Saramago, el hombre que se casó una vez y murió dos veces

Luis Gastélum Leyva

No era un “Sí, quiero”, sino un “Claro que quiero”. Era su boda con Pilar. Tenía 85 años. Mil 25 días después murió. Una semana antes había dicho: “No me hablen de la muerte que yo ya la conozco”.

Don José, como en el final de su novela Todos los nombres, entró en la Conservaduría, fue a la mesa del jefe, abrió el cajón donde lo esperaba la linterna y el hilo de Ariadna, se ató una punta del hilo al tobillo y avanzó hacia la oscuridad. Así murió Saramago un viernes de junio de hace once años, también 18. Estaba desayunando con Pilar. Algo le decía a ella y su esposa lo interpretó como una despedida. Estaban en su casa de las Tías, en la isla española de Lanzarote, donde vivían desde hacía casi dos décadas. Él se fue a recostar. Eran las once de la mañana y él tenía 87 años. Ella ya sabía. Para eso es el amor. Se asomó y ya no respiraba. Ya era un amigo de los vivos. Así lo escribió él en uno de sus cuentos: “El muerto es el mejor amigo del vivo”. El sabía mejor que nadie que moriremos cuando tengamos que morir, porque la muerte no tiene salida. Ya la había tocado cuando estuvo enfermo y de donde surgió una de sus obras: Las intermitencias de la muerte. A partir de un supuesto improbable e imposible, como todas sus historias, Saramago inicia su novela: “Al día siguiente no murió nadie”. El más importante escritor portugués, después de Eca de Queiros y Fernando Pessoa, hizo una reflexión sobre la “soberbia infinita” de aspirar al mítico elixir de la vida eterna: la muerte ha decidido suspender su trabajo letal y su ausencia provoca situaciones dramáticas y delirantes, en las que están presentes el poder político, las mafias, las familias o las contradicciones de la Iglesia católica y su dogma. Saramago decía que en un momento determinado se le ocurrió la idea de si la muerte no lograra matar a nadie. Ese es el embrión, la célula de la historia y de todas las consecuencias que esto provocaría: un desastre mundial que también le sirvió para hacer un análisis de la sociedad humana, de sus prejuicios y supersticiones. Y en ese inquietante escenario, Saramago alteró el funcionamiento de todas las instituciones de la sociedad y abrió el debate en torno a la eutanasia, el suicidio, la forma en que el mundo actual convive e ignora a sus ancianos y las consecuencias de las guerras. En entrevista para La Jornada, le dijo a Armando Tejeda: “Si hay un país que conoce íntimamente la muerte, que se duerme con ella y se levanta con ella, ese es México. Aunque mi muerte no es exactamente la muerte para los mexicanos, pues ustedes se divierten y llegan incluso a comer las calaveras de azúcar. Pero en esta novela no es el caso, digamos que se trata de una muerte en cierta manera más intelectualizada, no tiene esa pretensión popular y la aportación es clara sobre las consecuencias de que la muerte no mate, son específicas de una determinada cultura. La novela empieza por donde empezó, lo que significa que la muerte no tiene salida. Incluso en México la muerte no tiene salida”. No hay antecedentes de escritor como Saramago que el Premio Nobel de Literatura, que se ganó en 1998 por “haber vuelto tangible una realidad fugitiva gracias a sus parábolas, sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”, le haya hecho padecer un sufrimiento tan grande y haya acrecentado su humildad. La consagración para siempre no era para el autor de Ensayo de la ceguera y tan es así que al explicar el efecto del galardón señalaba que se sintió como un volcán por dentro: “Intentaré sobrevivir a todo lo que me espera”, ironizó el literato aquel año en ocasión del otorgamiento del galardón y describió al Nobel como “uno de los mitos del Siglo XX con el que ahora me toca a mi ir del brazo”, decía. Con el premio, “los portugueses hemos crecido unos centímetros”, comentaba al ahondar en la descripción de su impacto. Ya instalado en Estocolmo, donde recibió el máximo galardón de las letras de manos de la monarquía de Suecia, el escritor comunista (“Comunista escritor”, apuntaba él y atajaba: “Uno es lo que es porque su espíritu o sus hormonas así lo determinan para siempre”) pronunció su discurso de aceptación ante la Academia Sueca y ahí acusó a la Iglesia católica por su actitud ante las injusticias, reivindicó sus raíces campesinas y se definió como discípulo de sus personajes. Inició su alocución con una frase que aclara sus ideas acerca de la vida y la literatura: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”, refiriéndose a su abuelo materno, cuidador de cerdos que por la noche le contaba leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, “un incansable rumor de memorias que me mantenían despierto, al mismo tiempo que suavemente me acunaba”, decía. De ahí que definía su escritura