“Solo pido que me permitan darle un lugar digno dónde llorarle”

  • Marisela y el Calvario que inició el 11 de enero de 2013 cuando desapareció Aureliano, su esposo, quien trabajaba como policía en Úrsulo Galván.

Miguel Valera

“Terrorífica”. Esa es la palabra con la que Marisela define la experiencia que ha vivido en estos últimos seis años y nueve meses, luego de que su esposo Aureliano Sánchez Tonil desapareciera de la Comandancia de Policía de Úrsulo Galván, un municipio veracruzano colindante con el tibio mar del Golfo de México.

Química auxiliar en tomas de muestra para análisis clínicos y fisoterapeuta, Marisela dice que quienes se llevaron a su esposo el 11 de enero de 2013 le quitaron la mitad de su mundo, le arrebataron la cabeza de su familia y aunque suene cursi, aclara, “me quitaron al amor de mi vida”.

En su casa de Úrsulo Galván, a la que llegué el pasado 30 de octubre, en la víspera de Todos Santos y Día de Muertos, esta mujer madura, que ha sufrido en carne propia la angustia por el dolor de un familiar desaparecido, me dice que pudo elegir el camino de la desesperación, de la depresión o la neurosis, pero para sacar adelante a sus hijos, ha preferido evolucionar.

“Fue un shock muy fuerte para ellos y para mí. Quedé en vulnerabilidad de la noche a la mañana. Sin embargo, trato de hablar, sin que se me venga el llanto, controlando mis emociones. Trato de hablar sin sentir rencor, sin culpar a nadie, aunque sé quiénes son los responsables… El pueblo sabe quién se lo llevó, pero nadie va a decir nada, porque con toda razón no quieren que los afecten, no quieren represalias, no quieren que los dañen”, me dice seria, con un dolor contenido, que le oprime el pecho, pero que ha logrado digerir, asimilar, sublimar, para sobrevivir y sacar adelante a sus hijos.

—Eso es lo más terrible no, le interrumpo, saber y no poder decirlo…

“Lo más terrible es la impotencia. La impotencia de no poder hacer algo más”, me dice esta mujer originaria de la Ciudad de México que conoció a su esposo por carta, mientras aprieta sus manos una con otra, mostrando aún el anillo matrimonial reluciente.

A pesar de todo, como el primer día que acudió a la Comandancia municipal para esperar a Aureliano, Marisela lo sigue esperando.

“Hoy por hoy lo sigo esperando. Sí, aunque tengo casi la certeza de que no va a regresar”, me comenta, con un largo silencio cargado de dolor y esperanza.

La esperanza, añade, es una energía, es lo que la mueve a ella y a los familiares de los otros siete policías desaparecidos.

La esperanza, señala, les da confianza en que pronto aparecerán, en que pronto se los regresarán.

“Han cambiado las cosas, las autoridades, yo veo gente joven, tengo esperanza de que esa misma gente joven, al ser conocimiento fresco vengan con otros ideales, con otros objetivos, que vengan con ética, con valores, con honestidad de servir en los límites de corrupción y que se den cuenta que eso no va a ayudar al país jamás. Lo que necesitamos es continuar adelante por medio de la inversión. ¿Cuál es la inversión? El estudio y la cultura hacia ellos, hacia nuestros hijos. No hay de otra”, me dice.

Marisela participa al lado del grupo de esposas y familiares de los policías desaparecidos, convirtiéndose, en abogada, investigadora y excavadora, cuidándose de todos y de todo. “No soy neurótica. No tengo complejos, pero soy muy desconfiada”, me aclara.

“Hoy por hoy lo sigo esperando. Sí, aunque tengo casi la certeza de que no va a regresar”, me insiste. Y añade: “Ya no me importa saber quién lo hizo, solo pido que me lo regresen, que me permitan darle un lugar digno dónde llorarle, porque se lo merece.

LAS CARTAS, EL ORIGEN

Oriunda de la Ciudad de México, Marisela conoció a Aureliano Sánchez Tonil por carta, a través de la escritura, cuando aún existía “el correo”, me aclara, con nostalgia, sin referirse directamente a la era digital que desplazó el carteo tradicional.

Ella vivía en la Ciudad de México y él en Cardel. Al verla agobiada por la soledad, una de sus hijas la animó a que se inscribiera en un programa de “amor por correspondencia”. No quería, pero lo hizo. Así conoció a Aureliano.

Él había nacido en Cardel y era policía. “Me gustó su escritura, porque era una escritura antigua”, me dice. “Me gustó mucho la manera respetuosa como me trató”.

