Prosa aprisa

Prosa aprisa

La grata experiencia de volver a la Sierra de Zongolica

 

Arturo Reyes Isidoro

El pasado fue un domingo totalmente diferente para el columnista, de los que pocas veces, o quizá nunca, vivirá un citadino, porque pocos querrán venir –además, creo que no tendría un por qué– a conocer o a visitar uno de los municipios más alejados, marginados, de la Sierra de Zongolica: Magdalena, al que ni siquiera ha venido el gobernador Cuitláhuac García Jiménez, quien tendría cualquier motivo para hacerlo.

Desde una altura de 1564 metros sobre el nivel del mar se ve un Veracruz diferente, otro Veracruz. 

Después de que por muchos años recorrí toda esta sierra, tenía ya varios que no regresaba. Francisco “Paco” Garrido Sánchez, dirigente estatal y fundador del partido local Podemos me había reiterado la invitación a que lo acompañara a uno de sus recorridos –le está dando ya el tercero a todo el territorio estatal–. Ahora se presentó la oportunidad.

Vino a animar a los candidatos de su partido –Reynaldo Zepahua Tlecuile en Magdalena, Germain Tiburcio Aguas en Tlilapan y Raymundo Namictle Juárez en San Andrés Tenejapan–. Estoy seguro que cualquier resultado positivo que tenga el 6 de junio se lo habrá ganado a pulso, porque ha asumido con toda responsabilidad como dirigente, con mucha dedicación y con un gran trabajo, la jornada electoral de su causa.

Habíamos arrancado desde muy temprano en Xalapa y pasado primero a Tlacotepec de Mejía. Luego venimos a la sierra. El acto en Magdalena fue muy sencillo, teniendo como fondo los picos de la montaña. Terminado, escuché que iríamos a casa de alguien. Inició entonces la marcha sobre lo que fueron veredas, hoy convertidas en calles angostas pero pavimentadas.

Adelante, unos danzantes siguen a una joven que abre paso esparciendo olor y humo de copal. Atrás el grupo político y más atrás el pueblo. Ahí vamos, subimos calles empinadas, bajamos, doblamos en una esquina, subimos, volvemos a bajar, seguimos una calle que hace curva, subimos, bajamos. Cuando me percato, hemos recorrido ya unos cuantos kilómetros. La tarde es fresca, sin sol, pero voy sudando. Todos los de la ciudad vamos sudando. No es para menos. Hacerlo a 1564 metros sobre el nivel del mar creo que para un citadino es hasta una hazaña.

Por fin hemos parado. Nos invitan a pasar a una casa a comer. Afuera está la luz de la tarde todavía, aunque ya son las seis. Adentro no alcanza a entrar la luz. Hay instalación eléctrica pero no hay energía. A oscuras y auxiliados con la lámpara del celular nos percatamos que es adobo de carne de res y arroz, con tortillas de maíz nuevo. Adivinamos con la cuchara cada porción que vamos a comer.

En la caminata he venido reflexionando. Pese a los agravios ancestrales que ha sufrido, esta gente sigue siendo generosa. Son veracruzanos marginados, que se entregan, que creen lo que les dicen, que hacen un esfuerzo para participar, que otorgan su confianza. No se vale, me digo, que los gobiernos los hayan utilizado siempre –los de antes y el de ahora– y que lo sigan haciendo, que los tengan en el olvido.

En Tlilapan (ya más abajo, a 1160 metros sobre el nivel del mar) y en San Andrés Tenejapan (a 1200 metros sobre el nivel del mar) viviremos horas después experiencias parecidas. 

Paco Garrido es el personaje principal. Ha tenido que seguir las tradiciones. Bailar, por ejemplo, ante todo el pueblo, que lo ha acompañado, cargando un cartón con diversos artículos, de acuerdo al ritual, para que nos vaya bien a todos. Los actos políticos son breves. Las caminatas, largas. En cada lugar, las bandas de música locales actúan como animadoras. 

