#RelatosDominicales Esquizofrenia existencial

Relatos dominicales

Esquizofrenia existencial

Miguel Valera

I

Desde la comodidad de su casa, en la colonia Pedregal de Las Ánimas, don Pepe toma de la mano a su esposa y al lado de sus nietos, participa con devoción en la Santa Misa que en el Año de la Gran Pandemia, el sacerdote de San Pío X, en la avenida Araucarias preside vía Facebook Live.

Además de pedir por los enfermos del COVID-19 y rogar para que ya se acabe la plaga de este bicho, esta semana, don Pepe hizo una oración especial por George Floyd, el “negro” que murió asfixiado el pasado 25 de mayo en la bota de un policía, en el vecindario de Powderhorn, en la ciudad de Mineápolis, Minesota, Estados Unidos.

Devoto seguidor de las noticias norteamericanas, que disfruta particularmente en CNN, don Pepe ve además redes sociales y le pide a sus nietos que le pasen una y otra vez los videos de las agresiones policiales históricas en ese país.

“Qué terrible esto que está pasando. No puedo creer que en pleno siglo XXI se permitan y no se castiguen estos hechos de violencia y discriminación. El presidente Trump debería de hacer algo, ser más severo con los policías, pero bueno, ya ves que él también es un racista”, le dice encolerizado a su mujer.

II

Por la tarde, cuando ya comulgó espiritualmente y recibió la bendición virtual, don Pepe prepara con sus nietos algunas veces pizza y ensalada, otras pasta y lasagna o algunos filetes de res, que gusta disfrutar en puntas, con papas fritas, salteadas de sal de grano y pimienta —¡esta es la mejor combinación!—, les dice emocionado a los chavales, mientras da vueltas al molinillo mazimark de acero inoxidable.

Con la sobremesa, un buen café de Coatepec, un postre que suele pedir por teléfono a la Pastelería Nantli, de Murillo Vidal, —el de crema de maracuyá es su preferido— don Pepe suele hablar a los vecinos para saber cómo están, qué hacen, cómo van en su cuarentena.

La charla recurrente de estos días ha sido sobre las terribles molestias que les ha ocasionado el enterarse de que en un amplio terreno de una privada se han instalado 10 niños y 19 niñas en una Casa-Hogar denominada “Sembrando amor y esperanza”.

—¡Cómo es posible!, gritó don Pepe, en el grupo de WhatsApp. ¡Tenemos que hacer algo! ¡Cómo es posible que las autoridades permitan eso! ¡Nos han venido a quitar la tranquilidad! ¡Tendremos que asegurar mejor nuestras puertas, nuestras ventanas y yo creo que hasta las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen de Guadalupe que tenemos con vista a la calle para que nos protejan!

III

—¿Ya leyeron lo que dicen de esos monstruos? : “Algunos tienen trastorno autolesivo, intento suicida, poco control de impulsos, trastornos por déficit de atención o hiperactividad”.

“Son muchachos que vienen de hogares con problemas, de familias disfuncionales, con alguno de sus padres en la cárcel. Algunos de ellos de situaciones con mucha violencia y son muy agresivos”, les leyó, citando al psicólogo Giovanny Flamenco Ruiz.

Desde que se enteraron de la existencia de esta Casa-Hogar, don Pepe y sus vecinos iniciaron un movimiento para expulsar de ese lugar, habitado legalmente, respaldado por instituciones gubernamentales y atendido por un profesional que busca independizarlos y reintegrarlos a la sociedad.

En la lectura de la nota periodística, don Pepe no leyó a los vecinos la parte en donde se dice que estos niños, “son hijos de la violencia, que han sufrido la desintegración familiar o que simplemente no han tenido esa figura en las historias de sus vidas. Niñas y niños abandonados, que presentan trastornos del desarrollo, de sus conductas, que han sido marginados por su propia familia y por la sociedad en la que nacieron”.

—“Mira, hay hasta niños esquizofrénicos”, gritó soberbio don Pepe, mientras prendía el televisor para escuchar las predicaciones de María Visión.

IV

El miedo de don Pepe y sus vecinos es normal y reciente. El miedo de las niñas y niños de la Casa-Hogar ha sido permanente. Nacieron con el miedo pegado a la piel, temerosos de sus propios padres, sin afectos y hoy, aferrados únicamente a la tabla de salvación que ha significado este espacio de “Amor y esperanza”.

Como cualquier enfermo de esquizofrenia, don Pepe vive dos realidades: la de la comodidad que ofrece la burbuja de confort de la casa —con todo y el terror que se aprecia en la televisión y las redes sociales— y la que viven miles, millones de niñas, niños y seres humanos en el mundo de la intemperie, la periferia, la discriminación y el apartheid existencial.

La casa-hogar, ha dicho el psicólogo, no representa ningún peligro para los vecinos y así lo ha demostrado, sin embargo, el esquizofrénico cree en fantasías, en hechos que no se sustentan en la realidad.

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