El viejo y el mar de Tabasco

Luis Gastélum Leyva

En 2007 publiqué un texto que daba cuenta las “crecidas históricas” de los ríos en Tabasco y que costó la más grande, creí entonces, inundación del estado. Pero hoy los tabasqueños viven su segunda gran inundación “histórica”. Me permito la reproducción de aquel texto:

Murmurador es el río, / impetuosa su corriente, / es como el cariño mío, / apasionado y ardiente… Así dice la composición de Pepe del Rivero A Tabasco cuya letanía hoy no cabe cantar: Ven, ven, ven, / vamos a Tabasco, que Tabasco es un edén… La desgracia de Tabasco reveló al mundo que no sólo es el nombre de una salsa picante. Por los periódicos y la televisión el mundo conoció los rostros y la angustia de los pobres descendientes de los olmecas que habitan un estado rico en petróleo. “Perdimos todo lo poco que teníamos”, dicen cifrando frases de dolor en medio del llanto y el ruego por ayuda, clamor que se repite y repite en la boca de los miles de desamparados. Y desde los techos de sus casas o desde donde lograron refugiarse de las aguas torrenciales, alzan los brazos y claman a los helicópteros por comida y agua. “¡Ayúdenos, por favor!”, suplican desde la isla en la que han quedado varados después de la inundación por el desbordamiento del río que debe su nombre al conquistador español Juan de Grijalva y de los pocos que, por su gran caudal, se vedesde el cielo. Inundación que a decir de la ONU se pudo evitar con medidas simples de protección civil y de bajo costo, pero como decían las abuelas de antes: las desgracias nunca vienen solas y atrás de la de Tabasco están los políticos ineptos y corruptos. Más que damnificados la condición de los tabasqueños es de náufragos, como los de la balsa improvisada con la mitad de una puerta, dos cilindros de gas y dos tanques de 200 litros atados y tripulada por un viejo que muestra El Universal en una fotografía que, si no fuera por los dos jóvenes que lo acompañan, uno con la camiseta de la selección nacional de futbol, remite a El viejo y el mar, de Hemingway, sobre todo cuando Santiago (“Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez”), de la última novela que el controvertido escritor publicó en vida, piensa para sí en medio de la inmensidad del mar: “Es idiota no abrigar esperanzas. Además, creo que es un pecado. No pienses en el pecado –se dijo–. Hay bastantes problemas ahora sin el pecado. Además, yo no entiendo de eso. No lo entiendo y no estoy seguro de creer en el pecado. Quizá haya sido un pecado matar al pez. Supongo que sí, aunque lo hice para vivir y dar de comer a mucha gente. Pero entonces todo es pecado. No pienses en el pecado. Es demasiado tarde para eso y hay gente a la que se paga por hacerlo. Deja que ellos piensen en el pecado. Tú naciste para ser pescador y el pez nació para ser pez”. O tal vez ese viejo náufrago de la balsa surrealista y de un gran parecido al actor español Francisco Rabal, piensa mientras rema en aquel poema de Cuatro cantos en mi tierra del gran poeta tabasqueño Carlos Pellicer: Arde en Tabasco la vida / de tal suerte, que la muerte / vive por morir hendida, / de un gran hachazo de vida / que da, sin querer, la suerte / Lo que muere y lo que vive / junto al agua vive y muere. / Si en lluvia el cielo así quiere / moje su noche en aljibe. / Más agua que tierra. Aguaje / para prolongar la sed. / La tierra vive a merced / del agua que suba o baje.

Y es que como alguien dijo: el dolor no se comparte, sino que se multiplica. Y pica, y arde, como la salsa Tabasco.

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