El cambio climático sigue siendo una amenaza para el crecimiento económico y la reducción de la desigualdad en América Latina y el Caribe

Fotografía: blogs.iadb.org

Por Eduardo Cavallo / Bridget Hoffman / Enviado por BID

Un aspecto positivo que se ha observado a causa de la pandemia del COVID-19 es que las emisiones de CO2 han disminuido drásticamente durante el confinamiento obligatorio. Sin embargo, esto no es necesariamente una buena noticia para el cambio climático. Es probable que las emisiones vuelvan a los niveles pre-pandemia una vez que se levanten las cuarentenas porque no ha habido un cambio estructural en las políticas relacionadas con el cambio climático que hagan prever que las reducciones vayan a ser permanentes. Por lo tanto, el cambio climático seguirá siendo una de las mayores amenazas para la prosperidad a largo plazo. En los próximos 50 a 100 años se prevé que el clima en el mundo cambiará radicalmente. Se estima que las temperaturas en América Latina y el Caribe aumentarán entre 1° y 4°C hacia el final del siglo, y que los huracanes serán más frecuentes e intensos a medida que las aguas se calienten y aumente el nivel de los mares. Los cambios en el clima que por su naturaleza avanzan más lentamente, como el aumento de las temperaturas, y los shocks climáticos, como los desastres naturales, tienen efectos económicos que probablemente reducirán el crecimiento económico y empeorarán la desigualdad.

A nivel de los países, la temperatura tiene un impacto directo en el crecimiento económico. Sin embargo, si las temperaturas más altas ayudarán o perjudicarán el crecimiento económico de un país depende de la temperatura inicial en cada caso. Se prevé que el aumento de las temperaturas impulsará el crecimiento económico en países con climas fríos y frenará el crecimiento económico en los países más cálidos. Dado que numerosos países más pobres son más cálidos, se prevé que el aumento de la temperatura aumentará la desigualdad entre los países. El Gráfico 1 muestra que, con la excepción de Chile, se prevé que los países en América Latina y el Caribe experimentarán un menor crecimiento económico debido al aumento de las temperaturas.

Fuente: Cálculos del equipo BID utilizando datos y programas de Burke, Hsiang y Miguel (2015).

Se puede aplicar la misma lógica hacia adentro de los países para mostrar que el aumento de las temperaturas también exacerbará la desigualdad de ingresos en los países. En numerosos países, las zonas más pobres tienen temperaturas más altas. A modo de ejemplo, el Gráfico 2 muestra que hay una correlación negativa entre la temperatura inicial y el PIB per cápita de los estados brasileños. Esto implica que es probable que las zonas más pobres experimenten los mayores impactos negativos del aumento de las temperaturas, lo que exacerbará la desigualdad entre los estados brasileños.

Fuente: Cálculos del equipo BID basados en la Universidad de Delaware (datos de reconstrucción recopilados por Matsuura y Willmot) y el Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE).

 

Hay numerosos canales a través de los cuales la temperatura podría tener un impacto en el crecimiento económico. El aumento de las temperaturas podría reducir el rendimiento escolar y empeorar la salud de la población, lo que generaría una desaceleración del crecimiento económico a largo plazo. También es probable que los trabajadores sean menos productivos cuando la temperatura es más elevada. Por último, la temperatura también podría influir en las decisiones de inversión de las empresas, aumentando los costos financieros o reduciendo la inversión debido a la caída de las ventas o de la rentabilidad.

Los científicos coinciden en que, aunque es imposible vincular un huracán o una tormenta al cambio climático, a medida que aumente la temperatura de las aguas, inyectando más humedad en la atmósfera, y a medida que aumente el nivel de los mares, los huracanes y las tormentas se volverán más letales. Por lo tanto, es probable que el aumento de las temperaturas y del nivel del mar aumentará la severidad de los eventos hidrometeorológicos, es decir, las tormentas, inundaciones y sequías.

Las islas y los países con costa al mar Caribe que forman la cuenca del Caribe, están más expuestos a estos riesgos que cualquier otra región. La incidencia de los desastres naturales hidrometeorológicos en la cuenca del Caribe ya ha aumentado de 37 eventos en la década de 1970, a 181 en la última década. Un estudio de caso de las 30 tormentas más destructivas que han afectado la región sugiere que el costo estimado en términos caída del producto es de aproximadamente 2 puntos porcentuales del PIB. Y no hay evidencia de que las pérdidas puedan recuperarse.

Los impactos negativos en la actividad económica tienen un impacto directo en la pobreza. Los pobres son más vulnerables y están menos preparados para lidiar con las consecuencias de los desastres naturales y, por lo tanto, sufren más que los ricos. Esto crea un círculo vicioso de aumento de la pobreza y una mayor desigualdad del ingreso.

La clave para los países de la región consiste en tener consciencia de la relación directa entre el cambio climático, la amenaza creciente de los desastres naturales y sus consecuencias negativas para el crecimiento económico y la desigualdad del ingreso. Crear conciencia sobre el problema puede contribuir a conseguir el apoyo nacional e internacional que se requiere para adoptar políticas de mitigación y de adaptación al cambio climático. Eso significa no sólo contar con mejores diques y sistemas de alerta temprana para proteger a las poblaciones en riesgo. También significa una mejor zonificación, de modo que el crecimiento urbano y los proyectos agrícolas no reemplacen los manglares que contribuyen a mitigar las tormentas, los humedales que absorben el exceso de agua, y los bosques que fijan los suelos e impiden que las lluvias se conviertan en corrimientos de tierra en las laderas de las montañas. Significa mejores alcantarillados y drenajes, entre otras defensas esenciales. También comprende la adopción de mecanismos de seguros contra desastres, incluidos los conocidos como bonos catástrofe (o CAT Bonds por sus siglas en inglés) para proteger las finanzas públicas, incluidas las transferencias sociales, de los efectos adversos de los desastres naturales.

Mientras los países lidian con las consecuencias de la pandemia del COVID-19, la economía del cambio climático y los desastres naturales ofrece lecciones importantes sobre cómo construir resiliencia. La evidencia muestra que existe una causalidad bidireccional entre la desigualdad del ingreso y los impactos negativos de los eventos climáticos. Una mayor desigualdad inicial tiene como resultado mayores impactos negativos cuando los desastres golpean, y esos impactos, a su vez, afectan desproporcionadamente más a los pobres porque están menos preparados. Dado que el COVID-19 empeorará la situación de desigualdad en la región, el círculo vicioso empeorará en el futuro, lo cual pone de relieve la necesidad de prestar más atención a las políticas que reducen la desigualdad. En definitiva, la creación de resiliencia en los países requiere construir economías más fuertes y equitativas que estén mejor preparadas para enfrentarse a los desafíos del cambio climático, los desastres naturales y, también, las pandemias.

Ésta también ha sido la conclusión de nuestro seminario online con Marla Dukharan, Economista Jefe en Bitt, donde dialogamos sobre las consecuencias del cambio climático y los desastres naturales en el crecimiento económico y la desigualdad del ingreso, haciendo hincapié en el Caribe.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.