NY 9/11: la pesadilla sigue viva

Luis Gastélum

Así es en Nueva York: apenas el subway empieza a andar y se oye la voz lastimera en el centro del vagón de un hombre negro que a toda voz anuncia que está enfermo y no tiene vivienda ni trabajo. Agradece cualquier limosna y bendice a quien se compadezca mientras estira la mano y comienza recorrer el pasillo. En el vagón hermético que atraviesa la oscuridad de las entrañas de la gran manzana, los pasajeros comienzan a encogerse, les falta el aire, les sudan las manos y se les aceleran los latidos del corazón. La conciencia se les inquieta. Un silencio hostil responde a la plegaria del negro. Esquivan su mirada por miedo al contagio, tal vez de la pobreza o de una enfermedad. El enfermo, de pobreza precisamente, se resigna a recibir una sola moneda que un pasajero le ha dejado caer sobre su mano y se dirige al siguiente vagón. Así es Nueva York, donde la gente compra sus verduras a coreanos y sus diarios a hindúes, alquila casas de albaneses y se desplaza en taxis manejados por haitianos y polacos para dirigirse a restaurantes chinos en el barrio conocido como La pequeña Italia. Cocineros puertorriqueños cocinan pizzas mientras los dominicanos lavan platos en restaurantes griegos. En las aceras de las elegantes avenidas Quinta y Madison, los senegaleses venden desde paraguas y maletines hasta falsos Rolex. Los latinoamericanos tocan la quena en las mismas calles que los serbios interpretan a Shubert con el clarinete. Unas cuadras más adelante, los negros de ahí mismo, del Bronx, improvisan un solo de percusión con baldes y latones y otros bailan acompañados por su propias voces. Y es que así es Nueva York: cada vez se parece más al Arca de Noé. Pero también se puede ver a Robert de Niro como Taxi Driver recorrer las calles del Lower East Side y en el otro extremo a las bandas rivales de jóvenes que se enfrentan en West Side Story. A Susana que la buscan desesperadamente en el East Village, los Prizzis demostrando su honor en Brooklyn y Audrey Hepburn en la Quinta Avenida acariciando Las joyas de Tiffany. Porque Nueva York también es un escenario de cine. Ahí se han hecho miles de películas. El colorido ambiente de Chinatown le sirvió a Michael Cimino para filmar El año del Dragón y los inhóspitos muelles a Elia Kazan para rodar La ley del silencio. Por sus calles corrió la sangre derramada por las balas vengadoras de las metrallas de El Padrino. Manhattan, la isla de los rascacielos, ha sido escenario de la mayoría de las películas de Woody Allen, de las persecuciones de Kojak y lugar de acción de muchas de las cintas de Sydney Lumet. Nueva York ha servido de fondo y tema de incontables filmes policiacos, comedias, dramas y tragedias. Todo ello sin contar las innumerables series de televisión que tienen como escenario a la gran manzana. Así es Nueva York. El director de cine alemán Fritz Lang visitó la ciudad a principios de los años 20, le impresionaron tanto sus rascacielos que de inmediato le sugirieron la idea de su gran obra: Metrópolis. Desde entonces y todavía antes, la gran manzana ha sido inspiración de cientos de directores, a tal grado que no hay otra urbe en el mundo que haya servido de set cinematográfico para miles de películas. Ni el abaratamiento de los rodajes en la soleada California, que después de la Segunda Guerra Mundial concentró a la industria cinematográfica de Estados Unidos, ha sido impedimento para que Nueva York siga siendo el decorado natural preferido de los cineastas, que además no sólo ha servido para promocionar la imagen de la ciudad, sino también como considerable fuente de ingresos. Además de que las autoridades neoyorquinas ofrecen todas las facilidades para las filmaciones, Nueva York cuenta con una gran reserva de actores, bailarines y personal técnico, todos talentosos y con una gran preparación. Además, las películas que se ruedan en la portentosa urbe multirracial parecen tener un ángel y cierta atracción con el codiciado premio del Oscar. Basta mencionar El Padrino, Annie Hall, Vaqueros de medianoche y Kramer contra Kramer, entre muchas otras. Según algunas estimaciones del Departamento de Fomento al Cine de la ciudad, los ingresos que se obtienen son de miles de millones de dólares por casi un centenar de filmes que ahí se ruedan al año. Nada más el año 2000, en pleno cambio de siglo, se obtuvo diez mil millones de dólares. Pero hasta ahí, porque un año después todo cambió: un martes negro de un 11 de septiembre negro, Nueva York dejó de ser lo que era. El decorado preferido de los cineastas y el refugio de la esperanza de muchas razas cambió. Ese día, que en España y América Latina se le conoce con el numerónimo 11-S y 9/11 en el mundo anglosajón, amaneció soleado y con vientos moderados, según el Weather Channel. Ese martes negro, satanás se despertó temprano. En la ciudad de los rascacielos todo era normal. La bestia se despabilaba. Coletazo: un avión se estrelló contra una de las torres del World Trade Center. Los medios se disputaban la primicia: accidente, decían. Los comentarios consumían los tensos minutos. Otro avionazo en la otra torre gemela. Los medios se despabilaban: sospechoso, decían. Caos. Asombro. Llanto. Fuego. Incertidumbre. Se derrumbó la primera torre. Gritos. Marasmo. Más fuego. Se derrumbó la otra torre. Más llanto. Perplejidad. La gente corría sin ton ni son. La televisión tomó por asalto la sentencia de “una imagen dice más que mil palabras”. La bestia bostezó: otro avión se