¡Quién diablos es Isela Vega!

Isela Vega en Don Juan 67

Luis Gastélum Leyva

Matea Gutiérrez se llama. Quedó huérfana desde niña y desde entonces asiste al cura del pueblo. Pero creció y se desarrolló en un cuerpo mesomorfo con temple de sacerdotisa. “¡Quién diablos es Matea!”, grita el padre Feliciano cuando ella actúa como La viuda negra que atrapa al pueblo y es vista con tan malos ojos como con tantos deseos ocultos. Y la pantalla no miente: primero aparecen unas piernas pulimentadas de muslos turgentes que sobresalen de una diminuta falda y luego los mayestáticos glúteos, su busto señorial y un venerable pubis. Su jadeo delata a una mujer ávida de sexo. El personaje es interpretado por una actriz en boga. Son los años 70 y un cine cualquiera de esa época. Todos somos jóvenes y con deseos, ocultos y no. Y para eso ahí está ella, erigiéndose como un tótem al erotismo, al recuerdo que uno se llevaba a su casa después de la proyección, a los pensamientos nocturnos, a las manos mojadas y ahora a la nostalgia. Y además de araña ha sido el escorpión de la primavera, la piraña que ama en cuaresma, la loba del festín, la tortuga del llanto… Siempre en el filo del escándalo por andar con todo de fuera. “Escandalizo sólo por ser yo: Isela Vega”, le dijo la actriz a Elena Poniatowska en 1973 en una entrevista que reprodujo La Jornada en 2006. “Escandalizo sin proponérmelo desde que soy niña, mi sola presencia escandaliza. La historia de mi vida parece resumirse en un verbo: escandalizar”, le confesó a la Poni, y le señala: “Soy artista, no tengo moral. La moral me parece una limitación”. Y como no tiene pelos en la lengua le remata: “Yo he tenido maridos y amantes y aves de paso y he sido feliz con todos ellos. Tengo muchos amigos y muy pocas amigas porque todas son unas frígidas. Y cuando no sabes hacer el amor, te vuelves pendeja”. Y no se queda callada, como dicen en su tierra, Sonora: “Por lo menos hay que parecer frágil, mansa, mensa y aturdida. Entonces los señores se desviven por ti. Pero una mujer que piensa, discute, razona, una mujer victoriosa, eso sí jamás lo aceptan. Los mexicanos son muy provincianos, retrógradas, casi tarados. Su imagen de la mujer es la del dicho ‘como la escopeta: cargada y en un rincón’. ¿Sabes lo que eso significa en pleno siglo XX? Yo creo mucho en el gran viaje que es la vida, por eso no puedo perderla con un pendejo”. Se dice fuerte y es fortaleza le ha permitido contener el éxito, ese éxito que los mexicanos odian y que dicen si lo tienes es porque lo compraste o te acostaste con alguien: “Lo que más les complace a los mexicanos es poder decir: ‘¡Ah, pobrecita!’ y yo no soy ninguna pobrecita. Si te sucede alguna desgracia, entonces los mexicanos se derriten, si te va mal quieren prestarte su hombro para llorar pero si te va bien, te odian, odian el éxito. En este país el mejor disfraz es el de limosnero. A los hombres les encanta ‘pobrear’ a las mujeres”. Y empieza el nuevo siglo y no es que su cuerpo se haya vuelto inhóspito, pero a sus 60 años vive sola, sin hombre, y está más convencida en pagar el precio de la libertad a vivir atada a alguien o a algo. Sabe que el costo es alto pero prefiere pagarlo. “Finalmente la soledad no es tan mala”, dice con cierta complacencia cuando opina sobre esa tasación. De hecho ese cuerpo, de aquella Isela Vega de los años 70, la convirtió en “el oscuro objeto del deseo de todos los hombres”, como la definió María Rivera en la entrevista que le hizo para La Jornada. “Eso fui y no me parece mal”, expresa la sonorense sin que se lo pregunten. Y es que para ella el poder del deseo es inmenso y lo explica a su entender y con su dejo norteño: “Cuando uno desea a alguien ¡anda girito, despierto, lleno de energía!”. Para la primera playmate mexicana (y latinoamericana, si eso cuenta) el despertar esas pasiones no es una cosa determinada, sino más bien una especie de química, una actitud de no pertenecer a nadie. Es como si uno trajera en la frente un letrero que dijera: “Estoy libre, ¡lléguenle!”, comenta. Isela Vega cree que los mitos, sobre todo los sexuales, como ella, son producto de la necesidad de un grupo social y cuando a esa sociedad, la de los años 70, por ejemplo, le hizo falta una encuerada, una descarada representante del libertinaje, “yo fui su María Magdalena”, dice ella de ella. Señala que su trabajo de ese tiempo es producto de la situación de la mujer de ese entonces. Por ejemplo, explica, en el medio del espectáculo o se tenía un padrino o no la hacías. “Se las dabas al público o a algún productor. Yo escogí enseñarle mi cuerpo al público. A este le enseñaba todo”, subraya con convicción de quien entrega todo nada más por gusto. Y es que la sociedad de esa época era todavía muy cerrada y por eso hacía falta abrir puertas que ella abrió y de par en par. Antes de entonces hubo varios intentos de apertura y en el cine aparecieron varios desnudos memorables, sin embargo, para su época ya había necesidad de ir más allá, a dónde ella llegó: muslos, glúteos, senos, pubis. Todos