Prosa aprisa

Comentar Villoro entonces que no es fácil vivir en reclusión, “como si no se esperara”, que en este mundo incluso los deseos deben hacer antesala. “Lichtenberg encontró ahí algo provechoso. Con incurable optimismo, escribió que toda felicidad comienza con su anticipación: esperarla es parte de la dicha.”

Prosa aprisa

Cuitláhuac se dio  baño de pueblo

Arturo Reyes Isidoro

El lunes, el gobernador Cuitláhuac García Jiménez aplicó aquella recomendación de don Agustín Acosta Lagunes de que el gobernante debía darse de vez en cuando baños de polvo y de pueblo.

Lo que en otras palabras aquel culto e inteligente gobernante quería decir es que no había que estar encerrado nada más en la oficina y que no había que perder el contacto con el pueblo.

En plena epidemia de Covid-19, Cuitláhuac salió a la Plaza Lerdo frente al Palacio de Gobierno y se puso a saludar a quienes pasaban en ese momento por ahí. Sin duda, el contacto con sus representados lo nutre políticamente.

Se vio bien que no se moviera rodeado de una nube de guaruras armados hasta la coronilla de oro de los dientes ni que se le pegara el secretario de Gobierno, quien siempre busca robarle cámara.

Pero, el pero de siempre: se hubiera visto mejor si hubiera portado un cubrebocas o mascarilla, para predicar con el ejemplo, medida que su propio gobierno está recomendando a la población que haga.

Otro detalle: no se supo que alguien le hubiera faltado al respeto.

Yunes, bien de salud, tranquilo

Hablando de exgobernantes, ayer tuve la oportunidad de intercambiar saludos con el exgobernador Miguel Ángel Yunes Linares, lector de esta columna.

Lo advertí muy tranquilo, diría que reposado para la febrilidad a la que está acostumbrado. Se mantiene bien de salud y enterado de la vida pública del Estado, o sea, informado.

Este exgobernador es de los pocos y últimos verdaderos zoon politikon que le quedan a Veracruz.

Propone joven que diputados donen su sueldo

Me escribió una lectora –me dice que es joven y que estudia sociología– a propósito de la columna de ayer sobre el reparto de despensas del DIF por parte de diputados locales.

En la parte medular del texto expone: “… ¿pensó usted en que además andan haciendo caravana con sombrero ajeno?, porque las despensas se compran con nuestros recursos, con lo que pagamos con nuestros impuestos.

Además, son los repartidores de despensas más caros de los que yo tenga información. ¿Sabía usted que en promedio todos ganan más de 140 mil pesos al mes y los principales directivos más de 200 mil pesos?

Además me da mucho coraje que mientras que los que verdaderamente trabajan haciendo efectivos los programas sociales, como los muchachos Servidores de la Nación apenas y ganan para sobrevivir.

Conozco a algunos de ellos y les pagan poco más de 10,000 pesos mensuales, pero de eso tienen que pagar sus propios desplazamientos a diversos lugares del Estado, sus gastos personales de alimentación, su servicio telefónico, su pasaje o su gasolina si llevan carro, las casetas. ¿Cuánto cree que les viene quedando?

¿No cree que en lugar de andar repartiendo despensas para ganar votos lo mejor que podrían hacer los diputados, tanto locales como federales, sería donar sus jugosos sueldos durante los meses que dure la contingencia para ayudar al personal de los hospitales que ponen en riesgo sus vidas todos los días salvando a mucha gente?

Vi las fotos que publicó sobre lo que contienen las despensas, ¿usted cree que con eso les resolvieron su situación a las familias? Fue más bien para lucirse

Yo simpatizo con Morena y voté por los candidatos de ese partido en 2018, pero no estoy de acuerdo como están haciendo las cosas igual que el PRI, por lo que cada día me decepciono más y evalúo ya qué haré con mi voto el próximo año.”

¿Cómo se sentirán políticos en la cárcel?

Sentados a la mesa, de pronto Eugenia me soltó: imagínate a los presos condenados a muchos años de prisión.

