La Universidad Veracruzana y el fútbol

Roberto Yerena Cerdán

 

Han pasado los días, y en el contexto cotidiano de la Universidad Veracruzana suceden cosas que bien vale la pena dejar que maceren para que las palabras y las acciones de los personajes involucrados adquieran su justa dimensión. En este sentido, seguramente las autoridades universitarias, desde el rector hasta su grupo cercano de colaboradores, negarán que la institución vive una crisis de conceptos y de gestión. Contra viento y marea, los problemas se tratan de apaciguar desde la visión light que se vive en las Lomas del Estadio.

Captar la marcha de estudiantes y maestros de la facultad de sicología indignados por las condiciones imperantes en su institución se vuelve una imagen banalizada del problema, quizá resuelto por el equipazo negociador apaga fuegos que salió a atender las demandas, instruido por el rector, a quien alguien le aconsejó no saliera a dar la cara, porque para eso está el teleprompter. Y un estudioso de los movimientos sociales debe entender que el mundo que se mueve en la calle a veces resulta complicado enfrentarlo y se corre el riesgo de perder la figura.

Pero mientras la actual rectoría enfrenta diversos escenarios que desdibujan el rostro amable de la UV, en el marco del evento La Universidad pública frente a su actual momento histórico (https://www.youtube.com/watch?v=Mh08qJvtjQ0)–organizado el pasado mes de septiembre por la actual Junta de Gobierno para celebrar los 25 años de la concedida autonomía universitaria por el entonces gobernador Patricio Chirinos, y en la Conferencia Magistral, La universidad y el panorama político contemporáneo en el orden nacional y subnacional– Alberto Olvera Rivera, investigador del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales y ex miembro de la afamada junta de ilustres, luego de utilizar impactantes adjetivos y adverbios de modo, termina terriblemente exhausto; y siendo como es, apasionantemente claridoso, expuso la situación de la educación superior en México en relación al contexto político; y nos recuerda a todos, antes que nada y para que se tome nota, que la universidades públicas forman parte del estado, por si no lo sabían.

El panorama desolador que expuso el doctor Olvera, y en alusión a la Universidad Veracruzana, prácticamente dicta sentencia al afirmar que el Alma Mater se encuentra en una encrucijada de la que casi depende su existencia. Y algo de eso ha de saber porque tiene más de cuarenta años contribuyendo, en su esfera de producción intelectual, a lo que la UV es hasta hoy; porque asignando responsabilidades de la catástrofe, no se vale sustraerse si se piensa que existen talentos excepcionales que, sin embargo, no han logrado transformarla a partir de un proyecto colectivo que resulte sublimemente trascendente.

Más allá del entorno estrictamente universitario, Alberto Olvera sugiere una transformación que prácticamente concierne a todo el sistema educativo en sus coordenadas históricas y nacionales. De este modo, niveles que van de la educación básica hasta los posgrados deberían someterse a un rediseño institucional que le correspondería emprender al estado responsable, en primera instancia, de la educación pública, cual debe; pero si no, pues echar mano de lo que se tiene, como siempre lo ha sido; así sea que con ello se afecten los consabidos poderes sindicales y las mediocridades reproducidas en automático.

Resabios históricos, estructuras de gobierno, coyunturas políticas, concepciones educativas y formas de organización de la investigación y la enseñanza semejan la piedra de Sísifo, que, por los plazos y las estrategias requeridas para llegar a la cima, bien habría que sentarse a esperar a que la roca no regrese al valle. Ya encarrilado, hacia el final de su conferencia y rotundamente convincente, el Dr. Olvera exhorta a su colega y amigo, el rector Martín Aguilar Sánchez, allí presente, a que emprenda las acciones inmediatas para iniciar lo que sería para él –con evidente sarcasmo– un proceso excepcionalmente revolucionario, y de forma colateral, lograr la transformación de los fundamentos de la educación de este país, que ni Vasconcelos, Agustín Yáñez o Reyes-Heroles se imaginaron.

