#RelatosDominicales Una vida interminable

Fotografía tomada del Facebook Paisajes y lugares del mundo.

Miguel Valera

I

Se colgó de un árbol porque no encontró ninguna puerta abierta, ninguna ventana, ninguna rendija que le mostrara la luz de la posibilidad para su existencia. Con una mochila al hombro caminó por las calles de la ciudad con la mirada perdida en la nada, se acurrucó debajo de un árbol por el rumbo de San Andrés Tlalnelhuayocan y después de contemplar el atardecer se lanzó desde las ramas, pensando quizá que se quebrarían y lo salvarían. No sucedió. Su cuerpo se balanceó, se resistió, hasta que el aire dejó de llegar a sus pulmones y al cerebro.

Nadie sabe qué pasó por la mente de Esteban en esos últimos minutos, en esos segundos del filo de la navaja, del límite entre la vida y la muerte. Pasaron 20 días, tres semanas, para que un senderista lo encontrara, mordisqueado por murciélagos, hormigas y pájaros, que no sabían de alma, espíritus, anhelos ni esperanzas. En las cavidades oculares ya no había mirada ni horizonte, solo gusanos pululando, ávidos, satisfechos de retina, iris, córnea, carúncula y coroideo.

“Teby”, como le decían sus amigos, jamás se imaginó ese final para su vida. La amaba profundamente, pero un día algo se rompió. ¿Genes, proteínas, serotonina, metabolitos, factores ambientales, depresión, psicosis, impulsividad, deseos de morir? Nadie sabe. Ese día escribió una carta, la entregó y trató de esconderse de él mismo. Lo dieron por desaparecido. La Comisión Estatal de Búsqueda de Personas emitió una alerta. Familiares y amigos lo buscaron.

II

El verano ya había concluido y los pájaros revoloteaban en los árboles del río Sedeño, cuyas aguas limpias, en la región de Las Vigas, Acajete, Rafael Lucio y Tlacolulan, se tornan grises en Banderilla, Xalapa y Tlalnelhuayocan, antes de abrazar el río Actopan, para desembocar en el Golfo de México.

Esteban se detuvo a la orilla de ese afluente y quiso mojar su rostro, quizá pensando en aclarar sus pensamientos. Al acercarse sólo vio un rostro desfigurado que ya no era el suyo. Pensó en su hija, en sus padres, en las mujeres que había amado, en sus amigos y siguió su camino, cargando en la espalda, como un Cristo, la soga que le quitaría la vida.

Como el hombre de “la quinta calle del bananal”, de Horacio Quiroga, Esteban cruzó el alambrado de púas de la existencia, pero no se vio con las rodillas dobladas ni con la mano izquierda sobre el pecho, sino balanceándose, acariciado por el aire fresco de la tarde, mientras a lo lejos escuchaba el canto de los pájaros que anunciaban la noche.

III

La muerte. ¿Qué nos separa de ese abismo? ¿Qué nos lleva de los derroteros excitantes de la vida, del paroxismo de la existencia a la nada y al espacio vacío? ¿Qué esperamos encontrar en el más allá, ante la insatisfacción del aquí y ahora? ¿Quién nos prepara para este salto? ¿Estamos preparados? En esos segundos, sólo la felicidad corrió por sus ojos, en un flash back de la memoria.

El aire siguió su curso, movió la hierba, las hojas de ese árbol de donde bajarían las hormigas que horadarían su cuerpo. Pensó en el pasado, en su historia, nuevamente en los momentos felices, pero ya todo estaba decidido. Amarró la cuerda con firmeza y se lanzó al abismo. Todavía pudo oír el gorjeo de las aves que vendrían a anidar junto a su cadáver.

“¡Qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano!”, citó a Quiroga en sus pensamientos, pero la muerte ya estaba ahí, para el abrazo de la eternidad.

IV

Fue localizado el 30 de septiembre y reconocido por los peritos ministeriales el 02 de octubre. “Ya está mejor que nosotros”, dijo uno de sus amigos, al enterarse del hallazgo. Como en la vieja y nefasta profecía de Simeón a María de Nazareth, a los padres de Esteban, una espada les atravesó el alma. Llorando, corrieron a reconocer el cuerpo, con el corazón en pedazos.

Nunca pudieron recuperarse. ¿Qué padre puede sobreponerse de la muerte de un hijo? Siguieron sus vidas y jamás imaginaron que un año y cuatro meses después volverían a encontrarse con él, lo abrazarían, lo mirarían a los ojos y contemplarían un ocaso sin fin en el reino de la eternidad.

Sí, así fue. Un año y cuatro meses después, los padres de Esteban cayeron presas de la pandemia por el COVID-19. Todo empezó por un dolor de cabeza, por una fiebre. El fantasma de este virus, que recorría el mundo desde hace ya un año, que se veía lejano y allende las fronteras, llegó a su casa y a sus cuerpos. No pudieron resistir.

Murieron cuando el 2021 daba sus primeros pasos. Ya habían muerto un poco el día que Esteban había decidido quitarse la vida. Antes de la última bocanada pensaron en el dolor y el sufrimiento, pero también en que muy pronto lo verían a los ojos y lo abrazarían en la “posesión total, simultánea y completa de una vida interminable”, como definió Boecio a la eternidad.

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