#RelatosDominicales Amores peligrosos

Fotografia Facebook Río de la Plata.

Miguel Valera

La conocí en el puerto de Veracruz. Estudiábamos la preparatoria en un colegio cuyo director nos decía “colegas” a todos, aunque él era abogado, notario y millonario. Era un señor simpatiquísimo que de pronto nos sacaba de las aulas y nos llevaba, con canastas de camarones para pelar, a la isla del amor, un paradisiaco lugar allá por Antón Lizardo, mucho antes de que conociera por propio pie, la maravillosa isla de En medio en el parque arrecifal veracruzano.

Jóvenes todos, con hambre de vida y deseos, disfrutábamos esas salidas que rompían lo cotidiano, las clases con una maestra que se dedicaba a leer diez páginas del libro “para que no se acabara” o las intensas lecturas de otra profesora que me acercó al maravilloso mundo de la literatura. Fue en esa época que conocí a una chica que me sorprendió por su naturalidad y hermosura. No iba en mi aula, pero cuando la veíamos en la cafetería o jugando basquetbol con sus amigas, a todos, literal, se nos caía la baba.

La vida, que es implacable, me llevó por otros rumbos, pero para siempre, quedaron impregnadas en mi memoria las imágenes de esa chica, cuyo nombre no voy a revelar. Era simplemente hermosa. Su cabello bailando al ritmo del toque de bola, al caminar, sus ojos tan brillantes, su boca de durazno maduro, fresco. Cuando nos sonreía sentíamos que tocábamos el cielo. Era, repito, realmente maravilloso.

Un día, muchos años después, mientras le veía el fondo a una cerveza ámbar en el restaurante Río de la plata, en la esquina de Lerdo y 5 de mayo, un amigo y viejo compañero de aula, me contó la historia. Él me insistía en pedir una orden de ostiones y un caldo de erizo de mar, argumentando propiedades afrodisiacas. Se río cuando le dije que no los necesitaba y que prefería un filete de negrillo a la veracruzana.

A los dos se nos hizo un nudo en la garganta al conocer la historia de esta chica. Un día, un “malo” se enamoró de ella y no tuvo opción. Su madre se opuso, pero nada pudieron hacer. Anduvo con él. Al principio, la fiesta y la diversión.  Luego, la obsesión y el control. Del festejo pasó a la depresión, por el ímpetu controlador del hombre. No lo amaba, le temía. La mantenía encerrada en hoteles, la llevaba en viajes largos, rodeada de su equipo de seguridad.

Al principio, le contó un día, todo parecía “maravilloso”. Él era “lindo”, atento. Todo se lo ponía en bandeja de plata, pero luego, afloró el controlador, el hombre desconfiado, el que tenía que cuidarse las espaldas. Pasó lo típico, lo que siempre pasa, la empezó a descuidar y a tratar mal. Entonces ella se cansó y un día, típico también, se enamoró del amigo de la juventud. Vivieron días intensos, escapes a la playa, a hoteles, a departamentos, hasta que el hombre se enteró.

El man investigó pelos y señales del affaire y así, mató primero a la hermana mayor del “novio”, luego a la menor y a él se lo llevó para torturarlo en sesiones. Un día se lo dejó a su madre con una pierna rota, otra con un brazo y una más le vacío un ojo. Quería que sufriera, que fuera consciente de que se había equivocado, que se había metido con el hombre equivocado.

La madre —¿te acuerdas de ella y de las veces que nos invitaba un taco?, me dijo el amigo— se armó un día de valor y fue a enfrentar al tipo. —Este no es un asunto suyo, le dijo el hombre. —Le pido un favor, suplicó: ya mátelo. Si lo va a matar ¡hágalo ya!, pero esto que está haciendo usted no es de humanos. ¡Por favor, señor, se lo suplico, mátelo, pero ya no lo torture!

Cuando me contó esto se me hizo un nudo de garganta. El negrillo perdió su sabor en mi paladar. Sentí seca la boca y más amarga que el sabor de la cerveza. Guardamos silencio. Ya no le quise preguntar más. Nos despedimos en silencio, sin saber qué decirnos.

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