundo. Yo sabía que lo que habían hecho es que me habían arrebatado la cabeza de mi familia. Suena hasta cierto punto cursi, como un periodista me lo dijo alguna vez, pero me habían quitado al amor de mi vida, a mi esposo. Comenzamos a luchar y aquí seguimos en la búsqueda”, añade.

—Este lugar de La Guapota, ¿qué les ha representado?

(Silencio) La Guapota (silencio), pues hay que esperar qué dicen, no podemos hacer más…

—¿Las esperanzas se han venido doblando?

“La esperanza no debe de caer. No importa que no exista una Guapota o un Colinas de Santa Fe, la esperanza no se debe de perder, porque es la que nos está dando la energía para continuar con espíritu de vida”.

“Yo no puedo darme el lujo de enfermarme, ni de deprimirme, ni de entristecerme, ni siquiera de llorar, porque aunque ya de los tres que tenía, me queda uno, este niño me necesita, no tiene nadie más que a mí. Lo que yo logre, lo que yo haga con él, —porque está chico, tiene apenas 16 años—, será muy importante para toda su vida, pero tengo que ser fuerte, tengo que serenarme y créame que diario pido que tenga yo noticias de él”.

—Difícil esta incertidumbre.

“Mire, al principio fue angustiante. Fue terrorífica. No puedo decir angustiante. Fue terrorífica. Me encontraba en una limitación financiera terrible, con la responsabilidad de dos niños menores de edad, sin familiares que me respaldaran ni aquí, ni en México, porque en México mis hijos grandes nunca estuvieron de acuerdo en que me casara con un veracruzano o con él”.

“Si yo me hubiera tirado a la desesperación, a la depresión o a la neurosis yo creo que hubiera mutado, pero no, siento que he evolucionado, porque trato de hablar, sin que se me venga el llanto, controlando mis emociones. Trato de hablar sin sentir rencor, sin culpar a nadie, aunque sé quiénes son los responsables”, sentencia.

—¿Qué ha sido lo más difícil?

“No superar en sí el dolor, lo más difícil para mí es crearle metas y objetivos a esa criatura que está ahí, darle seguridad en sí mismo, enseñarle que se puede confiar en las personas”.

—Perdió, como muchos, la confianza en el ser humano, porque a veces ante tanta cosa uno deja de creer en el ser humano y es ahí cuando se rompe todo.

“Le voy a decir una cosa. Eso que usted acaba de decir es muy importante. ¿Qué pasa cuando un corazón tierno se rompe de esa forma, dígame cómo lo pego y lo hago, dígame cómo lo reconstruyo y lo hago? Esto no es de dinero, no es de medicina, no es de pastillas, esto es de sanar desde adentro”.

“Para él su papá era su cómplice, era su amigo, su papá, su orientador, su director, el que lo mimaba. Aureliano fue un niño muy querido en casa. Tenía pocos estudios, pero muchos valores. Jamás les gritó, jamás les pegó. Ellos sabían que contaban con él”.

Hoy, Marisela sigue sufriendo las consecuencias de la ausencia de Aureliano.

En Todos Santos y Día de Muertos no hay veladoras, porque aún lo siguen esperando. No hay ofrendas, porque la economía está demasiado limitada.

“Le va a parecer así como drástico, pero en esta pobre casa si dejo un cartón de huevo, mi hijo sabe que se puede comer dos hoy, dos mañana, dos pasado mañana y que no se preocupe por lo que yo coma, porque yo veré en mi trabajo qué como”, me dice, mientras se me hace un nudo en la garganta.

“¡Qué más le puedo decir!”, concluye Marisela, con un gran suspiro. En la exhalación hay dolor, incertidumbre, angustia y esperanza, pero no la manifiesta.

“Son tantas las cosas que podría decir. A mí no me interesa quién lo hizo y ese es un comentario que me ha creado muchos conflictos, pero de veras, ya no me importa quién fue, que me lo regresen, que me permitan darle un lugar digno dónde llorarle, porque creo que se lo merece”, concluye.

ANTES DEL INFIERNO ESTÁ EL PARAÍSO

Salí de la casa de Marisela casi a las 5 de la tarde, con el corazón estrujado y me dirigí a La Guapota, ese cementerio clandestino de violencia e impunidad.

Antes de llegar al infierno está El Paraíso. La gente me mira con desconfianza cuando pregunto. En el pueblo sabían lo que pasaba, pero callaban por miedo. “El miedo es terrible, ni se imagina”, me comenta un habitante de El Paraíso, antes la Charca, una comunidad del municipio de Úrsulo Galván.

¿Cómo llego a la Guapota?, pregunto. “Siga derecho, hacia los cañales”, me dice un hombre recio, de sombrero, que descansa a la sombra de un árbol. No me sostiene la mirada, me quiere evadir. En la parada de sitio, otro me explica con más detalle: salga del pueblo, empiece el camino de terracería y a la segunda salida, a la derecha, entre el cañal, maneje 25 minutos y llega.

La comunidad de El Paraíso está ubicada a unos 81 kilómetros de Xalapa, la capital de Veracruz. El calor es sofocante a pesar de que ya corre el aire fresco, playero, de la tarde.

—¿A qué va?, me interroga mi informante en El Paraíso. Son las cinco de la tarde. No tarda en oscurecer. Ya ve que anochece temprano, me expresa. “Voy a dejar flores”, le contesto. —Vaya con cuidado, igual hay muchos federales, muchos policías, todo el día entran y salen, añade.

