Son 40

Cuento

Son 40

Eumelia Yerena Cerdán

No, rotundo, fue su respuesta para los hijos: “No me voy de casa, cada quien en la suya, yo no los molesto, ustedes tampoco”.

Jabón de ropa, atún en bolsa, fabuloso, jamón 100 gramos, queso manchego chico, galletas, fruta y verdura, unas paletas payaso y una coca, fue la primera lista de compra.

Un letrero en la ventana delante  de las cortinas tejidas a crochet que decía: “No le abro a nadie, estoy en cuarentena”.

Cuarenta son cuarenta. Cuenta uno tras otro los días. Ya va en el 18.

El auto se estaciona pegado a su puerta para bajar las bolsas. Una vez puestas en el piso del umbral, el timbre anuncia que debe salir, abre y mira al hijo o a la nieta o a la hija. Sonríe queriendo ser amable y su cara se torna colgada para dejar caer las lágrimas y unos suspiros. Balbucea un gracias. Alza las bolsas del piso escucha instrucciones sin poner atención ni el aliento de ánimo y abraza el torso con sus brazos cada vez más delgados, en señal de un acercamiento a distancia.

Otra vez la misma pregunta: “¿Cuándo se va a acabar ésto?”.

Cada vez cierra la puerta más lento, queriendo que la imagen de sus familiares le quede más tiempo en la mirada. El auto no avanza hasta que la puerta cierra.

Cuarenta son cuarenta. Y ya va en el 28. Anota en la libreta con letra cursiva y grande. El teléfono y la plática prolongada eran la constante para saber que estaba bien. Una voz cada vez más apagada delataba su sentir. A veces confiada, a veces desconsolada. Las noticias no ayudaban, le alimentaban el drama y la zozobra.

El auto se para, toca el claxon, baja las bolsas. Había pedido pasitas, harina y royal, para hacer un pan; verduras para el recaudo, agua, helado, chocolates, insecticida y manzanilla. Abre la puerta casi para asomar la cara, más delgada. Su palidez la esconde en polvo facial pero no alcanzan a cubrir sus arrugas de octogenaria. Su voz bajita, casi inaudible, dice gracias. “Me siento sola, muy sola”, repite, a punto del llanto. Se le escurre la soledad.

–¿Cuándo se acabará ésto?

–Vente con nosotros, má.

–No, hijo, aquí estoy bien en mi casa, pero ya quiero que se acabe.

El auto sigue encendido en espera de que se cierre la puerta. Ella ve por la rendija que se va haciendo más chica.

Alcanza a escuchar la voz al arrancar: “Ve haciendo tu lista de todo lo que necesites, má”.

La llamada del día la hizo llorando: “Dile a tu hermana que venga por mí para que me lleve a dar una vuelta en el coche, me voy a ahogar de estar encerrada”.

–No má, de eso nadie se ahoga, se ahogan los que les da coronavirus. Tú tranquila.

-Tú qué sabes lo que siento: yo siento que me ahogo.

Cuarenta son cuarenta. Lleva anotado en su libreta, día tras día, los gastos, las idas y venidas de los hijos con las compras. Van 32 pero tiene perdidos 2 días que no supo si las galletas y chocolates fueron entre semana o el fin de semana, si vienen mañana con las compras o al siguiente. Esos días se baña temprano, cambia de ropa, pone perfume y polvo en la cara. Piensa que no recuerda si ya hizo la lista y la dio o si ya no tardan en llegar  con las bolsas. Siente que el tiempo se le hace bola y todo se le mezcla, sin principio ni fin. El día se le liga con el insomnio de la noche y la desmañanada para ir al baño. Piensa que van dos días que no anota en la libreta y va al almanaque de la panadería para buscarlos. No está claro porque ahí dice que son más de 4 días perdidos. Ya le preguntará al hijo cuando venga, aunque le va a dar pena, va a pensar que ya está senil. Mejor es esperar al noticiero de la noche, en uno de los extremos aparece la fecha. Piensa que puede esperar a que pase alguien por la calle y preguntar desde la venta qué día es. Eso hará. Se sienta en el reposet a dormitar un poco, está pendiente si escucha pasos o voces para salir a la ventana. Se queda dormida en un sueño profundo.