En esa época Aureliano trabajaba en Perote y desde ahí, entre carta y carta se conocieron, se encontraron, se enamoraron y él le pidió matrimonio. Un 11 de mayo de 1996 se casaron en la tierra que tanto maravilló a Humboldt.

Ella trabajaba en la Asociación Cristiana de Jóvenes en la Ciudad de México y Aureliano trató de hacer vida allá, pero no se adaptó. Regresó a Cardel.

Al poco tiempo, cuenta Marisela, levantó sus tiliches y lo alcanzó. “Lo  único que me faltó fue el gato, porque se me echó a correr”.

Llegó a Cardel un 21 de diciembre. Era un día lluvioso, muy lluvioso, recuerda. Aureliano seguía su carrera de policía. “Amaba la policía”.

A Úrsulo Galván llegó con Aureliano en 2001. Él mantenía el oficio de policía y ella era la única Química en Úrsulo Galván, del único laboratorio que hacía tomas de muestra para que se llevaran a Cempoala.

Como Química primero y como fisoterapeuta después, Marisela ayudaba a Aureliano con el gasto.

En el 2003, una de sus hijas se va a Estados Unidos a probar suerte y a hacer nueva vida y le deja de encargo a tres hijos, que se convirtieron en sus hijos prácticamente. El más pequeño, el que aún sigue con ella, era apenas un bebé.

“Mi esposo se hace cargo de ellos, de todo a todo y pues obviamente el niño crece viéndolo como una imagen paterna. A mí me dice mamá y él le decía papá. Cuando en 2013 ocurre esto él tenía 9 años”, me cuenta.

LOS AÑOS FELICES

Cada vez que Aureliano tenía día franco iba a la escuela de sus dos hijos, los sacaba y se los llevaba de “pinta”. Les gustaba meterse al río Actopan, cuyas aguas frías de origen en El Descabezadero llegan tibias a Úrsulo Galván.

“Se robaba las salchichas del refrigerador y se iba con ellos”, me cuenta Marisela, con un asomo de sonrisa en su rostro, por aquellos días de alegría y tranquilidad. “Yo no tenía dos niños en casa, tenía tres”.

Nadar, pescar, asar salchichas en una fogata era la felicidad. Ellos ya habían olvidado que su madre los había abandonado para iniciar una nueva vida en Estados Unidos. Para ellos Marisela y Aureliano eran sus únicos padres y en la felicidad del río deseaban, con todo su corazón, que Aureliano estuviera ahí, a su lado, para siempre.

“Dígame cómo lleno esos zapatos, cómo los lleno si mi papel es ser madre, abogada, investigadora, excavadora”, me dice Marisela. En sus largas pausas, en los silencios, esperaría algún asomo de dolor, alguna lágrima. Nada. Aprendió a ser fuerte para sobrevivir y para sacar adelante a estos hijos que le heredaron.

EL 11 DE ENERO DE 2013

El 11 de enero de 2013 esta historia de felicidad se terminó.

“Eran las 9 de la mañana y me extrañó que no llegara a casa. Algunas veces Aureliano se quedaba a doblar turno, entonces le preparé un lunch y su cambio de ropa para llevárselo a la Comandancia”.

“Grande fue mi sorpresa al ver que el Ayuntamiento de Úrsulo Galván estaba lleno de patrullas del Ejército, de la Marina, de Policías estatales”.

Al verla, uno de los compañeros de Aureliano se le acercó y le dijo: “No, doña, esto ya valió madres. Levantaron a nuestros compañeros. Yo agarro mis cosas y me voy”.

Ese día empezó el Calvario. Las ocho esposas de los policías desaparecidos y sus familiares empezaron a hacer guardia. Pasó un día y otro, pasó una semana y otra. La gente les empezó a llevar tortas y comida. No llegaron. Aún no llegan.

—¿Lo sigue esperando? “Sí, sí”, me dice tranquila, calmada, con un dolor que ha rumiado por años, que no es expresivo. Y añade, “aunque tengo casi la certeza de que no va a regresar”.

La esperanza sigue moviendo el mundo de Marisela, le da energía para continuar.

Lo más difícil no ha sido superar el dolor de la “desaparición” de Aureliano. Lo más difícil, dice, es cómo regresarle la confianza en el ser humano a su hijo.

En él, el dolor ha sido más expresivo. “Se cortaba los brazos, las manos, el estómago, las piernas. El sentía que se liberaba del dolor. Es una lucha día a día, para que no se me deprima, para que no se me decaiga, pero pregúntele si quiere salir, pregúntele si quiere ir a la playa. Pregúntele qué siente cuando ve una patrulla. Se me pone pálido, transpira, tiembla y se quiere echar a correr”.

