#RelatosDominicales Doña Carmen en un Adelas

Relatos dominicales

Doña Carmen en un Adelas

Miguel Valera

I

Fue un domingo 28 de julio. Salí de Xalapa a las 5.30 de la mañana en un Astro Plus que me llevó a Orizaba. En el camino, mientras veía los rayos del sol, tímidos, asomarse en el horizonte, en la radio se escuchaba la lectura de la misa del día, un pasaje de Génesis, en donde Abraham ruega a Dios por Sodoma y Gomorra.

“¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable?”, interpela Abraham a Dios. “Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Y si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad? Respondió el Señor: No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco. Que no se enfade mi Señor si sigo hablando. ¿Y si se encuentras treinta? No la destruiré…”.

Pensé en el atrevimiento de Abraham, en su ruego, en la manera de interceder por esos seres humanos del relato y en ese Dios furioso que hizo caer fuego y azufre sobre Sodoma y Gomorra. Me quedé dormido cuando el predicador empezó a hablar de la oración, luego de leer un pasaje del Evangelio de Lucas y decir que “quien pide recibe, quien busca encuentra, quien toca se le abre”.

Cuando desperté, el autobús estaba llegando a la pluviosilla. Me bajé con hambre y pensé en las tortas pavitos del centro, que tanto disfruté en mi primera juventud, cuando viví en esa ciudad, pero era muy temprano y me urgía llegar a Zongolica.

II

En Oriente 12 con Sur 11 me subí al camión 22 de la línea Adelas. Pagué 48 pesos y tomé un asiento de la parte media. Ya habíamos pasado Rafael Delgado, Tlilapan, San Anselmo, Tierra Colorada y Encino grande cuando me pasé al primer asiento para ver mejor y registrar los muchos retenes policíacos que había en la carretera.

“Hay muchos policías”, me dijo mi compañera de asiento luego de ver que tomaba foto y video. “Es que viene el Presidente, ya sabe, si viene alguien importante entonces sí hay seguridad”, acotó.

“Voy a Zongolica y quiero estar un par de días en Mixtla de Altamirano”, le dije, cuando con nuestras miradas rompimos el hielo y generamos confianza.

Montada en este Adelas rumbo a Zongolica, la ciudad donde vive, doña Carmen va feliz. Lleva en sus brazos unas flores, arreglo de la boda de una chica a la que cuidó por 29 años. No me dice su nombre, pero veo en sus ojos la emoción de tantos años a su lado. La vio nacer, la arrulló en la cuna, le preparó con cariño y delicadeza su biberón, le ayudó en sus primeros pasos, le preparó su lunch para la escuela, la vio sufrir con el primer novio y anoche la entregó al hombre con el que se casaba y seguramente viviría para siempre.

Fue una fiesta muy bonita, muy elegante, me dice. Sonríe. Sus dientes plateados destacan en su rostro y entre las flores que carga con cuidado, como un trofeo, como un amuleto, como el recuerdo tangible de los años felices de esa chica hermosa que este domingo 28 de julio se despierta plena, realizada, luego de su primera noche de luna de miel. A la distancia, en el recuerdo, doña Carmen la sigue cuidando con su pensamiento.

III

Antes de que el autobús se detuviera en el tope de Atlanca, porque un grupo de lugareños cerró el paso a la comitiva del presidente Andrés Manuel López Obrador para darle la bienvenida, doña Carmen acercó su voz a mi oído y me habló quedito, volteando a los lados con temor: “Si va para Mixtla, tenga cuidado. Ahí las cosas están muy feas, hay muchos secuestros”, me dijo. “Quédese mejor en Zongolica, ahí está todo más tranquilo”.

Por la ventana del Adelas ya había registrado muchos puestos policiacos, pero claro, se trataba de un día de visita presidencial. Ahí en Atlanca, los nobles habitantes de esta sierra lo recibieron con incienso, flores, regalos, guitarras y violines. “Xiwalmuikatzinoka ika mick pakilistli”, se leía en un cartel. “Bienvenidos con mucho gusto”, “Los recibimos con los brazos abiertos”.

Doña Carmen vio con emoción el recibimiento, pero se quedó pensando y volvió sobre mí: “tenga cuidado, ya ve lo que pasó con la joven Maricela, de Mixtla, era muy joven, tenía toda la vida por delante”.

En la curva de Atlanca me mostró las cruces, en donde cayeron abatidos por las balas Maricela Vallejo Orea, su esposo Efrén Zopiyactle y su chofer Sabino García. Ella tenía 27 años y él 22.

Mientras el camión avanza, doña Carmen sigue feliz, pensando en la boda de su “niña”, la que cuidó por 29 años. ¿Qué futuro les espera a sus hijos, frente a este escenario de violencia y muerte? La sombra de Caín nos persigue, pienso. Matamos porque el otro nos estorba, porque nos daña, porque lo odiamos y nos odiamos.

Doña Carmen abraza las flores de la boda de su niña. A la distancia, en el recuerdo, la sigue cuidando con su pensamiento.

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