Despierta. Es más de mediodía. El auto no ha tocado el claxon y tampoco ha escuchado el teléfono que le avisa que ya están por llegar a su puerta para bajar las compras. Decide llamar para preguntar. No recuerda bien los números de los teléfonos de los hijos y los revuelve. Piensa en hacer una cartulina grande para anotarlos y tenerlos cerca de la mesa. En la próxima lista pedirá cartulina y plumones. Llama al teléfono fijo de la hija. “Está equivocado”, le responde una voz malhumorada de hombre. Repite la marcación, segura que ese es el número. “Está equivocado”, otra vez, ahora una voz apagada de mujer.

Intentos fallidos. Piensa que mejor ve la agenda. Vuelve a marcar. Contesta la hija. Platica con ella del gato que sigue paseando por su jardín y dejando sus cacas en la bugambilia, de la serie que le dejó (Encarcelados) desde antes de la tragedia, y que está muy bonita pero muy triste y que más tristeza le da ver al actor ese tan joven y que le gusta tanto pero que ya se murió en la vida real. Después de un largo rato se anima a preguntar si es día de que el hijo le lleve el súper. La hija se sorprende: “Mamá, ¿no te acuerdas que ayer fue día de surtir y llevar tu lista ? Hasta te llevaron la pensión que sacaron del cajero”.

Piensa cómo puede destantear a la hija para que no se dé cuenta de su divagación, pero no se le ocurre nada más que echarle la culpa al hijo: “Sí, ya sé piensas que estoy loca o qué, es que faltaron algunas cosas y tú hermano dijo que hoy me las traía”. Parece que si le creyó, entonces ya sabe que ayer vio al hijo y que falta una semana para que le lleven de nuevo más bolsas de compra. Piensa que se le confunde todo y que a lo mejor es porque toma poca agua y se le seca la memoria. Va a pedir también unos chicles, dicen que es bueno masticarlos para prevenir el Alzheimer, y hacer unas sopas de letras del cuadernillo de pasatiempos que le compraron y leer un rato cuando baje el calor y pueda salir a la terraza. Piensa que se cansó de la llamada y se acuesta en el reposet para dormir un poco. El sueño le llega en el día. Cree que es por las pastillas que le dio el doctor. Piensa que se las debe tomar por la tarde para poder dormir de noche. Despierta en el reposet y ve que está oscuro, es de noche, no sabe cuánto durmió pero piensa que ya va a ser hora del noticiero. Enciende la tele y están unos tipos discutiendo sobre futbol. Es de madrugada, ya se acabaron los programas, piensa. Se toma la pastilla que debió tomar en la tarde. Va al baño y piensa que ha dormido mucho todo el día. No sabe cuánto pero sigue sintiendo la pesadez en los párpados. Trata de subir la escalera a su recámara y las piernas las siente flojas, como de trapo. Mejor me acuesto en el reposet, piensa, porque ya casi va a ser hora de bajar al baño.

Cuarenta son cuarenta, uno tras otro de los días. Y van 40.

El auto toca el claxon, una vez, dos veces, tres y no se abre la puerta. El hijo se estaciona muy delante de la casa. A paso veloz llega a la puerta y la abre con sus llaves que siempre guarda en la guantera, por cualquier cosa. Son una, dos tres chapas cerradas con tres vueltas. Entra y camina por el corto pasillo que lleva a la sala, ve de espaldas el reposet de terciopana miel. Ahí está ella recostada contra el respaldar, con los ojos entrecerrados y la boca medio abierta, su brazo posado en el descansabrazos. Él se acerca y, en voz baja para no espantarla, le dice: “Má, no saliste por las cosas”. Le toca la cabeza canosa y ella apenas la mueve para voltear a verlo, y con una voz inaudible, casi balbuceante, le dice: “Ya son cuarenta, hijo, ya se acabó esta desgracia, por eso no te abrí”.

El voltea hacia el comedor, una mesa grande, larga, de donde le llega un olor agrio, como huele la basura de días pero más pestilente. Se acerca a la mesa y empieza a abrir las bolsas que están amontonadas, ya casi sin espacio. Todo está intacto. Las moscas hacen dibujos negros encima, las paletas payaso sobresalen, las frutas escurren la miel hasta el piso, todo, cada encargo, cada gusto se quedó ahí, sin tocarse hasta podrirse y despedir un olor nauseabundo. El hijo vuelve su mirada al reposet. Ella hace un esfuerzo por levantarse. De sus piernas cae al suelo el calendario marcado y el plumón negro. Y en medio de la peste, balbucea:

–Cuarenta son cuarenta, hijo. Ya vámonos.

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