Semana Mundial del Parto Respetado

Ilustraciones de Mara Yerena / @maranomania

Eumelia Yerena Cerdán*

Del 16 al 22 de mayo es la Semana Mundial del Parto Respetado. El lema elegido para este año es: “El respeto por las necesidades de la madre y su bebé en cualquier situación” y busca promover la importancia de contemplar en las medidas de cuidado para Covid-19 los derechos de las personas gestantes y sus bebés.

Que si la OMS, que si en la declaración en Fortaleza se inicia a hablar de un modelo de atención al parto empezando en que “el nacimiento no es una enfermedad”, sumando un marco legal internacional que rescata el papel activo que debe tomar la mujer y su familia en el cuidado del embarazo y de bebé.

El término “parto respetado” o “parto humanizado” hace referencia el respeto a los derechos de las madres, los niños, las niñas y sus familias en el momento del nacimiento. Promueve la inclusión a las particularidades de cada familia (etnia, religión, nacionalidad), acompañándola a través de la toma de decisiones seguras e informadas.

Desde el punto de vista de la madre, un parto humanizado, sea por parto natural o por cesárea, significa sobre todo el respeto hacia la mujer, su cuerpo, su intimidad, sus posibles miedos, su voluntad y necesidad de ser informada de los riesgos y beneficios, y sus deseos y expectativas para concluir el embarazo, es decir, hacerla protagonista de las decisiones acerca de ese evento.

¿Entonces qué pasa si ese deseo se ve ignorado?

Partamos desde el respeto que debe tener primero una mujer por ella misma, saber si embarazarse fue su elección o si  cedió a la expectativa de la pareja o la familia, si acepta su embarazo y tiene una idea de cómo quiere su nacimiento, si busca información al respecto, si es clara en manifestar a su equipo médico sus deseos, si es libre de elegir ya sabiendo todas sus opciones.

Por ejemplo, el “plan de parto” es un documento donde la mujer expresa sus preferencias, necesidades, deseos y expectativas sobre el proceso del parto y nacimiento. Esto incluye quiénes deben estar presentes, dónde debe ocurrir, cómo le gustaría que sea el ambiente, qué posición(es) prefiere, qué métodos de alivio del dolor desea usar (o no), qué quisiera que se haga o deje de hacer a su recién nacido (corte del cordón umbilical tardío, baño), etc. Este documento se entrega antes del gran día en varias copias al médico o partera, a las personas que van a estar presentes y/o al personal de turno. Sería interesante explorar cómo influye esto en el parto y si se practica de forma masiva en los sectores público y privado.

Se habla del empoderamiento en todos los ámbitos que se encuentre una mujer pero muy poco en el contexto de atención al embarazo y nacimiento. Ahí la sumisión es tolerada y hasta aplaudida en el afán de decir que lo que se hizo contra su deseo fue por salvar la vida del binomio involucrado. No se cuestiona.

Cada vez son más las mujeres que se plantean la posibilidad de tener a sus hijos de un modo diferente, fuera de la frialdad de los hospitales y de las carencias que existen en los servicios de salud.

Es hora de reflexionar sobre el punto en el que nos encontramos en el proceso de liberación de la mujer. Hemos adquirido unas cuotas de libertad impensables hace unos años, pero en el ámbito de la medicina y la atención al parto, la subordinación y la sumisión al sistema adquieren niveles casi ridículos.

El parto puede ser fácil, indoloro y breve, o todo lo contrario, pero no tiene que ser un acontecimiento médico, exclusivamente, ya que el nacimiento tiene un significado más allá de sacar un bebé del cuerpo de una mujer.

En algunos hospitales se insiste especialmente en la patología: detectar lo que pueda ir mal en vez de contribuir al flujo espontáneo del parto. Estas intervenciones pueden producir una enorme pérdida de confianza en la mujer.

La escritora Rosa Montero publicó en su columna en la revista El País Semanal (13 de agosto de 2006) bajo el título El desastre de parir. Se trata de una reflexión a propósito del libro La revolución del nacimiento (Granica, 2006), de Isabel Fernández del Castillo. El libro ilustra y deplora el catálogo de actuaciones médicas con las que se aborda protocolariamente la asistencia del parto en España. La respuesta no se hizo esperar, fue fulminante: más de 200 correos electrónicos y cartas inundaron la redacción.

Muchas madres desahogaban su trauma por la asistencia dictatorial y deshumanizada a su parto. Médicos y funcionarios sanitarios ofendidos interpelaron su trabajo por la seguridad de madres e hijos. Rosa Montero había dado una estocada.

Se debe abogar porque la libre elección sobre la forma de traer a los hijos al mundo sea un derecho y no un bien de mercado o un juego de azar, según el equipo que toque.

El debate se ha venido macerando durante años y empieza a desbordar el ámbito tanto médico como familiar. No hay alarma social. No hay marchas ni grandes titulares, la mayoría de las mujeres no protesta, se conforma con tener a sus niños sanos y se calla el mal rato.

El trayecto de 12 centímetros desde la nave nodriza materna al exterior es el viaje más arriesgado de la vida. Una travesía entre dilatación y expulsión. El dolor, los nervios, el miedo, son consustanciales a la aventura de parir. Pero también la ilusión, la alegría, incluso la euforia.

En su libro Nacer en casa (RBA Integral, 2002), Sheila Kitzinger nos plantea el otro lado de la experiencia de parir: “Hay mujeres que creen que se organiza demasiado jaleo alrededor de esta experiencia. Quieren que el parto sea indoloro y termine lo antes posible, sin más, de modo que puedan seguir con su vida. Es un punto de vista válido. Creo que las mujeres deberían elegir lo que deseen en el parto, ya que éste ocurre en nuestro cuerpo, y nadie tendría que tomar decisiones por nosotras, ni hacernos sentir culpables porque otros prefieran métodos distintos”.

Todo lo que ocurre durante un parto influye en cómo se percibe después la mujer a sí misma. Puede afectar a la relación entre ella y el bebé, incluso entre la pareja y el bebé, durante años después del parto.

Un buen parto no sólo es cuestión de seguridad ni de alcanzar el objetivo de que madre e hijo estén vivos y físicamente sanos. Un buen parto es aquel en el que la mujer vuelve la vista atrás, suceda lo que suceda, con satisfacción y plenitud. El parto también puede ser positivo incluso cuando, por razones imposibles de evitar, hay muchísimo dolor físico y emocional. El amanecer de la consciencia en un ser humano que abre los ojos por vez primera en nuestro mundo, está repleto de significado para su madre, al igual que para quien comparta con ella una de las experiencias más grandes de la vida.

Una reflexión, un debate, un propuesta a todos los sectores envueltos en el acontecimiento de parir es el camino para la reconciliación con el respeto que se merece ese suceso y, por supuesto, para la mujer que es, sin duda, la más vulnerable cuando se encuentra en esa circunstancia única e inigualable de su vida.

*Doula e Instructora del Centro Educacional en Psicoprofilaxis Perinatal PUSLÁ.

Ilustraciones de Mara Yerena / @maranomania

 

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