en lo que él llamó una declaración de veracidad, a la que sólo le falta juramento o reconocimiento notarial: “Todas mis historias son verdaderas, sólo que a veces mi mano escapa e introduzco en la trama seca de la verdad un leve hilo de colores que tiene por nombre fantasía, imaginación o visión doble. Otras veces no será así, sino el placer tan sólo o la conveniencia del juego cifrado”. Escribir, afirmaba, es un trabajo y hacer un libro es como hacer una silla, “sólida, estética y hermosa, si se quiere”, y “la fama es nada si tomamos en cuenta que tenemos una pequeña vida que, incluso cuando es larga, siempre es pequeña; si consideramos que la eternidad no existe y menos la eternidad de las cosas que hacemos, que todo es precario, que lo que es mañana no será, si tomamos en cuenta todos eso, creo que la fama es nada”. Desde entonces, el autor de El Evangelio según Jesucristo, novela que le valió el exilio, intentaba asimilar el premio como algo lúdico, una de sus virtuosas actitudes para ver la vida. De ahí que contaba, con gracia y picardía, que cuando se supo en Portugal que había ganado el Nobel, la directiva del Benfica, el club de futbol de Lisboa, estaba reunida hablando del próximo campeonato del balompié y alguien se levantó y dijo: “Estamos aquí, hable y hable de lo nuestro. ¿Es que no vamos a decir nada de Saramago, que acaba de ganar el campeonato mundial de escritores?”. El escritor nacido en Azinhaga en 1922 no lo obsesionaba la muerte, pero tampoco creía en ningún dios ni en mundos imaginarios, como el cielo o el infierno: “No creo en Dios y no entiendo cómo se puede creer aún en Dios –decía–. Sé que cuando llegue mi hora entraré en la nada y se acabó; habrá también un día en que se acabe todo, también la galaxia, y Dios no se cuestionará qué ha pasado con su creación; son fábulas que no se deberían seguir repitiendo”. Y ha explicado que para su reflexión sobre la muerte lo llevó a revisar diversos estudios científicos y astronómicos, en los que confirmó sus creencias agnósticas, ya que “existen 200 millones de estrellas en la galaxia, y una de ellas es el Sol”. Sobre la forma como enfrentaba personalmente a la muerte, Saramago era claro: “Soy un hombre que tiene que optar entre tres palabras: o soy una persona mayor, o soy un viejo o soy un anciano. Decir persona mayor creo que es intentar disfrazar a la realidad. La palabra anciano no me gusta. Entonces tengo la dignidad para decir que soy un viejo. Por lo tanto los años los intento vivir de una forma positiva y no me concibo como si tuviera ochenta y tantos, sino como si tuviera 75 o 62 y a veces, incluso, me siento como si tuviera 18 años. No tengo miedo a la muerte. No vivo con esa preocupación. No pienso en ella porque tengo muchas cosas para vivir el día a día, pero soy consciente de que está ahí”. Cuando pienso que te fuiste, / negra sombra que me asombras, / a los pies de mis cabezales, / tornas haciéndome mofa. / Cuando imagino que te has ido, / en el mismo sol te me muestras, / y eres la estrella que brilla, / y eres el viento que zumba. Con estos versos de Rosalía de Castro y al son de gaiteros gallegos que residen en Lisboa, José Saramago será recordado, como todos los años, al pie del olivo centenario traído de su pueblo que cobija sus cenizas y trasplantado en la plaza lisboeta Campo das Cebolas, a orillas del río Tajo, frente a la Casa dos Bicos, sede de la Fundación que lleva su nombre, “para celebrar su vida”, como dice su viuda Pilar del Río. Es un acto público, en plena calle, a la hora que murió, las 12 en Portugal, de todos los 18 de junio, donde se reunirán, como todos los años, los trabajadores de la Fundación, los amigos más cercanos y el público que se sume al festejo. Pilar ha contado que eligió el verso de la poetisa gallega porque alguna vez el autor del relato póstumo Alabardas le comentó que la muerte nunca está justificada, salvo que venga Carlos Núñez e interprete Negra sombra. Así, se escuchará la música de los gaiteros, se leerá el poema de Rosalía de Castro y, como todos los días, se colocaran unas rosas blancas al pie del olivo. “Luego –dice Pilar– regresaremos a intentar evitar que los agujeros del mundo no sean más grandes, es decir, que no sea por nuestra desistencia por lo que aumente el caos en el mundo”. De ahí el realce y el valor de los versos del poema Negra sombra de Rosalía para recordar a Saramago: Si cantan, eres tú que cantas, / si lloran, eres tú que lloras, / y eres el murmullo del río / y eres la noche y eres la aurora. / En todo estás y tú eres todo, / para mí y en mí misma moras, / ni me abandonarás nunca, / sombra que siempre me asombras. Y que como le contaba a Manuel Rivas cuando estuvo al borde la muerte y le preguntaban sobre su sentir, siempre respondía: “No me hablen de la muerte porque yo ya la conozco”.

