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Relatos dominicales

 

Policías acosadores

 

Miguel Valera

 

I

Se llama Mario, pero desde niño le gustaba que le llamaran Mire, de “Mireya” o “Mireia”, con el acento jarocho de la costa. Al principio le gustó ese nombre por su ritmo, por su cadencia. Un día, a la orilla del mar, al pie de unas escolleras, como Demóstenes, el gran orador tartamudo, gritó su nombre masculino, para tratar de asimilarlo y en la lejanía, entre la brisa y el golpeteo de las olas escuchó un eco: “mireiaaaaaaaa”. Desde ese día dejó de tener dudas de quién era.

 

Más tarde, un maestro que lo involucró en libros y lecturas, le contó que el nombre podía significar “maravilla”, “mirar”, “admirar”, “admirable”, “digno de admiración” o “espejo”. Todos esos nombres le fascinaron, porque le gustaba que hombres y mujeres le admiraran, sobre todo cuando levantaba el derrière con leggings entallados y sentía que despertaba deseos.

 

Trató de estudiar una carrera universitaria, pero sufrió de acoso y discriminación, en una sociedad que no ha podido asimilar la diversidad sexual y con el “pinche puto”, separa y relega a los homosexuales de lo políticamente correcto.

 

III

En los bares y cafés de la ciudad descubrió un mundo inimaginable de “hombres”, aparentemente heterosexuales, que deseaban encuentros arriesgados y así, primero con amigos, se fue entregando a una práctica cotidiana de servicios sexuales que le permitió sobrevivir en este mundo de apariencias.

 

Trató de organizar su propio negocio, pero “chulos” o “padrotes”, controladores de todos los negocios del bajo mundo, se le cruzaron en el camino, ofreciendo “protección” a cambio de tranquilidad. Al final, terminó en una avenida de la ciudad en donde si bien tuvo buenos clientes, también se vio sometido al acoso de la policía de la localidad.

 

Los uniformados encontraron entre prostitutas y homosexuales, un modo de diversión y de vida. En sus rondines cotidianos los acosaban, los ofendían, los maltrataban y hasta los perseguían en los hoteles de paso a los que llegaban con sus clientes.

 

IV

Esto ya no es posible, me dijo Mario, serio, compungido, casi lloroso. He tenido como clientes algunos policías. Y sí, les gusta estar conmigo, pero lo hacen a escondidas de sus compañeros. Sin embargo, su actuación ha sido casi siempre de maltrato. Los policías ocupan el primer lugar en discriminación. Muchas compañeras y compañeros han tenido que abandonar su trabajo, por el acoso tan grande de la corporación policiaca. Mira, en general la gente le tiene miedo a la policía, porque ya no sabemos si nos cuidan o si nos van a atracar.

 

Respira profundo, toma aire y con el rostro semicubierto, por el tapabocas, acusa que la dependencia de seguridad no ha cumplido con el Protocolo de atención a la población de diversidad sexual que se publicó el 26 de agosto de 2019, el cual califica de “letra muerta”.

 

Han denunciado los casos de acoso. Van más de 30 denuncias en lo que va de este 2020, pero los legajos duermen el sueño de los justos en las oficinas de “Asuntos Internos”. Otras denuncias no se hacen, por temor a represalias, refiere.

 

“Mireia” se refiere también a sus compañeras, trabajadoras sexuales, que arriesgan su vida por llevar un pan a la mesa de su casa. “Los policías las acosan, las extorsionan, les piden derecho de piso”.

 

V

Imagínate cómo andamos, si de por sí la pandemia del COVID-19 nos alejó muchos clientes. El miedo nos paralizó a todos, pero poco a poco se han impuesto las necesidades. La gente nos necesita, porque el sexo es como el oxígeno, necesario para vivir y nosotros necesitamos el ingreso para mantenernos.

 

Mario sonríe. Dice que una reciente reunión con autoridades policiales les ha dado esperanza, una luz en medio de la oscuridad, porque se comprometieron a respetarlos y a dejarlos trabajar. “Eso nos ha tranquilizado, porque mira, la verdad es que el acoso llegó hasta la extorsión de nuestros clientes. Hemos tenido clientes del mismo gobierno y la policía llega, nos sigue, quiere tomar fotos y claro que todo eso los aleja”, indica.

 

“Las chicas subían a un cliente, que a todas luces se veía que era un servidor público. Avanzaban una cuadra y en la segunda los detenía la policía y los extorsionaba, pidiéndoles 500 o mil 500 pesos. Eso es acoso y extorsión”, concluye, mientras toma un cigarrillo, lo prende y luego de una bocanada profunda, suelta el humo por la boca pintada de rojo, mientras ve caer la lluvia de la tarde.

 

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