Sigo manejando e intuyo que ya me pasé la entrada que me habían indicado. Encuentro a un hombre a caballo y lo detengo, para que me oriente. Duda un poco y de inmediato me dice: regrese, tome ese camino entre el cañal y ahí derecho hasta llegar a una cruz, tome a la derecha.

Vuelvo al volante y manejo en el camino de terracería. Me preocupa ver caer el sol. Llego a la cruz y tomo a la derecha y de pronto, luego de unos 15 minutos me encuentro ante un panteón. Unos hombres pintan de azul las rejas. —Disculpen, ¿dónde estoy? “En el Paraíso”, me dicen.

—Es que voy a la Guapota, les comento. —¿Pero de dónde vienes?, me preguntan. “Pues del Paraíso, pero llegué al Paraíso”, les contesto. —Ah, es que diste la vuelta a la derecha. Ahí en el camino en el que venías tienes que seguir derecho. Es una cruz, sigue derecho, me indican.

 

 

 

 

 

Regreso a la ruta. El sol sigue bajando. Entre el camino temo a las piedras, al zacate crecido y a que llegue ya con la noche a La Guapota. Una camioneta, cargada con dos tanques de agua se me cruza en el camino de un solo carril. Como puedo, logro abrirme.

—¿Falta mucho para La Guapota?, le pregunto. —No, en diez minutos llega. En el siguiente cruce, siga a la derecha, me orienta el conductor.

Cerca de las seis de la tarde llego a mi destino. Me detengo ante la reja que impide el paso y me pongo a pensar en el dolor, en el sufrimiento, de hombres y mujeres asesinados y tirados como basura en este predio cercano a la playa de Chachalacas.

¿Cuántos cuerpos, cuántas almas, cuántas vidas, cuántos sueños truncos, arrancados por manos criminales, despiadadas?

—¿Quién es usted?, me pregunta un policía ministerial que de inmediato me dice que está prohibido el paso. A su lado, un elemento de la Secretaría de Seguridad Pública de Veracruz, se cuadra con su metralleta en manos.

Me identifico, les muestro mi credencial del INE y ellos también me dan sus nombres: Juan Uscanga Ramírez y Raúl Hernández García.

Les comento lo de las flores. Las toman y las ponen sobre unas piedras, recordándome una vez más que está prohibido pasar. Me dicen que la única manera de ingresar es con permiso de la Fiscalía y con los colectivos que buscan desaparecidos. No me dicen más. Tienen prohibido hablar.

Les digo que estaré un rato afuera. Me ven con desconfianza y con extrañeza, sobre todo cuando en una reverencia hacia el horizonte, elevo una pequeña, modesta, oración por el alma de estos hombres y mujeres asesinados y tirados aquí, en la oscuridad de la noche.

—¿No los han espantado?, les pregunto, y Juan Uscanga, un hombre moreno, muy costeño, me dice que no, que lo único que les ha causado espanto o temor, son las serpientes que reptan por doquier en este predio.

Luego se voltea y en una bocanada de confianza, suelta, “pero de que espantan, espantan, no tenemos duda”.

¿Cuántas almas deambulan en La Guapota, buscando descanso? ¿Cuánto odio, cuánto terror, cuánto rencor, cuánta impunidad, enterrada entre este arenal cubierto de pasto y árboles?, me pregunto internamente.

Me quedo quieto del otro lado de la reja. “No puede pasar”, me insisten.

Les obedezco, pero sigo quieto, mudo, estupefacto, en estupor ante esta tragedia, la fosa clandestina humana de La Guapota.

Los perros empiezan a ladrar. Son tres, y curiosamente, un gato. ¿Cómo se llaman? Rocky, el amarillo y Sultán, el negro, me contestan. “Nosotros los trajimos, para espantar las culebras. El otro es un perro colado que llegó solo, pero ya aquí se quedó”, mostrándome un perro parduzco, tipo xoloitzcuintle, pero con muchas manchas en el poco pelo que le cubre el cuerpo. El gato se llama Chepe, añade.

Se extrañan por mis preguntas. Me quedo en silencio. Desde La Guapota se escucha el sonido del mar. A escasos dos kilómetros, en línea recta, está la playa de Chachalacas y más arriba, las playas de Paso de Doña Juana.

En silencio, veo cómo el aire fresco de la tarde acaricia La Guapota. Los perros ladran. Rocky y Sultán se echan al lado de los policías. El perro “extraño” se queda cerca del árbol de Mulato —o chaca— que les sirve de cobijo para los días y noches de guardia.

Si fuera xoloitzcuintle, los mexicas creían que acompañaban a las almas de los difuntos en su viaje al inframundo, al Mictlán. Cada mancha significaba el alma de un difunto que había acompañado, pienso.

 

 

 

 

 

Era la víspera del Día de Muertos y ahí estaba, frente a un cementerio clandestino, producto de la violencia, con hombres y mujeres asesinados, en espera de ser exhumados, enterrados dignamente.

“No lo interrumpimos joven, pero ya va a oscurecer”, me dice el policía, para sacarme de mis pensamientos.

Pasan de las seis de la tarde y en efecto, muy pronto caerá la noche. Manejo de regreso y a las seis y media estoy de nuevo en El Paraíso, luego de conocer este umbral del infierno.

En las casas hay movimiento. La gente está preparando altares, elaborando jamoncillo, prendiendo veladoras. Muy pronto vendrán sus muertos a visitarlos.

¿Quién les pondrá altar a los muertos anónimos, a los hombres y mujeres asesinados con violencia y sepultados clandestinamente en La Guapota?

Ellos ¿descansan ahí?, acariciados por la brisa marina del Golfo de México, esperando que llegue la justicia, que sus familias los encuentren y tengan un lugar para que les lloren y les lleven flores.

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