La boda de Saramago

“Cuando se encontraron sin buscarse en las páginas de un libro, ella untó de saliva su dedo y, al pasar la última página, borró el punto y final”. Emotivo fue el discurso que pronunció en la boda civil Mercedes de Pablo, periodista y amiga personal de Pilar del Río, la novia de José Saramago y a quien tres años antes de su muerte (el 18 de junio de 2010), después de dos décadas de vivir juntos, le dio el “sí, quiero” en una ceremonia civil oficiada por el alcalde de Castril (España), localidad granadina de donde es oriunda la ahora viuda del Premio Nobel de Literatura y traductora al castellano de la obra del escritor portugués. Sorprendió el enlace a, como dijeran los clásicos, propios y extraños. Por expreso deseo de la pareja, el casamiento se celebró en la más estricta intimidad bajo la exclusiva mirada de un reducido grupo de familiares y allegados, y sin medios de comunicación como testigos. Tras darse el “sí, quiero”, Pilar del Río entregó su ramo de novia al alcalde José Juan López con el deseo de “para que te cases pronto”, y enseguida dejaron el Ayuntamiento bajo una lluvia de arroz y porras de “vivan los novios”. Don José y Pilar suscribieron así una novelesca historia de amor que comenzó en 1986, cuando la periodista compró en Sevilla un ejemplar de Memorial del Convento –libro al que se refería Mercedes de Pablo en su discurso prenupcial— y le impresionó la fuerza y el coraje de la protagonista femenina, Blimunda. Del Río le propuso a Televisión Española, para la que trabajaba entonces como corresponsal en Andalucía, viajar a Portugal para entrevistar a Saramago. Dos años después se fueron a vivir juntos. Pilar –a quien, según sus conocidos, las palabras se le empapan de furia, como granadina que es, y habla de corrido, anudando las frases sin apenas dejar espacio a las ideas– se encargó entonces de desmentir los enredos de la historia de amor con el autor de El evangelio según Jesucristo, negando que haya ido a Lisboa para conocer a Saramago y afirmando que fue a recorrer los lugares que describía en su libro El año de la muerte de Ricardo Reis. Ella ya había leído Memorial del Convento y de hecho llamó a Saramago para darle las gracias por el libro que había escrito y no tanto para conocerlo. “La historia surgió luego y de otra forma, ya que fue él quien vino a buscarme a España”, ha contado la viuda de Saramago. “El caso es que mucho más tarde quise buscarme una frase que definiera mi trabajo como periodista y fue así como elegí ‘Blimunda no se rinde’. De hecho, Blimunda es el personaje del Memorial del Convento que durante nueve años busca a su marido que la Inquisición se ha llevado. Blimunda recorre todo Portugal nueve veces, sin rendirse nunca. Es una frase que me encanta y que pretende reflejar el sentido de mi trabajo”. Como traductora de su obra del portugués al castellano, pero sobre todo como su mujer que fue, nadie mejor para hablar del autor de Ensayo sobre la ceguera que Pilar del Río, quien ha expresado que en la primera obra del escritor luso, retoma un epígrafe que es una frase de un autor portugués del siglo XIX que dice: “¿Cuántos pobres son necesarios para hacer un rico?”. Ahí, afirma Pilar, es que nace el estilo Saramago. Pero mucho antes de la boda, Saramago ya se había casado con otro pilar: sus ideas, y nunca ocultó que fue un hombre de izquierda, incluso comunista. En una larga conversación con Jorge Halperín convertida en libro (Saramago, Editorial Oveja Negra, 2002) confiesa que él era un comunista hormonal: “Las hormonas hacen que los hombres tengamos barba y las mujeres no. Bien, imagínese que hay personas que nacen con ciertas hormonas que las dirigen hacia el comunismo y las pobres no tienen más remedio que ser así. Ahí tiene usted el motivo por el que sigo siendo comunista, por una hormona que me impone una obligación ética”. En esa misma plática con el periodista de Le Monde Diplomatique, el autor de Todos los nombres sostiene que las izquierdas son campos en ruinas y padecen una