Entre el Trapiches bar y la Basílica de Guadalupe en Xalapa

Miguel Valera

Son las 22.13 horas del 11 de diciembre. En la esquina de Miguel Palacios y Roble escucho desde el Trapiches bar un La mayor, un Sí menor y un Do sostenido, con la inconfundible voz de José José, recordándome que el amor acaba, porque somos como ríos, cada instante nueva el agua, porque mueren los deseos por la carne y por el beso…

Hace frío. Unas finas gotas de agua tocan mis anteojos. Pienso que lloverá. La gente camina apresurada. A lo lejos se escuchan cohetones y en la avenida Venustiano Carranza el interminable ‘claxoneo’ de vehículos peregrinos. Los perros se esconden debajo de los muebles de las casas que en algunas ventanas muestran imágenes de la Virgen de Guadalupe, adornadas con luces de colores.

Una voz femenina me saca de mis apuntes. Me invita a pasar al Trapiches bar. Ya casi cerramos, me dice, al verme parado en la entrada, viendo el cartel de una chica con dos diminutas prendas, anunciando botana, rockola, cubetazos y bellas edecanes. Me voltea la cara, ante mi negativa y me quedo inmóvil, pasmado, observando esa puerta metálica gris, el cuerpo sonriente de la chica del cartel que me sugiere echarme un trago de felicidad y el mosaico quebrado de la entrada, en donde descansa una jerga sucia.

Sigo caminando, “porque el tiempo tiene grietas, porque grietas tiene el alma, porque nada es para siempre y hasta la belleza cansa, el amor acaba”, insiste el Príncipe de la canción, cuya voz se pierde entre el bullicio de la calle.

En la esquina con Álamos, una pareja se abraza, se arrancan besos en la oscuridad. Se dicen cosas de amor al oído. Él, más alto, la cubre con su cuerpo, con sus largos brazos. Al pasar junto a ellos, de reojo logro verle a ella una blanca sonrisa, cargada de felicidad, de alegría, de deseos por las palabras y las caricias de ese hombre que la tiene ahí, protegida del frío y de la noche.

Ya en Atletas, ante el espectáculo de los cientos de puestos ambulantes enlonados y a unos metros de un depósito de basura repleto, desbordante, me detengo en las Gordas Anita, en donde tres mujeres atienden a la clientela y en donde un joven de barba, con guantes negros y una chamarra café que le cubre la cabeza con una capucha con orillas de peluche, predica como San Pablo en el areópago griego.

Cita la carta a los Gálatas, 2.20: “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

Me llama la atención su porte. Pienso que quizá es un charlatán, un oportunista, pero se comporta como si fuera un sacerdote católico, alguien con conocimiento. Mientras dos personas comen antojitos él sigue en su predicación. Cuando concluye, un hombre le invita algo de cenar. Le agradece, pero ya las señoras de Anita le invitaron dos gordas de frijol con queso. Pide a los presentes una cooperación para “gastos de predicación”.

Se sienta mientras conversa con el señor que le invitó a cenar. Se quita los guantes, acomoda su texto de citas bíblicas de forro negro, muy ceremonioso.

Yo pido un ponche de frutas y me siento junto a él para hacer conversación. Me presento y le pregunto bocajarro si es predicador de los buenos o de los malos. “De los buenos”, contesta un tanto sorprendido. Dice que es católico, pero que su predicación es “universal”. De inmediato corrige su pleonasmo. “Bueno, en realidad la palabra católico significa ‘universal’”, me dice.

Se llama Felipe Suárez, es xalapeño y abogado de profesión. Me aclara que no es familiar del padre Gilberto Suárez Rebolledo, párroco o rector de la Basílica de Guadalupe en El Dique.

Le pido que cene, porque sus gordas de frijol se enfrían. En el ambiente, nos inunda el olor a tacos al pastor, tamales, fritangas, chocolate, café y atole. Ahí está, como cada año, el vendedor de colchas y cobijas, que ofrece un espectáculo que atrae la curiosidad de peregrinos y visitantes.

Su voz, inconfundible: “aquí está uno y otro y otro, uno más. Le pongo otro. De 350, de 300, de 250, a la una, a la dos, a la tres, se lo lleva, se lo pongo, se lo dejo, no se vaya, no se mueva, tenga a la de 1, a la de 2, a la de 3, se lo lleva”. El pitido de los vehículos a lo lejos y el tronar de los cohetes se escucha en todo el barrio.

—¿Por qué predicas?, le pregunto a Felipe Suárez.

“Por amor a Dios, por serle útil, por llevar la palabra de Dios a cada rincón del mundo”, me contesta.

—¿Por qué en lugares públicos?

“Porque así predicó Jesucristo”.

Dice que es “preseminarista” —es decir, aspirante al seminario, sitio en donde cursan estudios los sacerdotes católicos— me aclara enfáticamente que es “católico” y que es abogado, nacido un 17 de junio de 1979.