En todo el recorrido nos hemos cruzado con brigadas del PRD. Les pregunto a los pobladores y acá no saben que exista un Zepeta, de Morena. Nunca ha venido. El gobernador, me dicen, se quejan, tampoco los ha visitado. La mayoría ni siquiera sabe su nombre. Programas de bienestar, solo algunos, pero no para todos. Vacunas sí. En la montaña, quienes tienen con qué y pueden comprarla se mueven en motocicleta. Y lo sorprendente: recuerdan bien a Fidel Herrera Beltrán. Es el único, me aseguran, que vino como candidato y como gobernador (alguna vez lo acompañé), que convivió con ellos. De dirigentes políticos, me dicen que, salvo Garrido, ningún otro lo ha hecho.

¿Primero los pobres? Ya casi tres años después no se advierte que estos veracruzanos vayan a dejar de serlo. Ni siquiera que la 4T haya fincado un pilote sobre el que se sentarán las bases y la estructura para rescatarlos de la marginación. Me pregunto cuántos beneficios no podrían recibir, y disfrutar, que quizá hasta les cambiaría un poco la vida si, por ejemplo, en lugar de estar tirando el dinero en el tren maya lo bien utilizaran invirtiéndolo en obras y servicios acá.

Sí. Veracruz no es solo Xalapa o Veracruz-Boca del Río. Acá está un pedazo de Veracruz que reclama todo. Siempre he pensado que los políticos y los gobernantes debieran venir a estos lugares a sensibilizarse, en especial los que se dicen que son la esperanza de México y que, según ellos, serían los paladines del rescate de estos mexicanos. Me pregunto por qué no ha venido Cuitláhuac García, como no vino nunca, ni como candidato ni como gobernador, Javier Duarte ni todos los demás salvo Fidel. ¿No estaría mejor para acá un viaje del explorador Eric Cisneros?

Sobre Paco Garrido, considero que en él se aplica bien aquello de que el que tenga tienda que la atienda y si no mejor que la venda. Fundó un partido y está dedicado de tiempo completo a él. Durante el largo viaje me ha dicho que estima una treintena de triunfos en alcaldías y al menos dos diputaciones locales. Pero sabe muy bien, antes que nada, que necesita más de 100 mil votos para que su órgano político conserve su registro. Realista, acepta que el proceso electoral está muy competido, pero no duda que lo lograrán. 

Pocos –según yo, solo Sergio Cadena Martínez, del PRD, y Marlon Ramírez Marín, del PRI los otros– tienen tanto trabajo de campo, en “territorio”, “a tierra”. Los recursos económicos son escasos, pero los pocos que el OPLE le da los utiliza al máximo, guiado por una recomendación que le escuchó un día a Fidel Herrera: “los recursos para campañas electorales son sagrados. No los utilices para otra cosa. No te los apropies. Aplícalos para lo que son. Después vendrán los triunfos”, y lo aplica al pie de la letra. 

Su recorrido es lo más austero. ¿Su equipo? Solo Francisco Castañeda, Karla Garrido, Leonel Caldelas, Delia Álvarez, Valeria Rojas y Víctor Padilla, este último el coordinador regional, todos jóvenes integrantes de su comité estatal, quienes se multiplican y con su entusiasmo movilizan y prenden a toda una comunidad. El domingo los he seguido, los he visto. Una cosa especial me ha llamado la atención: creen en su causa, la asumen muy en serio, creen en ellos mismos. Para ser un nuevo partido, que compite con los grandes, con más recursos, con todos los años, con sólidas estructuras, un solo triunfo, uno solo será meritorio. Pero ellos creen, están seguros que no será solo uno, sino más.

Creo que en un escenario tan competido ya tienen asegurado un triunfo: el del respeto de los demás participantes. Pero que también han asegurado otro: el de haber creado su estructura partidista, que los hará protagonistas en 2024.

Tiempo atrás, durante varios años acompañé a otro dirigente estatal por toda la geografía veracruzana: a Adolfo Mota Hernández, del PRI, igual todo entusiasmo, en su caso, entonces, toda la vitalidad que le daba su juventud. No fundó un partido, pero reconstruyó el suyo en Veracruz tras la primera derrota presidencial en el año 2000. Veintiún años después, ese entusiasmo, ese trabajo, se lo veo a Garrido.

Regresamos hasta las primeras horas del lunes 10. Pero valió la pena.

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