Vacunas y responsabilidad social de las universidades

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Por Jorge Manzo Denes*

Estamos terminando un año de turbulencia sanitaria, debida a la pandemia provocada por el coronavirus (SARSCoV2). Esa partícula biológica que sorprendió al mundo por su impacto deletéreo y su gran capacidad de dispersión y de transmisión entre personas.

El reto ha sido imponente; hubo que desentrañar el problema. La primera clave: el canal de transmisión es la saliva de una persona infectada. El virus sale cuando la persona habla, respira, tose o estornuda; viaja envuelto en las pequeñas gotas de saliva que expulsamos con estas acciones; se encontró también que está cubierto por una capa de grasa.

Sabido esto, se instauraron las primeras acciones: aislamiento social con el programa “Quédate en casa” para evitar la emisión de saliva en público; lavado de manos con jabón y uso de gel a base de alcohol, que diluye la capa de grasa del virus y lo desintegra; más el uso de un cubrebocas para evitar que la saliva salga o entre al cuerpo. Ésa fue la primera línea de defensa y, hasta hoy, sigue siendo la más importante.

Con el paso de los meses el conocimiento comenzó a fluir. Nos enteramos de que el estudio de los coronavirus es algo no tan reciente. Se han estudiado desde 1930, hace 90 años. Sabemos que hay cuatro familias: Alfa, Beta, Gamma y Delta. Las Alfa y Beta infectan a mamíferos, y las Gamma y Delta infectan a aves. Un coronavirus Alfa, el 229E, comenzó a estudiarse desde 1960; es uno de los que ocasiona la gripa común, que todos hemos padecido en algún momento. Desde 1980 el estudio de los coronavirus se incrementó, por sus efectos en el aparato respiratorio y por el hecho de que su transmisión es aérea.

Las crisis por coronavirus tampoco son novedosas. En 2002 se presentó la emergencia del primer SARS-CoV; en 2011 la del MERS-CoV; y ahora, en 2019, la del SARS-CoV-2 que ocasiona la enfermedad Covid-19 (acrónimo en inglés: corona virus disease-2019). A estas partículas se les ha llamado coronavirus porque son esféricas y en su exterior tienen una corona formada por proteínas en forma de espiga. Estas proteínas espiga se convirtieron en la segunda clave para comprender el funcionamiento del virus.

Las proteínas espiga carecen de potencial para infectar, pero sirven al virus para unirse a las células del tracto respiratorio y causar la infección. Con ello se descubrió la tercera pista: nuestro cuerpo nos defiende de agentes infecciosos a través del sistema inmune; para atacar al coronavirus nuestro sistema inmune se concentra en desactivar a las proteínas espiga. Sin proteínas espiga el virus pierde su capacidad de infectar. ¡Gran descubrimiento!

De lo anterior nace la idea de inocularnos con proteínas espigas: así activamos al sistema inmune y con ello se reduce el riesgo de padecer la Covid-19. Una vez activo, el sistema inmune nos protegerá por un período prolongado, aunque respiremos el virus. Sin embargo, tener un fármaco que contenga solamente proteínas espiga es casi imposible. Había que encontrar otra solución.

La infección es un proceso en que las proteínas espiga abren un canal para que el coronavirus inocule su material genético a nuestras células. Este material genético está formado por una molécula de RNA (ácido ribonucleico), que es básicamente un instructivo para hacer más virus. El RNA tiene diferentes fragmentos, cada uno con la instrucción para construir una parte específica del virus. Y, por supuesto, un pequeño fragmento de ese RNA tiene la instrucción para construir proteínas espiga. De ahí nace la cuarta clave.

Las compañías Pfizer y BionTech se concentraron en hacer una vacuna y decidieron, por primera vez en la historia, hacer un fármaco exclusivamente con fragmentos del RNA del virus que codificaron para obtener la proteína espiga. Y tuvieron éxito. Cuando la vacuna se inyecta a una persona, este RNA hace que nuestro cuerpo produzca exclusivamente proteínas espiga. No se produce el virus completo porque el resto del RNA del virus fue eliminado de la vacuna. Las proteínas espiga producidas hacen que nuestro sistema inmune reaccione: las combate y queda alerta para atacar de inmediato a cualquier otra proteína espiga. Si el virus entra a nuestro cuerpo ya no podrá enfermarnos.

Este tipo de vacuna, compuesta con base en el RNA, tiene un grave requisito: a temperatura ambiente se descompone. Para permanecer estable necesita estar a 70 grados centígrados bajo cero. Esta temperatura puede alcanzarse de dos maneras: en cajas que contienen hielo seco, donde puede mantenerse durante aproximadamente diez días o, de manera permanente, en equipos conocidos como ultracongeladores.

Los ultracongeladores alcanzan temperaturas por debajo de -70 grados centígrados, y se usan en actividades muy específicas. Como, en muchas relacionadas con la investigación científica realizada en universidades mexicanas, como la Universidad Veracruzana: en sus centros e institutos de investigación.

Por ello, creo firmemente que, como parte de la responsabilidad social que tienen las universidades, principalmente las que son públicas, es posible organizar un programa que apoye las estrategias de las autoridades de salud federales y estatales, a fin de garantizar una gran cadena de frío que haga posible la distribución de la vacuna.

La universidad pública mexicana y, en concreto, la Universidad Veracruzana, nuevamente ha sido llamada a cumplir con ese deber no sólo social, sino moral, y estar a la altura de las circunstancias y necesidades de México.

Es innegable el deber que tenemos como universitarios: seguir siendo la conciencia de nuestra sociedad e impostergable nuestra responsabilidad de actuar en consecuencia, a partir de los más altos valores, principios y objetivos universitarios: generación de conocimiento socialmente útil y el impulso de iniciativas, propuestas, y caminos que nos permitan impactar positivamente en la población mexicana a la cual la universidad pública, hoy y siempre, se ha debido.

* Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), Nivel 2, así como de la Academia Mexicana de Ciencias. Profesor-Tutor del Posgrado en Ciencias Biomédicas de la UNAM y ha sido evaluador de artículos para publicación en revistas internacionales, así como de proyectos de investigación en el Conacyt. Fue Coordinador de la Maestría y Doctorado en Neuroetología y profesor de base del Doctorado en Investigaciones Cerebrales, ambos de la Universidad Veracruzana (UV)-UV. Comentarios y sugerencias: jmanzo@uv.mx

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