No hubo polémica entre el conferencista y el auditorio; salvo lo que expuso el maestro de la facultad de antropología, Jorge Solano, más preocupado por señalar la transición civilizatoria del capitaloceno al androceno, también ubicada en el catastrofismo pos capitalista; aunque no queda claro que tiene que ver lo anterior con la urgencia de transformar la educación superior y, particularmente a la UV. Pero como bálsamo para mitigar las angustias universitarias, apareció el ex director de posgrado, el doctor Mario Miguel Ojeda, quien dice aportar un discurso de autoayuda [sic] que deriva, más bien, en una visión gerencial eficientista para optimizar el tiempo y reducir costos, que resuena a un taylorismo desfasado. Pero también algo debe saber al respecto, luego de ser tantos años funcionario universitario y recibir compensaciones al salario sin evaluación alguna sobre su desempeño. Y si no, pues a ver qué más se le ocurre al doctor Olvera.

Se puede estar de acuerdo con el diagnóstico; pero antes habría que echar una mirada a las entrañas de la UV, para no fugarse de la realidad y normalizar las prácticas viciadas y selectivamente compartidas entre la diversa comunidad académica, el sindicato y las estructuras burocráticas. Y una referencia inmediata que contrasta con el diagnóstico  de Alberto Olvera –o que lo confirma– es el hecho inopinado de que la actual Junta de Gobierno haya seleccionado, el pasado 21 de octubre, al que sería el Secretario Académico palomeado entre tres personajes propuestos por el rector, luego de “… deliberar sobre la idoneidad de la terna recibida”, pasando por el arco del triunfo lo dispuesto en la Ley Orgánica del Universidad Veracruzana. Varios medios informativos locales –lamentablemente, no a partir de señalamientos formulados por miembros de la comunidad universitaria– en su momento advirtieron la flagrante violación al Artículo 40, fracción II de la Ley Orgánica de la UV, sin que a los propios integrantes de la Junta de Gobierno y al mismo rector les aparecieran señales de rubor.

No se trata de una ambigüedad de la ley sujeta a la interpretación jurídica o a la aplicación de una enmienda, como podría pensarse. Ni siquiera es un asunto privativo de la ciencia jurídica y de abogados exégetas, porque entonces cabría esperar que, en primera instancia, los miembros de la facultad de derecho o del instituto de investigaciones jurídicas, por lo menos levantaran la ceja y fruncieran el seño ante las piruetas argumentativas, a todas luces improcedentes, que los miembros de la Junta se atrevieron a asumir para que, finalmente, Juan Ortiz Escamilla fuese elegido como Secretario Académico, luego de emitir humo y humor negros. Y perdón, no es “la obsolescencia del marco normativo” (comunicado de la Junta de Gobierno a la comunidad universitaria) lo que ha limitado el quehacer académico de la Universidad Veracruzana, sino la falta de creación, reproducción, consolidación y proyección que los propios universitarios no han sido capaces de generar para posicionar a la UV en otras latitudes, más allá de la comarca. Nuevamente, la interpretación jurídica retorcida no alcanza a percibir los distintos pliegues de una realidad que rebasa la codificación de los intereses concretos y las acciones de personajes que actúan a partir de motivaciones particulares, comenzando por las del rector en turno.

¿Qué le otorga a la Junta de Gobierno las atribuciones para determinar que la “incongruencia legal” y la “obsolescencia del marco jurídico” que rige a la UV puedan ser resueltas aplicando la legislación secundaria, independientemente que el preclaro secretario académico “goce de todas sus capacidades y aptitudes” a sus más de 65 años? Pues son las atribuciones que todo poder autónomo ejerce sobre sí y para sí mismo sin que exista otro poder que lo limite. Es el germen de otra forma de auto gobierno que no puede ser interpelado por una comunidad que, además, renuncia a ejercer contrapesos. Lo que desconcierta es saber que, en favor de la lucidez, la Junta de Gobierno explique que todo esto lo hace “ … en momentos de gran desmesura e intromisión política en sus asuntos académicos”. Convendría que aclarara qué acechanzas se ciernen sobre la UV y qué se pone en riesgo; porque ello atañe a toda la comunidad académica.