memorables. Pero ese sex simbol de los 70 dice que ahora, más de treinta años después, prefiere los amores platónicos y dormir sola: “Me siguen apasionando los hombres, pero si una relación implica compromisos, no la quiero. Prefiero mi libertad, me gusta ir a mi aire”. Mujer polémica que no sólo pobló las fantasías masculinas, sino que también asumió el desnudo sin la justificación artística, con un “sí, ¿y qué?”, que, según opinión de María Rivera, más que una pose era una actitud vital, en1998 participó en El derecho de abortar, una obra de Jesusa Rodríguez, en la que interpretó a la virgen María. Fue el último desnudo que se le admiró. “Isela es la confirmación misma de que genio y figura son una eterna compañía –escribe María Rivera–. Llega a la entrevista aún en pants. Apenas entra al camerino, empieza a desnudarse. No parece importarle quienes están ahí, ni los que entran y salen. Desnuda está más vestida que nunca. Sin apuro, se pone una blusa transparente con estampado de jaguar y un ajustado pantalón oscuro. Después de maquillarse lentamente, destacando sus mejores puntos, se da una última mirada en el espejo, arquea una ceja, y ahí está ella: vestida para matar”. Isela Vega llegó de Hermosillo a la ciudad de México en 1960. Empezó trabajando como modelo y luego pasó a la televisión. En Televisa Chapultepec hizo varios programas que patrocinaban Ossart y Max Factor. En el cine debutó en una película hollywoodense que se filmó en el teatro Tívoli, era sobre strip tease y “esas cosas”. Después participó en Don Juan 68, con Mauricio Garcés. Ya para los 70 tenía estelares con Las pirañas aman en Cuaresma, El llanto de la tortuga, La primavera de los escorpiones, El festín de la loba y “ese tipo de películas”. A Isela Vega no le molesta su cuerpo y confiesa que no le costó trabajo su primer desnudo, no cree que le cueste trabajo a nadie, “si se ve bien”, apunta. Piensa que también influyó que cuando llegó a México fue modelo para ganarse la vida y tenía que quitarse y ponerse muchas prendas al día. Pero en el cine además pagaban por hacerlo –“¡pos mira!”– y ahí había más oportunidades de trabajo si alguien se desnudaba. Cuando le ofrecían un papel y le decían: “Pero hay un desnudo”. Ella, con su llaneza norteña, les contestaba: “¡No le hace!”. La suya era supervivencia pura. Todo, dice, menos la prostitución. En el caso de Isela Vega el pero sí vale cuando argumenta que le sigue gustando la excitación –“es muy bonita”– que produce desear a alguien. Uno, dice cuando interviene por ella, es apasionado y punto, no hay nada que hacer. Pero prefiere los amores platónicos porque le gusta ir de un lado para otro y esa libertad, arguye, es muy difícil de conservar cuando se tienen compromisos. Y sabedora de que nadie le va contradecir su modo de pensar va más allá y opina que hay hombres que no tienen “llenadero” porque no saben ni querer ni desear con profundidad, que tienen miedo de comprometerse, de entregarse y que con la primera vez que les parten la madre con un mal romance, empiezan a “refrenarse”. Para esta mujer, en realidad esa es la verdadera pérdida de la virginidad, cuando uno dice como Juan Gabriel: no me vuelvo a enamorar. “Casi no”, dice sobre los políticos que la buscaron, porque no les gustan como amantes las mujeres escandalosas, completa. Y aclara: esos son de rapiditos y en la tarde, casi corriendo. Y es que ella siempre escogió a sus amantes, nunca le gustó que la eligieran. Expone que cuando una mujer anda buscando a un hombre por su poder, se nota. Por eso, recalca quien hace honor al adagio de hablar a calzón quitado, aunque la libertad sale cara, prefiere ser libre y escoger. Y escoger. Hasta este miércoles que feneció el mito erótico a los 81 años, aquel deseo memorable de los años 70 vivía sola, sin nadie que le arrancara el vestido y así, llorando por las bofetadas y desnuda, con toda ese prodigio de naturaleza a la vista, voluptuosa y esplendente de sudor, se le entregara al maldito ese cuyo rostro no puede esconder su lascivia y después, los jadeos incontenibles de esa mujer ávida de sexo, hasta que la película llegue a su fin y uno parta a su casa y en complicidad con nuestros pensamientos nocturnos, recordemos esa efigie de eros que fue Isela Vega, la transgresora, y gritemos: ¡Quién diablos es Isela Vega! Es, ahora, una leyenda.

1 COMENTARIO

  1. A mis 15 años ella estaba en la plenitud de su mejor momento, (tenía unos excelsos y maravillosos 31); maravillosa, franca, con esa honestidad de sonorense, hermosa como buena diva de “Hermosillo”; se le extrañará pero no por su ausencia, sino por no poder volverla a ver ni en telenovelas… no obstante, la recordaremos siempre a través de todas sus películas, de sus actuaciones y actitudes irreverentes como sinceras y directas; adiós no damita, sino hasta pronto, porque… ¡”nadie muere eternamente, pues mientras l@s recordemos viv@s vivirán en nuestras mentes y en nuestros corazones”! ¡Una Loa a la maravillosa Isela Vega!

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