Religiosa como es –laica franciscana– se condolía del encierro carcelario que viven muchos. Asoció su inquietud con el encierro que vivimos ahora todos a causa del Covid-19.

Sorpresivamente me hizo reparar en que no había pensado en eso.

En efecto, sé de muchos conocidos que ya no aguantan y hasta están como verdaderas fieras en sus casas.

Entonces, yo también por asociación, pensé en los políticos, hombres y mujeres, que han ido a parar a la cárcel acusados de daños al patrimonio del Estado, en quienes están encerrados y en quienes lo estuvieron, y en quienes lo podrían estar.

Aunque finalmente pocos reponen lo que obtuvieron abusando del poder, haciendo efectivo aquello de que “lo caído caído”, nuestra cuarentena nos da una idea de que al menos pagan algo con el castigo de su encierro.

Un castigo no con palizas con garrote, sino privándolos de sus lujos obtenidos con el dinero del pueblo, de su señorial cama, de sus manjares, de sus vinos, de sus caros y lujosos vehículos, en fin, aparte de la sanción moral de la sociedad, de la marca de ladrones que les queda para siempre.

Pero el espontáneo comentario de Eugenia me lo recordó también el viernes pasado el artículo semanal de Juan Villoro “La espera”, en el diario Reforma.

En él apunta que  el problema de disponer de mucho tiempo es que no llega el momento de aprovecharlo, que antes de la pandemia buscábamos el tiempo “libre”, que existe por contraste, arrebatado a la tiranía del horario.

Señala que el confinamiento cambia las costumbres. “No necesitamos desplazarnos para ‘estar ahí’. Quienes estudian o trabajan a distancia se encuentran siempre disponibles, sin pretextos para desatender responsabilidades. Ya veremos si se estudia o se trabaja mejor así; lo cierto es que el encierro no favorece la pérdida de tiempo.”

Y entonces comenta que los presos conocen este drama. Recuerda una antología de textos de Ricardo Garibay (2013), uno de ellos la crónica “Cárcel”.

Narra que el escritor visitó en el “Palacio Negro” de Lecumberri después del movimiento del 68 a José Revueltas, Eli de Gortari y Heberto Castillo. Los tres soportando la reclusión con estoicismo y convirtiendo sus celdas en cubículos de trabajo.

Garibay no conocía a Heberto Castillo. Le hizo la pregunta decisiva: “¿Qué es lo peor, ingeniero?”

Le dio “una cátedra sobre la ingeniería del tiempo: ‘Lo peor es la relación entre trabajo y tiempo. Se rompe, ¿comprende? Me explico: ‘afuera’ uno se hace de un método, horas diarias, precisas, donde se va acumulando el material, el trabajo: libros, notas, clases, viajes, investigaciones; el tiempo sirve para eso. Aquí el tiempo sirve para esperar, esperar una audiencia determinada, una visita, una noticia, un rumor, una sentencia: eso da y quita sentido al tiempo de la cárcel, porque la espera paraliza, anula los métodos, corrompe los programas. Hay que luchar con todas las fuerzas, vivir como si no se esperara, y no siempre se puede”.

Comentar Villoro entonces que no es fácil vivir en reclusión, “como si no se esperara”, que en este mundo incluso los deseos deben hacer antesala. “Lichtenberg encontró ahí algo provechoso. Con incurable optimismo, escribió que toda felicidad comienza con su anticipación: esperarla es parte de la dicha.”

Ahora nosotros esperamos que se normalice la situación para volver a la normalidad, a nuestra normalidad. Mientras, deberíamos aprovechar el tiempo de la mejor forma, seguros de que nuestra espera tiene fecha de caducidad: acaso lo que resta de este mes.

La nuestra se cuenta por días, por semanas, la de los reclusos, por meses, por años o hasta el infinito los que están sentenciados a cadena perpetua.

Tomándolo con filosofía, nos ha ido, nos va bastante bien con nuestra cuarentena. No solo tenemos una gran oportunidad de aprovechar el tiempo sino también de apreciar la libertad, nuestra libertad. De vivirla con intensidad.

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