Carlos Monsiváis hubiera cumplido 84 años

Luis Gastélum Leyva

“Uno imagina las escenas y el sudor frío corre a cuenta del melodrama”. Nada más por citar una de las frases irónicas de Carlos Monsiváis recogida en una de sus impecables crónicas y de sus ensayos pulcros e imaginativos que marcaron su larga trayectoria en el mundo de las letras y que le valieron unir a Juan Rulfo, Sor Juana Inés de la Cruz, Xavier Villaurrutia, Gabriela Mistral, Jorge Cuesta, Rosario Castellanos, Ramón López Velarde, Lya Kostakowsky y Manuel Buendía en él como depositario de los premios que llevan sus nombres. Para algunos era una gente extraña. Un sabio, para otros. Para los moneros Jis y Trino era un extraterrestre. Prógnata, de escasos pelos canos y alborotados, debajo de los cuales se enfilaban en orden militar las ideas. Siempre estaba presente en donde hiciera falta una crítica o un hecho que registrar. Sabía de todo, era una especie de Ciro Peraloca del periodismo y la literatura. Hablaba de todo y siempre interpretaba a los pobres jodidos incomprendidos por los que todo lo tienen y los que ostentan el poder e imparten la injusticia (“Creo poseer un punto de vista y manejarme según me da a entender el sentido de la discrepancia”, decía). Hoy, el chilango de corazón (decía que conoció el mar hasta los 30 años) hubiera cumplido 84 años si no se le atraviesa la muerte un sábado de junio de hace dos sexenios. Su ausencia pesa pero se le sigue recordando como un intelectual indispensable y un cronista insustituible. Memorable es el texto que leyó Elena Poniatowska aquel día en el Palacio de Bellas Artes donde se le rindió homenaje de cuerpo presente, cubriendo el ataúd con las banderas de México, de la UNAM y de la comunidad gay: “Qué vamos hacer sin ti –dijo la Poni–, tú eres el enfrentamiento más lucido al autoritarismo presencial, el enfrentamiento más lucido a las actitudes absurdas y de los lenguajes políticos, tu eres el enfrentamiento a nuestra clase política y a nuestra clase empresarial, tu confrontas decisiones y declaraciones tramposas e irreales”. La autora de Sansimonsi expresó que el cronista fue la nobleza misma, el compromiso mismo, la defensa de los derechos humanos, la indignación y el llanto: “Tú que jamás decías groserías, ahora sí que no tienen madre, qué vamos hacer sin ti Monsi, cómo vamos a entendernos, cómo vamos a comenzar el día sin tus llamadas telefónicas”. Los amigos reunidos alrededor de su féretro, dijeron que Monsiváis hizo muchas cosas en la vida: fue niño prodigio, fue un intelectual público, un crítico inclemente, un escritor polifacético y prolífico, un símbolo sexual atípico, un erudito multidisciplinario, un filósofo mexicanista tardío, un activista comprometido con las causas más perdidas del país, un conocedor profundo de la literatura, el arte, la historia, el cine y los gatos; un forjador de frases célebres, un coleccionista incansable de grabados, libros y doctorados de Honoris Causa y un chismoso infatigable: “fue todo esto y más”. Desde los cinco años, vivió en una casa de la Colonia Portales de la otrora Ciudad de la Esperanza, tratando siempre de entender y descifrar el humor negro que había atrás de ese título neocolonial producto del surrealismo tabasqueño. De ahí su preocupación y su insistencia por el rescate de las banquetas de la ciudad y de la inseguridad que le producía recorrer sus calles. “La violencia urbana me arrincona; por más que continúe haciendo vida nocturna, el sobresalto ya es el antídoto a mi antiguo placer del recorrido”, comentaba ante el horror que le producían “las personas que están en la esquina con aspecto amenazante y que pueden no pertenecer precisamente a un coro de música barroca”. No se parecía a nadie, como diría Julio Scherer: era una especie de quiste sociológico incrustado en las entrañas de la vida social, política, económica, cultural y artística de los mexicanos. Era el único escritor con el don de la ubicuidad. Hoy recibía un reconocimiento aquí y mañana estaba en otra ciudad, lo que a alguien normal le hubiera costado tres días trasladarse. Vivía rodeado de libros, revistas, cuadros, gatos y monitos de luchadores. Su vida cotidiana se reducía a leer todo papel escrito que pasara por sus manos. Un día en su vida se medía desde que se levantaba, consultaba la cartelera de televisión en el periódico y seleccionaba las películas de la Época de Oro del cine mexicano que iba a ver. Si algo interfería entre Como en la palma de mi mano con su admirado Arturo de Córdova y el homenaje a Gabriel García Márquez en el Palacio de Bellas Artes, lo sentía por su amigo colombiano. Asistía a los homenajes que se le brindaban sólo para contradecir lo que decían de él los ponentes, toda vez que no aceptaba abogados que no hubieran leído la obra completa, escrita hasta ese día, de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, sobre todo Cómo ser exitoso y triunfador en un país de peleles, que gracias a la lectura de sus libros se convirtió en un hombre de fe. Creía que todo funcionaba mal pero estaba convencido de que se iba a componer. Descreía que fuera por milagro, pero su religiosidad en el entrañable cambio le dictaba que al final, como en una película del Santo: el bien vencería al mal. Sostenía una devoción en que los males se corrigieran, por las buenas o por las malas, porque si no, decía, de qué hubiera escrito. El nombre del escritor, quien se decía convencido de que no haría un desnudo ni artístico ni justificado por el guión, aparecía casi diario en los periódicos, perdido entre los 382 abajofirmantes de cualquier desplegado publicado para protestar por la ballena que quedó varada en las playas de cualquier estado costero, por supuesto, debido a la intolerancia de los gobernantes en sus tres niveles. Así era “el vocero de la socarronería”, como llamó Taibo. Pero había en su tamaño humilde y en su voz de murmullo una invitación al equívoco: no es inofensivo, escribió el periodista peruano Toño Angulo Daneri, en la entrevista que le hizo en diciembre del 2002 para el diario limeño El Comercio y reproducida en México por El Universal, en la que hablaba de lo único ante lo que siempre guardó silencio: su memoria prodigiosa y su soledad. Lo sabían bien quienes lo llaman por teléfono y escuchaban a una abuelita que lo negaba con candorosa amabilidad: “El sheñorsh Monshiváish no eshtá”, informaba la venerable, aunque en verdad era él recordando sus tiempos de actor de teatro y, como Pedro, negándose a sí mismo tantas veces cuantas fueran necesarias para sobrevivir. Por eso adoraba los mundiales de futbol, porque el teléfono dejaba de sonar todo un mes.