estrelló contra el Pentágono. Revoltijo de ideas. Más llanto. Es la guerra. Plegarias. Se para el mundo. Síncope. Más rezos. La televisión gobierna. Ella nos hizo testigos de una de las manifestaciones del Apocalipsis: (18:1) Después de esto vi a otro ángel descender del cielo con gran poder; y la tierra fue alumbrada con su gloria. (2) Y clamó con voz potente, diciendo: Ha caído, Ha caído la gran Babilonia, y se ha hecho habitación de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible. (3) Porque todas las naciones han bebido del vino del furor de su fornicación; y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido de la potencia de sus deleites. (4) Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas; (5) porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades. (6) Dadle a ella como ella os ha dado, y pagadle doble según sus obras; en el cáliz en que ella preparó bebida, preparadle a ella el doble. (7) Cuanto ella se ha glorificado y ha vivido en deleites, tanto dadle de tormento y llanto; porque dice en su corazón: Yo estoy sentada como reina, y no soy viuda, y no veré llanto; (8) por lo cual en un solo día vendrán sus plagas; muerte, llanto y hambre, y será quemada con fuego; porque poderoso es Dios el Señor, que la juzga. Se desbocan los comentarios: es el fundamentalismo. Inciertos, se reportan miles de muertos –las más lamentables pérdidas–. Medios y televidentes se funden. Se amalgaman los juicios: son los árabes, dicen. El gobierno de la Nación más poderosa no da la cara, simplemente desapareció, voló. Se nos despierta el voyeur y si no de todos modos lo tenemos que ver: la torre arde, otro avión se estrella contra la otra torre, la torre se derrumba, pánico, la gente corre, se derrumba la otra torre… Una, dos, tres, mil veces. El horror en vivo y en directo. Ahora en cámara lenta. Ora en reversa. Pearl Harbor. Cualquier comentario es válido. La Biblia, Nostradamus, la Virgen de Fátima, Juan Pérez, La Historia. Cualquiera pudo haber predicho los lamentables acontecimientos, para usar un término televisivo que, ahora, cualquiera televidente identifica a la perfección sin tener que recurrir a las imágenes que dicta –dictaba– Hollywood. CNN parecieran las siglas de nuestra conciencia. El lugar común: la realidad rebasa a la ficción. Otra vez el comentario proverbial: la soberbia antecede a la ruina. La bestia entró por Manhattan y en su coleteo derrumbó algunos símbolos de la arrogancia del engendro: el corazón financiero de la potencia en la ciudad más cosmopolita del mundo, emblema de la libertad, esa estatua que conciben cuando oran a Dios para que la guerra que preparan dé en el blanco y desaparezca a todos los que no son ellos o no piensan como ellos. También le pegó en el orgullo con el que amenaza y reprime al mundo: el poderío militar, al que han pretendido convertir en el onceavo mandamiento. Aunque al parecer el enemigo ya está plenamente identificado –un terrorista entrenado y financiado por la nefanda CIA–, la Inteligencia jactanciosa del espantajo ni se enteró del attack. Pero el mundo, en la orfandad y con el miedo del desamparo, se ha enterado que la fortaleza de la democracia, como le llama su Presidente, no es inexpugnable. La vulnerabilidad los hace débiles y les avergüenza que los hayan sorprendidos desnudos. Eso les despierta la ira y el deseo de venganza: “La libertad ha sido atacada pero la libertad será defendida”, “Nada ni nadie va a asustar a Estados Unidos”, “Será la primera guerra del siglo 21”, “Jamás nadie puede matar nuestra fe en la democracia”, “No distinguiremos entre los terroristas y quienes los protejan”, “Iremos por ellos donde se encuentren y los traeremos vivos o muertos”… George W. Bush aparecía atónito, ora con los ojos llorosos, ora pidiendo un minuto de silencio. Ora amenazando con la que será una guerra muy larga. Por su parte, los otros fundamentalistas preparan una guerra contra los infieles. “En realidad –dijo en una entrevista Woody Allen, uno más de los afectados por los condenables ataques terroristas en Nueva York, toda vez que el cineasta judío nació en Brooklyn y tiene su residencia en Manhattan–, la religión es algo peor que una tontería, porque es una excusa para manifestar hostilidad hacia los que son diferentes. Así, si alguien no es judío o católico, lo tratan como los blancos tratan a los negros, o como los negros tratarían a los blancos si estuvieran en una posición de poder”. O quizá valga aquello que el mismo cineasta escribió hace más de medio siglo y que sí parece una premonición: “Más que en ninguna otra época de la historia, la humanidad se halla ante una encrucijada. De los dos caminos a tomar, uno conduce al desaliento y a la desesperanza más absoluta. Y el otro a la total extinción. Roguemos al cielo sabiduría para elegir lo que más nos conviene. Se trata, sencillamente, de una santa preocupación ante el trance por el que atraviesa el hombre moderno. Quede aquí definido el hombre moderno como toda persona nacida después del edicto de Nietzsche: Dios ha muerto, y antes del éxito pop: I Wanna Hold Your Hand”. O tal vez sea como el mismo Allen se refería a su película Celebrity: “Comienza y termina con un llamado de auxilio. Help, escribe en el cielo de Manhattan un avión. En el cemento de Nueva York, Nicole (Melanie Griffith) baja de un taxi, corre, se detiene y mira al cielo. Help”. Y es que así es Nueva York, donde cada año la pesadilla se aviva.

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