Queremos tanto a Federico

Federico Campbell con Luis Gastélum en la presentación del libro de éste, "Pasajeros con destino. De escritores y otros viajeros", en la Feria del Libro del Zócalo de la CDMX.

Luis Gastélum Leyva

“Todos tenemos un álbum vital de personajes que renuevan lo humano”, ha dicho el escritor argentino Marcelo Cohen. Y a ese álbum, sin duda, perteneció Federico Campbell. Y como prueba están los retratos que ilustran sus libros, con su risa franca estampada en un rostro transparente y bondadoso, con sus ojos pizpiretos buscando a través de los espejuelos redondos enriquecer su inteligencia, coronada con una calva brillante y custodiada por unos cabellos blancos hirsutos y rebeldes, como su alma, su conciencia crítica, la misma con la que hablaba de literatura y la memoria, esa que no cejaba en ubicar en la geografía sonorense, de donde el tijuanense también se sentía oriundo, y escudriñar los orígenes de los nombres tan raros de poblados como Aconchi, Arivechi, Bacerac, Vacum, Bacabachi, Bacerac, Banamichi, Cucurpe, Huásabas, Onavas, Opodepe, Oquitoa, Sáric, Soyopa, Suaqui, Tubutama, Yécora… Todos, desde luego, faltaba más faltaba menos, que para eso norteño era, le recordaban a su madre tierra: Baja California, Sonora, el DF… Tijuana, Navojoa, Huatabampo, la Condesa… Porque como él mismo decía: “Las cosas que uno hace en la vida dependen mucho de la vocación, de las pasiones, de los gustos, de cómo se asombra uno ante el mundo cuando nace, crece y, sobre todo, algo que lo constituye a uno son los otros, son los demás; donde nació, de donde es, de donde quiere ser y de las ciudades en las que ha vivido”. Y a Comala también, de su admirado amigo Juan Rulfo, porque, como sostenía: todos somos hijos de Pedro Páramo: “Dicen que por la teoría literaria de interpretación uno puede interpretar lo que le dé la gana de una novela, Pedro Páramo puede ser un cacique, un encomendero del siglo XVI, el dictador, el gobernador, el presidente municipal, el rey o tu padre, por esta teoría es demasiado laxa, demasiado fácil, no es cierto que sea así, tiene que haber un indicio en la obra literaria que te dé pie a decir que es el cacique o el encomendero, la palabra ni siquiera se menciona, pero tú por inferencia deduces que es una figura de poder arbitrario que dice, de hoy en adelante la ley la vamos a hacer nosotros, ese es Gonzalo N. Santos, el PRI, Plutarco Elías Calles mandando matar al general (Francisco) Serrano junto con Álvaro Obregón, es el poder arbitrario, la impunidad, la sustitución de la legalidad, de la ley y en ese sentido todos somos hijos de Pedro Páramo, somos hijos de un sistema político que fue el PRI y que distorsionó nuestras relaciones sociales, laborales y familiares y nos corrompió tanto, por eso gran parte de la sociedad mexicana es tan corrupta, que es muy difícil sustraerse a esa cultura que llegó también a los panistas que son tan corruptos como los priistas y probablemente muchos perredistas también, porque finalmente somos hijos de Pedro Páramo”. ¿Quién soy yo? ¿Cómo soy para mí mismo? ¿Cómo soy para los demás? La memoria era su respuesta. La memoria viva hecha literatura, en su caso: “Tiene uno necesidad de referir historias, de contar para ser, porque por alguna enigmática razón sólo el trabajo de la memoria trastocada en narración es la que nos da la idea de quiénes somos: atañe esta labor narrativa a nuestra identidad personal”. Cuestionarse y cuestionar fue su único deporte. Para eso creó La hora del lobo. “Lo que define mi obra es la noción de que uno sólo escribe de cosas que le duelen, que le importan y lo han marcado a lo largo de la vida. Uno hace lo que puede y ya se verá si lo que escribiste valió la pena o no. Por lo pronto, un consuelo es saber que muchas de las cosas que viviste y pensaste han quedado en letra de imprenta, y que una vez muerto vas a seguir conversando con los lectores. Eso es lo maravilloso no sólo de la literatura sino en general de la escritura misma”. No obstante, en 2011 le confesó a Moisés Castillo (Animal Político) que se sentía un farsante como escritor: “A sus 70 años de edad, el mejor narrador bajacaliforniano de su generación dice, sin falsa humildad, que es un impostor. Nunca termina de escribir lo que se propone. Nadie lo va entender, sólo él y a penas lo comprendería su sicoanalista después de 100 sesiones. Su silencio se mezcla al aire. Muchos escritores sueñan y hacen todo lo posible para alcanzar el éxito y la fama, ser el foco de atención. Algunos autores tienen en mente hacer un juego perfecto como en el béisbol, pero las crisis aparecen de vez en cuando y Federico lo sabe muy bien. Para él, el verdadero éxito es ser feliz, estar acompañado y tener salud. ‘Hay una especie de autosabotaje para no triunfar. Uno de los enigmas que más me han fascinado en esta vida es el enigma de Juan Rulfo. Siempre me he preguntado por qué dejó de escribir. No se creía escritor, por eso era un hombre tan veraz, auténtico, tan lejos de las simulaciones’. Federico ya dejó atrás el lastre inútil de ser reconocido. Ahora la ventaja que tiene es que le ha bajado el espíritu