Afirmaba que ya no leía libros de autoayuda en el sentido de lectura devocional, porque ya había terminado el ensayo respectivo, pero que le dejaron una marca muy dañina: todo lo leía como libros de autoayuda. Un día se sorprendió leyendo La Biblia de esa manera y pensó que a Jehová le faltaba un buen promotor editorial, pues tenía todo para ser un gran best-seller. Lo terrible era que le pasaba con todo. Cuando le decían “Buenos días” pensaba que le estaban diciendo: “Procura que este día te sea placentero y que así como empieza con una mañana esplendorosa continúe también debido a la firmeza de tu carácter”. Los libros de autoayuda le habían dañado definitivamente su, de por sí, débil sicología. Citaba párrafos enteros de Juventud en éxtasis, de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, que no podía borrarlos de su memoria. Era implacable, decía, una maldición, una marca de Caín en la frente de sus neuronas. Pero Sánchez por lo menos le divertía, según decía, lo peor era que no podía olvidar las frases de políticos. Rememoraba un discurso que le escribieron al presidente Ávila Camacho que empezaba así: “Partiendo del pórfido puerto de la esperanza, donde los bajeles de luz del pensamiento son construidos en astilleros de sapiencia”. Hizo hasta lo imposible por olvidar esa frase, pero desde que lo leyó, tendría unos 15 años, nunca pudo. Siempre quiso que su final estuviera marcado por la amnesia, porque ese, decía, sería un modo de redimirse. Contaba que cierta vez leyó la declaración de monseñor Felipe de Jesús Cueto, obispo de Tlalnepantla, que para argumentar contra el aborto decía: “Si el aborto se hubiera permitido en la época de Jesucristo quizá Nuestro Señor no habría nacido”. Sostenía que esa declaración también le había hecho un gran daño. Aseguraba que esa maldición se debe un tanto a su formación protestante, al hecho de haber tenido que memorizar versículos enteros de La Biblia, porque cuando a una tierna edad se tiene que memorizar unos 500 versículos, ya estás determinado. Recordaba que la primera vez que dijo completo el Salmo I se sintió orgulloso. Cuando lo repitió, todavía se sintió orgulloso. La cuarta vez dijo: “No, esto ya está mal”. Entonces tenía escasos diez años. Lo peor era que si se le pedía que lo repitiera ya en su tercera edad, lo repetía. Entonces, creía que no era algo que tuviera que ver con una buena memoria, sino con una memoria muy rencorosa, que hubiera querido ser la memoria de otra persona, pero como acontecía que era su memoria, quería vengarse dejándole impregnado de una cantidad de cosas absolutamente innecesarias: diálogos de películas mexicanas, frases de conversaciones con los amigos y, como decía, si retienes de memoria lo que dicen tus amigos, ya qué te queda. Sin embargo aceptaba que la memoria le sirvió para tener una carrera brillante en el colegio sin tener ideas. Decía que su memoria era de político en la medida en que podía recordar el nombre de muchas personas. Por lo menos la del político de antes, que decía: “¿Cómo estás, José? ¿Cómo está Clarita, tu mujer? ¿Y tus hijos? ¿Sigues teniendo la misma casa? ¿Estás todavía dispuesto a entregarte a la causa ahora que me lanzo a postularme por cuarta vez?”. Todas estas cosas tan bonitas que se han perdido, porque al político de hoy le basta decir: “Vamos bien, ¿eh? Sigamos adelante”. Hasta su muerte, Carlos Monsiváis convivió con más de una decena de felinos en su casa de la colonia Portales. El insustituible cronista de México, quien atribuía su fama no a su literatura sino a sus apariciones en la televisión, decía que apreciaba su irreverencia, su belleza y flexibilidad, la suma de sus destrezas: “Sin mis libros me sería imposible vivir y sin mis gatos también –decía–. Los libros no aúllan ni los gatos proporcionan sabiduría, por eso no podría elegir. Preferiría entonces vivir sin mí”.

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