#RelatosDominicales El hombre de los mil pesos

Miguel Valera

I

Cuando doña Cándida escuchó eso de que una persona podía vivir al mes con mil pesos se rió, porque le pareció una broma, pero su sonrisa se le fue a la garganta primero y luego a los ojos, de donde le empezaron a brotar lágrimas que no podía contener. Respiró profundo, como cuando tratas de parar un hipo, pero no pudo y lanzó un sollozo. Soy una vieja llorona, se dijo para sí misma. Últimamente por cualquier cosa chillo, se repitió.

Ya está llorando otra vez mamá. ¿Por qué llora?, ¿qué le pasa? Tranquilícese que le va a hacer daño, le dijo su hijo Julián. Al verse descubierta se restregó los ojos con una servilleta bordada que tenía en la mesa y se volteó hacia el fogón, para seguir con las tortillas que preparaba para el desayuno. —No es nada mijo y ya apúrese, porque se le está haciendo tarde para la venta. Ora, coma y váyase a trabajar que necesitamos esos centavitos, le expresó.

Mientras palmeaba la masa y la colocaba sobre el comal para ver nacer, esponjadas, esa creación gastronómica que alimentaría a sus hijos, doña Cande seguía pensando en eso de la despensa de mil pesos para vivir. ¿Para qué alcanzan mil pesos? ¿Para vivir un mes? ¿Pero en qué mundo vive ese hombre que dijo eso? No cabe duda que estas personas no conocen la realidad. ¿Y además para carne y pescado? ¡Dios bendito, ojalá así fuera!, añadió en sus pensamientos.

II

Doña Cande no sabía qué señor del gobierno había dicho eso de los mil pesos para vivir un mes, pero tenía claro que era “del gobierno”. Esos del gobierno, pensaba, viven de nuestro dinero y se sienten patrones, amos y dueños de todo, cuando en realidad son nuestros empleados, porque nosotros les pagamos.

Tampoco sabía que ese señor, que dirigía una Secretaría de Desarrollo Social en un gobierno que pregonaba que “primero los pobres”, había declarado a la prensa, orgulloso, ufano, que durante la pandemia del COVID-19 había dado mil pesos a muchas familias veracruzanas, porque con mil pesos se puede vivir durante un mes.

A pesar de las fuertes críticas que recibió por esa declaración, el señor fue al Congreso del Estado y ahí, ante legisladores repitió lo mismo e intentó defender su dicho, señalando que no lo decía él sino el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), mostrando una tabla desglosada de los productos que se podrían comprar con mil pesos y los miligramos que se podrían ingerir cada día para llegar al fin de mes, sin morir por inanición.

Nada de eso sabía doña Cande. Lo único que sabía es que ella, con tres hijos que mantener, luego de que su marido los abandonara, no podía vivir con mil pesos al mes y menos comiendo carne y pescado. Mientras recogía los trastes de la mesa y empezaba a lavarlos, trataba de sacar cuentas: dos kilos diarios de tortilla, un cono semanal de huevos, un kilo diario de frijol, un kilo diario de arroz, leche, café, verduras, frutas… no, no, no me alcanza.

III

“Mil pesos para vivir al mes”, se repitió y ahora, en vez de llorar, le dio risa. Bueno, pero este hombre en qué estaría pensando. ¡Cómo fue que se le ocurrió eso!, se dijo, sin saber, que este señor del gobierno se rasgó las vestiduras intentando defender su argumento de los mil pesos.

Ataviado con un traje que al menos costaba 10 mil pesos y rodeado de un séquito de asistentes a quienes les paga entre 30 y 50 mil pesos al mes y en camionetas de lujo, el funcionario del gobierno llegó al Congreso para defender que “sí se puede vivir con mil pesos al mes”.

Ahí, un diputado opositor, que se mueve por la ciudad en una camioneta XC60 Momentum T5 AWD, cuyo costo va desde los 859 mil 900 pesos en adelante, le entregó una despensa de mil pesos, lo retó a que viviera un mes con ella y le pidió que se vieran ahí, en la víspera de la navidad, para que le contara cómo le había ido con el reto, mientras escuchaban, claro, la sinfonía chillante de tripas por el hambre.

IV

Doña Cande no sabía nada de esos detalles de los hombres del gobierno y de la política, ni de quienes se han jubilado con más de 100 mil pesos al mes, con plazas que nunca trabajaron, que siguen viviendo a costa de los impuestos de los veracruzanos y que se pavonean en las plazas como “dones”, honestos y respetables.

Desde su modesta casa, en donde tenía que pagar, además de los alimentos, renta, agua y luz, porque para teléfono no le alcanzaba, estaba preocupada cómo sacar adelante a sus hijos, cómo estirar los cinco o seis mil pesos que se ganaba al mes limpiando casas, lavando y planchando ropa ajena.

“Mil pesos para vivir un mes”, se repitió y soltó una sonrisa que se convirtió en carcajada burlona, de desprecio, mientras le echaba jabón a la ropa, para remojarla y seguir con sus labores del día. “Mil pesos, ¡pendejo!”, se repitió, a sabiendas de que nadie la escuchaba, ni sus hijos, ni sus vecinos y mucho menos el señor ocurrente, que seguramente se gastaba esa cantidad en cervezas o en un desayuno con su familia.

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