“Mi niño tenía 9 añitos, estaba chiquitito, tenía yo conmigo al otro muchachito que tenía 13 o 14 años”.

EN LA LUCHA

Desde ese 11 de enero de 2013 la vida cambió 180 grados para Marisela. “Me quedo como cabeza de familia, sin conocidos, sin familiares, sin dinero, y con dos niños en casa”.

—¿El gobierno no respondió de inmediato?

“Nooo. Mire, para que el gobierno hubiera respondido de inmediato, pienso que debía haber habido un poco de conocimiento de nosotras. ¿Qué podíamos saber? Si nosotros éramos la mayoría amas de casa, qué sabíamos de leyes, reglamentos, artículos, encomiendas, jurídicos, denuncias, nada, absolutamente nada”.

“Yo lo único que sabía es que me habían quitado la mitad de mi mundo. Yo sabía que lo que habían hecho es que me habían arrebatado la cabeza de mi familia. Suena hasta cierto punto cursi, como un periodista me lo dijo alguna vez,  pero me habían quitado al amor de mi vida, a mi esposo. Comenzamos a luchar y aquí seguimos en la búsqueda”.

—Este tema de La Guapota, ¿qué les ha representado?

(Silencio) La Guapota (silencio), pues hay que esperar qué dicen, no podemos hacer más…

—¿Las esperanzas se han venido doblando?

“La esperanza no debe de caer. No importa que no exista una Guapota o un Colinas de Santa Fe, la esperanza no se debe de perder, porque es la que nos está dando la energía para continuar con espíritu de vida”.

“Yo no puedo darme el lujo de enfermarme, ni de deprimirme, ni de entristecerme, ni siquiera de llorar, porque aunque ya de los tres que tenía, me queda uno, este niño me necesita y no tiene nadie más que a mí y lo que yo logre y lo que yo haga con él, está chico, tiene 16 años, entonces tengo que ser fuerte, tengo que ser serena y créame que diario pido que tenga yo noticias de él”.

—Difícil esta incertidumbre.

Mire, al principio fue angustiante. Fue terrorífica. No puedo decir angustiante. Fue terrorífica. Me encontraba en una limitación financiera terrible, con la responsabilidad de dos niños menores de edad, sin familiares que me respaldaran ni aquí ni en México, porque en México mis hijos grandes nunca estuvieron de acuerdo en que me casara con un veracruzano o con él, pero conforme va uno avanzando si yo me hubiera tirado a la desesperación, a la depresión o a la neurosis yo creo que hubiera mutado, pero no, siento que he evolucionado, porque trato de hablar, sin que se me venga el llanto, controlando mis emociones. Trato de hablar sin sentir rencor, sin culpar a nadie, aunque sé quiénes son los responsables”.

—¿Qué ha sido lo más difícil?

“No superar en sí el dolor, lo más difícil para mí es crearle metas y objetivos a esa criatura que está ahí, darle seguridad en sí mismo, enseñarle que se puede confiar en las personas”.

—Perdió, como muchos, la confianza en el ser humano, porque a veces ante tanta cosa uno deja de creer en el ser humano y es ahí cuando se rompe todo.

“Le voy a decir una cosa. Eso que usted acaba de decir es muy importante. Qué pasa cuando un corazón tierno se rompe de esa forma, dígame cómo lo pego y lo hago, dígame cómo lo reconstruyo y lo hago. Esto no es de dinero, no es de medicina, no es de pastillas, esto es de sanar desde adentro. Para él su papá era su cómplice, era su amigo, su papá, su orientador, su director, el que lo mimaba.  Él fue un niño muy querido en casa. Tenía pocos estudios, pero muchos valores. Jamás les gritó, jamás les pegó. Ellos sabían que contaban con él”.

Hoy, Marisela sigue sufriendo las consecuencias de la ausencia de Aureliano.

En Todos Santos y Día de Muertos no hay veladoras, porque aún lo siguen esperando. No hay ofrendas, porque la economía está demasiado limitada.

“Le va a parecer así como drástico, pero en esta pobre casa si dejo un cartón de huevo, mi hijo sabe que se puede comer dos hoy, dos mañana, dos pasado mañana y que no se preocupe por lo que yo coma, porque yo veré en mi trabajo qué como”.

“¡Qué más le puedo decir!”, concluye Marisela, con un gran suspiro. En la exhalación hay dolor, incertidumbre, angustia y esperanza, pero no la manifiesta.

“Son tantas las cosas que podría decir. A mí no me interesa quién lo hizo y ese es un comentario que me ha creado muchos conflictos, pero de veras, ya no me importa quién fue, que me lo regresen, que me permitan darle un lugar digno dónde llorarle, porque creo que se lo merece”, concluye.

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