Aunque es laico y no sacerdote, señala, comparte con el padre Gilberto Suárez Rebolledo el mismo camino, el del cristianismo, que es la santidad, indica.

Su carrera de abogado, añade “comparte en esencia la misma finalidad que la del sacerdocio: la paz, la justicia y el bienestar común”, me dice pausado, permitiendo que tome el apunte.

Le comento que me llamó la atención que el arzobispo Hipólito Reyes Larios haya pedido en su Facebook a los peregrinos que no tiren basura y que no hagan tanto ruido durante las peregrinaciones.

“Es importante ser respetuoso con el medio ambiente. La ecología es una ciencia que deriva del don de la inteligencia. Es agradable a Dios cuidar el mundo porque eso aporta a la felicidad del hombre”, me comenta.

—¿Por qué predicar?, le insisto. ¿No han fracasado las religiones? Veo aquí, al lado de tanta fe, tanta maldad. Al lado de gente de bien hay gente que viene a robar, a tirar basura, a abusar de otros. ¿Qué ha pasado con la religión y las religiones, que no han logrado transformar al ser humano?

Felipe Suárez me mira con sorpresa. Quizá no se esperaba esa pregunta y me contesta un tanto acartonado: “Es verdad, las religiones no logran su misión, que es el agrado de Dios y encaminar al hombre a la salvación con el ejemplo de nuestro señor Jesucristo. En otras palabras, no se logra eficacia. El protestantismo más bien desvirtúa  la fe, pero yo soy católico”, refrenda.

Le comento del desinterés, en general, por la religión y el catolicismo. Me dice que hay una descristianización, una falta de fe, por escaso adoctrinamiento en las cosas de Dios.

Así lo dijo Cristo, me anota, “es mucha la cosecha y pocos los trabajadores” y me pide que lo escriba textual. Abre su libro bíblico y me repite: “la cosecha es mucha y los trabajadores pocos (…)… (Mt 9, 35-10, 1. 6-8), y me pide revisar la citación.

“Hago una invitación sentida para buscar el verdadero agrado de Dios que es la misión del hombre”, concluye, mientras me comparte su número telefónico.

Al lado, el mismo hombre del micrófono y las cobijas: “no le gusta el color, se lo cambio, le doy todo, mira nomas, ese ya, puro grande, tenga, se lo lleva, se lo vendo, se lo regalo, en 200, en 150, en 100, ya aquí está, le pongo uno, le pongo otra, le pongo una más, ya, en oferta, tenga, es todo suyo, se lo lleva”.

 

Camino por Venustiano Carranza. Una avalancha humana inunda el poco espacio que han dejado los puestos ambulantes. Hay de todo, comida, cobijas, peluches, juegos, llaveros, medallas, virgencitas de a 20, cadenitas con la santa muerte, de a 50, rosarios, crucifijos.

Un niño con un rifle gotcha intenta derribar botellas. Falla en todos los tiros. Una pareja de jóvenes se abraza, otros cargan flores, antorchas, en procesión, en peregrinación, para llegar a los pies de la Morena del Tepeyac.

Cruzo la calle Juan Rodríguez Clara y llego a la calle Industria, para de frente, toparme con el racimo humano que desde Mártires de Xalapa intenta subir las escalinatas del santuario guadalupano.

Desde las bocinas exteriores el arzobispo Hipólito Reyes Larios habla de cómo la Virgen María se la apareció a Juan Diego en el cerro del Tepeyac en la Ciudad de México.

Al concluir la misa, el pueblo se desborda con el canto de las mañanitas.

Ahí están cientos, miles de hombres y mujeres, felices, cumpliendo, como cada año, con flores y plegarias a los pies de esta mujer que les da cobijo y consuelo.

Muchos de ellos quizá no van a misa durante todo el año, pero este día, en la noche que México no duerme, como suelen repetir mecánicamente los conductores de televisión, ahí están, entregados, plenos, totales, para la señora del cielo.

Me meto al puesto de comida que atiende un ejército de “monjas azules”, cuya casa de formación está en esa zona. Pido un tamal ranchero y un vaso de atole de piña. Desde ahí puedo ver cómo la gente sigue llegando. Son más de 700 mil peregrinos, dice el padre José Manuel Suazo Reyes.

Regreso a la esquina de Miguel Palacios y Roble y pienso en una cerveza del Trapiches bar, pero ya está cerrado.

Las peregrinaciones no paran. Movidos por la fe, por el amor a la “madre”, a la “morena del Tepeyac”, a la que tiene su manto siempre dispuesto para consolar ante la angustia y el dolor, los mexicanos están ahí.

A su lado no hay distancia, crisis económica, inseguridad, ni frío en esa madrugada del 12 de diciembre.

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