crisis de ideas, que es la peor de todas: “No hay ideas que reúnan a la gente y no se puede hacer nada si no hay una idea donde la gente se encuentre, alrededor o compartiéndola. Entonces, cuando se trata contra la derecha no tiene mucha importancia, porque la derecha no necesita ideas. Pero tiene consecuencias graves para la izquierda porque no puede vivir sin ideas. Y la verdad es que algunas de ellas se agotaron”. Para la otra Pilar, la Del Río, Saramago piensa que el mundo tiene recursos para todos, que los ha tenido siempre. Un mundo que nunca como hoy tiene los medios para hacer que estos recursos lleguen para todos. Y por eso no puede entender que en una civilización en la que la información llega en un instante a todo el mundo, en la que podemos llegar a la Luna, en la que podemos tener información sobre otros planetas que están a años luz de nosotros, no puede entender que en este mismo mundo haya miles de personas que se estén muriendo de hambre o sed. Y no puede entender eso y mucho más: que haya gente perseguida por sus ideas ni entendía las injusticias. “Por todo ello –afirmaba Pilar–, Saramago milita en la denuncia de todas ellas. Puede que a mucha gente esto le parezca antiguo. A nosotros nunca”. En aquellos días de boda, en el pueblo de Tías, localidad de la isla canaria de Lanzarote, en la que residía con su pareja desde hacía 20 años y donde murió, durante la presentación de Las pequeñas memorias, Saramago señaló que “la vida no es tan fácil” y que aún no comprende muchas cosas y seguía escribiendo intentándolas comprender, “porque no tengo nada mejor que hacer y sabiendo que llegaré al final sabiendo lo mismo que sabía antes, es decir poco o casi nada”. El autor de Las intermitencias de la muerte también se casó con la vida, de la que reconocía le había dado de todo y resumía la historia de cada uno de los seres humanos: “La historia entre no haber nacido para algo y al final tenerlo es en el fondo la historia de cada uno de nosotros, lo que no significa que hayamos nacido para nada, pero no sabemos para qué hemos nacido”. Un Saramago apesadumbrado concluía entonces su reflexión expresando que tenemos por delante una cosa que llamamos vida y que tenemos que vivirla y hacer algo con el tiempo que tenemos: “Los humanos –decía–, en el fondo, somos transportadores del tiempo, porque lo llevamos con nosotros, lo usamos, a veces lo malgastamos y a veces queda algo, aunque todo está condenado al olvido”. Tal vez no todo: no el “sí, quiero” que le dijo a Pilar el lunes 16 de julio de 2007 y del que afirmó que no significaba otra cosa que “claro que quiero”, bromeó el Premio Nobel de Literatura, quien en la cena ofrecida por el galardón la noche que lo recogió, hizo un brindis y, con la lucidez que sostuvo hasta su muerte, señaló: “Alguien no está cumpliendo su deber. No lo están cumpliendo los Gobiernos, ya sea porque no saben, ya sea porque no pueden, ya sea porque no quieren. O porque no se lo permiten aquellos que efectivamente gobiernan, las empresas multinacionales y pluricontinentales cuyo poder, absolutamente no democrático, ha reducido a una cáscara sin contenido lo que todavía quedaba del ideal de la democracia. Pero tampoco estamos cumpliendo con nuestro deber los ciudadanos que somos. Nos fue propuesta una Declaración Universal de Derechos Humanos y con eso creímos que lo teníamos todo, sin darnos cuenta de que ningún derecho podrá sustituir sin la simetría de los deberes que le corresponden. El primer deber será exigir que esos derechos sean no sólo reconocidos, sino también respetados y satisfechos. No es de esperar que los Gobiernos realicen en los próximos cincuenta años lo que no han hecho en estos que conmemoramos. Tomemos entonces, nosotros, ciudadanos comunes, la palabra y la iniciativa. Con la misma vehemencia y la misma fuerza con que reivindicamos nuestros derechos, reivindiquemos también el deber de nuestros deberes. Tal vez así el mundo comience a ser un poco mejor”.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.