Balada para una mujer que se llamaba Adela

  • Abrevadero de brevedades

Luis Gastélum Leyva

El padre de Adela era un ferviente devoto de todo lo popularde México, de todo lo que resaltara su machismo: mariachis, colores, pistolas, sombreros, música, mezcal, gritos, caballos, cohetes, putas, balazos, muertos, cigarros, mole, tortillas, tequila y todo lo que oliera o luciera a pueblo, al México bárbaro de Kenneth Turner, al ¡Viva México! de Einsestein o al territorio del México bronco gobernado porlos políticos corruptos con los que nos castigó Dios y arrollado a la violencia de la mano de la delincuencia organizada. Adela fue hija única, trigueña y más bien caucásica. Eso a su padre no le gustaba. Y no podía gustarle a alguien que en el principio de la construcción de su famosa fortaleza edificada en la exclusiva zona de Coyoacán(CDMX) de la calle Dulce Oliva (llamada así por sus huevosen honor a su amor por Olivia de Havilland), declaraba que en su casa no iba a haber luz eléctrica porque era un invento de un gringo. De hecho, para hacer parecer a su hija de rasgos indígenas le ponía la suela de la bota sobre la nunca y con las dos manos le estiraba el cabello hasta rasgarle los ojos y dejárselos como dos almendra. Luego, ya como jinete enloquecido arriba del potro del acohol, le hacía trenzas, la vestía de china poblana y bailaba con ella El palomo y la paloma, aquella triste melodía de la película Pueblerina que acompaña en su soledad a la pareja de Columba Domínguez y Roberto Cañedo el día de su boda. Hasta su muerte a los 70 años, acaecida el domingo 18 de agosto de 2013, a causa de una oclusión intestinal, Adela cargó como una lápida ser la hija del controvertido cineasta Emilio El Indio Fernández.No le dejó del todo desarrollar su gran talento literario. Sin embargo, escribió once libros (Vago espinazo de la noche yDuermevelas, entre otros) y realizó algunos cortometrajes (Claroscuro y Cotidiano surrealismo), además de incursionar en la dramaturgia (La tercera soledad) y laborar en la producción de materiales editoriales (en la revistaMéxico Indígena, bajo la dirección de Juan Rulfo, donde losconocí), filmográficos para el Instituto Nacional Indigenistay darse tiempo de investigar y escribir sobre la cocina mexicana (“Yo me considero guisandera de comida de munición, que es cuando tienes que dar de comer a muchas personas, como a los soldados en los cuarteles y se extienda a orfanatos y hospitales. Por eso, casi todos mis guisos son con carne deshebrada, para que rindan”, dijo cuando presentó su libro Las sabrosuras de la muerte). Antes de su fallecimiento trabajaba en la biografía y el guión de un documental de su padre, cuyos restos fueron llevados unos días antes de su deceso a La Fortaleza, la mítica casa de la calle Dulce Oliva del galante barrio capitalino de Coyoacánque El Indio habitó por muchos años, y que incluso tiene una cuenta de Facebook, misma que se pronunció respecto a la muerte de Adela: “Partió la mujer que sedujo a las letras, la mujer que miró cara a cara a Quetzalcóatl, la mujer del Hábito por la Rosa, la de las Sabrosuras de la Muerte, la de la Tercera Soledad. Mujer mística que vivió intensamente los caminos de la vida. Descanse en paz la gran escritora, madre y amiga Adela Fernández y Fernández, orgullo de esta nación mexicana”. “Mi vida es una balada”, me dijo un día la hija del gran cineasta mejor conocido sólo como El Indioen los ambientes del cine y el escándalo, mientras se empinaba una botella de Hornitos, se fumaba un Delicados y contaba historias de su vida y de su creación. Es cierto, la relación de Adela con su padre fue difícil, tensa y sufrida, como una balada precisamente. Aunque al principio la consentía bastante y lo hacía acompañar a los rodajes de sus películas, posteriormente la relación se deterioró hasta terminar en una separación que duró cerca de treinta años.Por eso, el reencuentro con su padre, poco antes de su muerte en 1986, aunque no exento de afecto también fue tenso y sufrido. Primero la corrió de su casa