Miríada

Un monje cisterciense lucha contra sí mismo, pero se da cuenta de que le preocupa lo que digan de él. Eso, comenta Nabucodonosor, es muestra de que aún le falta mucho para contener o destruir su “ego”…

Miríada

Por Nabucodonosor

Desde que entró al monasterio su única meta en la vida era acabar con sí mismo. El problema del mundo, decía, es el “yo”, tan pagado de sí mismo, tan soberbio, tan engrandecido. Solo podemos acercarnos al Creador si nos reconocemos siempre como polvo y ceniza, solía decir a sus compañeros de celda. Ese día, luego de pasar toda la madrugada orando, salió a desayunar al comedor y escuchó a dos monjes hablando mal de él. Se enojó mucho, perdió el apetito, el coraje se le fue al rostro y dio un manotazo en la mesa que atrajo la mirada de todos sus compañeros. Le dolía lo que decían de él. Ese dolor era muestra de que a pesar de los años de lucha, aún le faltaba mucho para acabar con sí mismo.

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