El meollo consiste en que se renuncia a ejercer el simple discernimiento que cada universitario debe tener acerca de su papel como tal frente a su compromiso con el conocimiento y con la exigencia del cumplimiento de las normas que regulan la vida institucional, dejando que una instancia supra universitaria tome las decisiones que a ellos competen, porque de ellas derivan la funcionalidad y la anhelada calidad académica. Y también resulta una falta de respeto a la inteligencia el afirmar que la autonomía de la Junta de Gobierno no se expone a los contactos directos y sugerencias, no tan sutiles, entre sus miembros –unos mas que otros– y el rector o rectora en turno. No es posible concebir que una terna de bajo perfil tenga que ser necesariamente sometida a una selección, rescatando de ella, en forma por más lamentable a quien, por simple limitación normativa, no cumple el requisito –sin duda absurdo– de la edad máxima; porque esto no significa que el elegido sea incompetente en la tercera edad, como tampoco significa que sea el idóneo tan solo por sus méritos curriculares. Por cierto, también cabría preguntar al doctor Juan Ortiz si él no ha sido partícipe en la aplicación de criterios de exclusión en su ámbito académico, tal como el que ahora ha sorteado.

La capacidad de gestión de cualquier funcionario de la universidad no depende de ambos factores –el currículo y la edad–; pero al parecer lo que sí termina gravitando es el mutuo y aferrado compromiso existente entre el doctor Juan Ortiz y el actual rector. Y esa necesidad de la máxima autoridad universitaria para fortalecer esa alianza debe contar con correas de trasmisión eficaces en su relación con la Junta de Gobierno; aunque para ello se tenga que violar la Ley Orgánica y, al mismo tiempo, se salven los derechos humanos del doctor Escamilla, puestos en peligro. Y del ejercicio y la participación democrática en la UV, ni hablar. Esta universidad jerárquica –como muchos aseguran que toda universidad debe ser– no puede sustentarse en trayectorias académicas deslumbrantes. Hacen falta otros atributos, más que Curriculum Vitae y contribuir al refranero popular universitario.

Y si se vale una digresión, ¿qué tiene que ver todo este desparpajo con el fútbol mexicano, una actividad aparentemente banal? Pues, para empezar, este giro argumental nos despoja de cualquier forma de pedantería intelectual y nos ubica en un contexto social donde prevalecen el poder económico y las estructuras corporativas que hacen que un deporte popular se haya convertido en espectáculo de masas y creación de imágenes consumibles. Y sin mayor preámbulo, así como se pregunta por qué las universidades públicas en México no alcanzan un rango de excelencia regional o mundial, también cabe cuestionar por qué no se ha obtenido o no será posible obtener jamás la copa del mundo. Y las respuestas, curiosamente, discurren en la misma orientación y no son simples analogías.

Las potencias futbolísticas, históricamente muestran un patrón dominante. Italia. Alemania, Inglaterra, España concentran la mayor parte de los campeonatos mundiales, además de tener las ligas más competitivas, al igual que sus clubes. Brasil y Argentina, en ese orden, también destacan por su presencia a nivel mundial, más no como estructuras nacionales, sino como potencias basadas en talentos espontáneos y concepciones futbolísticas idiosincráticas.

Aquí en México nunca ha habido un Pelé, un Maradona, un Di Estéfano o un Messi. Acaso Hugo Sánchez, Rafa Márquez y “Chucki” Lozano. No existe trabajo profesional en fuerzas básicas y el fútbol es una maquinaria que está bajo el control de una empresa televisora, incluyendo la federación de fútbol, el staff de la selección nacional y la comisión de arbitraje. Los jugadores que emigran a las ligas europeas, apenas si tienen minutos de juego. En la liga mexicana proliferan jugadores y técnicos extranjeros; por cierto, muy bien pagados. Los medios de comunicación hacen críticas incisivas a la situación imperante en la liga de la primera división y en la selección nacional; pero no ocurre nada. Como tampoco nada cambia en la UV. Así como México no alcanzará el quinto partido –salvo que a futuro se den transformaciones radicales en sus estructuras organizativas–, seguramente la Universidad Veracruzana seguirá siendo la institución de educación superior más importante del Estado de Veracruz; y nada más. Y no será un asunto exclusivo del estado, que es el territorio donde se define el campo de la política educativa. Es una responsabilidad que se ubica en las propias estructuras de las universidades, donde también se hace política de forma muy activa; más allá de la búsqueda de estándares de excelencia académica.

Al parecer, hablar de cerebros y piernas no es lo mismo. Pero lo es cuando, en cada contexto, no existe una base formativa, instituciones sólidas y espíritus creativos que permitan alcanzar niveles competitivos de elite. Y esto solo puede ser resultado de la inteligencia y la educación en su acepción más amplia y profunda. A veces, pueden contribuir a ello la voluntad y la espontaneidad; pero no serán suficientes.