con sus dos hijos: Atenea y Emilio. Después, al cabo de su muerte, le heredó una fortuna en cuadros de Rivera, Orozco y Siqueiros de la que fue despojada por Columba Domínguez, la fiel compañera del cineasta y madre de la desafortunada Jacaranda. Adela se quedó con la fortaleza de Coyoacán. En el ámbito del cine y del teatro –su “maestro de maestros”, como le decía, fue Hugo Argüelles– se le sensibilizó el sentimiento y el talento de gran narradora y dramaturga. Edmundo Valadés incluyó su relato La jaula de la tía Enedina en una selección de cuentos publicada por la UNAM en la que ella y José Revueltas son los únicos autores mexicanos de la treintena de elegidos. Ese mismo cuento, junto con otros ocho, lo seleccionó Gabriel García Márquez como Lo mejor para leer en una edición de la revista Cambio, que el premio Nobel de Literatura compró y dirigió. Cuando Adela Fernández y Fernández peleó con su padre, éste le reclamó el apellido y ella le respondió que se ponía Fernández por su madre, Gladis, una rubia cubana que conoció El Indio en la isla caribeña durante su amistad con Fulgencio Batista y lo abandonó para huir a Chihuahua, dejándole a la hija. Sin embargo, la sombra de su padre siempre la persiguió. Y contaba historias de su relación vividas a su lado. Unas tristes, otras jocosas, pero todas con el rasgo hierático del cineasta. Como aquella de aquel día que llegó llorando de la escuela católica en la que cursaba la primaria y le dijo que sus compañeras se habían burlado de ella porque no tenía madre. El Indio le ordenó que al día siguiente les dijera a todas que ella era hija de la Virgen de Guadalupe porque era su mujer. O aquella otra en que le explicó su padre que iba a salir durante quince días y que por nada del mundo entrara a su recámara. Con la inquietud y la avidez de los niños que les prohíben algo, Adela decidió entrar a la habitación de su padre, a la que había visto entrar a un señor de blanco con un maletín, y cuál fue la sorpresa que lo encontró vendado de la cara. Él le pidió que se acercara y le dijo que quería su opinión, porque le habían operado de la nariz y ahora le iban a quitar las vendas. Una vez descubierta la nariz, Adela se echó a reír a carcajadas y le dijo que se parecía a la Pequeña Lulú. El Indio Fernándezagarró una botella de tequila y se la estrelló en la nariz, luego tomó una pistola y a balazos corrió al cirujano de su casa. Sin embargo, una de las historias contadas por Adela y que recuerdo cada vez que alguien se nos adelanta y llega al final del camino, como fue el caso de su hija Atenea unosaños antes que ella, es la que se refiere a un niño y su abuela indígena, entre cuyos integrantes se acostumbra a separar de la comunidad a los ancianos cuando creen que van a morir y se les prohíbe a los familiares visitarlos, aunque el retiro se haga cerca. La abuela del niño, que ya asistía a los primeros años de primaria, decidió retirarse a morir. El niño no quería pero la abuela le explicó la tradición. Además, le dijo, “me voy a llevar una flauta que tocaré hasta que deje de respirar y entonces tu sabrás que ya morí”, pero le insistió en la prohibición de visitarla. La anciana se fue a su retiro y entonces empezó una melodía de flauta. Todos los días, a su regreso de la escuela el niño se acercaba al lugar del retiro de su abuela y se recostaba a escuchar la flauta. Pero así pasaron años: el niño entró a secundaria, se hizo adolescente y la flauta seguía. Un día, a escondidas de sus padres, decide ir a ver a su abuela. Se acerca a donde proviene la melodía hasta llegar al lugar preciso, donde se encuentra un esqueleto y entre los dientes de su calavera, una flauta que incesante tocaba una melodía. Habrá que empezar a acostumbrarnos a escuchar la flauta de Adela cómo toca su propia balada, porque como ella misma decía: “Nada más lejano que el miedo a la muerte es ver a una niña disfrutando al comer una calavera de dulce”. O tatuada en su cuerpo.

Fotografía de elalebrije.net

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