de la competencia, así que él está tranquilo y escribe lo que puede. Vive feliz sin el reconocimiento ajeno”. Federico Campbell ya no vive pero el reconocimiento lo sigue teniendo. Ayer, el Ayuntamiento del municipio que lo vio nacer, le puso su nombre a la calle Río Bravo de la colonia Revolución. Hoy, que cumpliría 80 años, quisiera recordarlo (tan vivo como entonces) con las palabras que lo presenté aquel frío diciembre de 2008 junto con Miguel Valera en el Auditorio Alberto Beltrán, del semanario Punto y Aparte, con el título de Federico Campbell, de los pies a la cabeza: “De las variadas versiones que se han hecho a partir del famoso Cuestionario de Marcel Proust muy pocas conservan las preguntas originales que se le hicieron al joven Proust, a los quince años, para el álbum de Antoinette Faure, su compañera de juegos en los Champs-Élysées. El segundo cuestionario que se le hizo fue a finales de 1892, a los veintiún años, titulándolo él mismo Proust por sí mismo. El amable y lúdico interrogatorio quiere sondear las inclinaciones y los gustos del personaje en cuestión y plantea preguntas como cualidades, propias y las que prefiere en otras personas, rasgos del carácter, noción de felicidad, gustos y preferencias, etcétera. En ese tenor, a Federico Campbell se le ocurrió, y así lo publica en su blog, hacer una variación del célebre cuestionario con él mismo que lo describe de la cabeza a los pies, mejor que cualquier currículum vitae. Así, nos enteramos que si Federico Campbell fuera un libro sería Pedro Páramo; una flor, el ave del paraíso; un animal, un halcón peregrino, porque es el ave que vuela más alto, caza a su presa volando y se alimenta también durante el vuelo, “así podría ver la tierra como desde una avioneta”, dice. Reencarnaría en Marcello Mastroiani, porque le pagaban por jugar, el trabajo del actor visto como un juego de niños. Se autodefine como disperso y melancólico, pero feliz. De hecho, para él la felicidad es el primer exprés por la mañana y abrir los periódicos, y por la noche, sentarse a su escritorio. Para quien el amor consiste en respetar los secretos del otro, su mayor defecto es la desidia, y la intolerancia lo que más le disgusta, además de su aspecto tímido y desatento. Admira a las personas que tienen compasión por los demás, la paciencia en el hombre y la estructura moral en la mujer. Su mayor extravagancia es decir en francés, italiano e inglés las primeras frases de Cien años de soledad y de Pedro Páramo. Su pluma fuente es el objeto más preciado. Su mayor triunfo, vivir en pareja, y su temor más grande, no ser amado. Schubert es su músico favorito y su intérprete, Mitsuko Uchida. Paolo Ucello, Caravaggio y Bacon, sus pintores preferidos. Marlon Brando, Jack Nicholson, Al Pacino, Robert De Niro, Juliette Binoche, Liv Ullman, Ingrid Thuling, Bibi Anderson, Julianne Moore e Isabelle Hupert, los actores y las actrices que más admira, así como a los cineastas Bergman, Visconti y Scorsese. Sus escritores favoritos son Borges, Kafka, Chejov, Beckett, García Márquez y Juan Rulfo, y sus héroes de ficción, Hamlet, Holden Caulfield, Philip Marlowe y Lord Jim. Si fuera silla sería estilo hindú; enchilada, de huitlacoche; invento, el microscopio. Su viaje inolvidable lo hizo a Sicilia, en 1962, a los 20 años. Su adicción secreta es inconfesable, pero tiene que ver con las imágenes, y su platillo favorito, el menudo sonorense con pata y la machaca de Navojoa. Y de bebida, el agua, de postre, el helado de limón. Si fuera una estrella de cine sería Marlon Brando; una película, Rocco y sus hermanos; un color, azul Francia; una textura, como la del cuero; un instrumento musical, un violín; un árbol, laurel de la India; un metal, como el oro de Cananea; una piedra preciosa, esmeralda; un sonido, de flauta; una canción, Imagine, de John Lennon; un paisaje, como el de los alrededores de Tlacotalpan, que para él es el lugar más bello del país, aunque Oaxaca es su ciudad favorita. Dice que si pudiera pedir tres deseos al Aladino de la lámpara, le pediría que descubriera una cura para el sida, que quitara la contaminación del DF y que le regalara un BMW de cambios. Finalmente, el autor de obras como Todo lo de las focas, Pretexta, Máscara negra. Crímen y poder, Traspeninsular, La clave Morse, La invención del poder, La ficción de la memoria, El imperio del adiós y Periodismo escrito, afirmaba que le gustaría morir al son del Querreque. “Creo que la verdadera muerte es la que sucede antes de morir –decía–. Esos años previos en que entras en una etapa de salud más vulnerable. La ventaja es que te baja el espíritu de competencia y el deseo de éxito social. Así que te puedes quedar más tranquilo y escribir lo que puedas. Aunque más que la literatura, lo importante es la vida real”. Y hace siete años, una fría tarde de un sábado de febrero, una jarana, un violín y un cajón huapanguero le cantaron el Querreque: …Me encontré con la huesuda / sin saber que era la muerte / sin saber que era la muerte / me encontré con la huesuda… / Querreque, querreque / querreque, querreque…

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