#RelatosDominicales Mensajes al cielo

Miguel Valera

Cuando Mauricio falleció, a su madre se le partió el corazón. Nunca había entendido nada del dolor humano hasta que sostuvo en sus brazos el cuerpo inerte de su querido hijo, apuñalado por un vagabundo borracho, muy cerca de su casa. ¡Y todo por salir a comprar unas tortas de pierna que tanto le gustaban!, decía con un coraje que le salía de lo profundo del alma, del corazón, ahí donde los viejos decían que nacía el valor y la esperanza, como leyó en un poemario viejo de Octavio Paz.

Lo amaba profundamente. Lo crío sola, luego de que Juan José la abandonara para irse con una cantinera de la calle Juan Salvador Gaviota, en uno de los barrios más sórdidos de la ciudad. Desde que salió de esa colonia pobre en la que JuanJo la había metido, Alicia no cometió el error de la mujer de Lot de voltear atrás y siguió, hacia adelante, con paso firme, cargando en brazos primero y luego a su lado, a su pequeño hijo Mauricio.

Este martes negro, trágico, lluvioso y con 12 grados de temperatura, recogió el cuerpo de su hijo y su corazón roto, despedazado, sin saber bien a bien qué sería de su vida. Ya nada tenía sentido. ¿Para qué seguir caminando? ¿Hacia dónde ir? ¿Qué más se podría encontrar que no fuera ese dolor profundo, hondo, que le apretaba el pecho? Sus lágrimas se confundieron con la lluvia que azotaba su rostro y pasó la noche en la morgue, hasta que a media mañana una chica desaliñada le dijo que hiciera los arreglos funerarios para llevarse el cuerpo de su hijo.

II

Buscó dinero, hizo los arreglos necesarios y entregó a la tierra el cuerpo de su hijo, mientras el diluvio seguía en la ciudad. Los sepultureros quedaron impresionados al ver llegar la carroza fúnebre con el chofer y la madre. ¿Dónde está la familia, dónde están los amigos, los vecinos, alguien? Huérfana de padre y madre, solitaria, abandonada por JuanJo, Alicia había elegido la soledad y Mauricio era su Dios y su todo, el único sentido de su vida y existencia.

Dio las instrucciones y muda, quieta, contempló cómo la tierra mojada caía sobre el ataúd de su todo en la vida. Uno de los administradores del panteón intentó cubrirla con una sombrilla primero y una frazada después, pero Alicia se negó. Como un zombie, porque así se consideraba, muerta en vida, Alicia pagó los servicios y salió del panteón, dispuesta a quitarse la vida. Ya aquí, se dijo, no hay nada qué hacer.

Cuando llegó a su departamento entró al cuarto de su hijo, los juguetes de la infancia, los videojuegos, los libros, los discos de sus grupos preferidos y lloró, lloró y lloró profundamente hasta que se quedó dormida, exhausta, arrullada por la impetuosa tormenta que azotaba sus ventanas.

III

Al otro día se despertó con mejor ánimo y le mandó un mensaje vía WhatsApp a su hijo: “Mi Mau, te extraño mucho. Ya quiero verte pronto. Te quiere, tu mamá”. Soltó sus falanges de ese aparato de comunicación móvil y se sintió tranquila. Sabía que él estaba muerto, pero sintió en lo profundo de su ser, esa necesidad de comunicarse, de hablar con él. Cansada por tanta emoción acumulada, se quedó dormida.

Al otro día despertó de mejor ánimo y volvió a su teléfono: “Mi querido Mau, espero que estés bien. Por la tarde voy a comprarte unos nuevos videojuegos que me recomendaron. ¿Sabes? Quiero que me enseñes a jugar ese que tanto te apasiona. Te quiere, tu mamá”. Cerró el teléfono y se fue tranquila a trabajar.

Antes de concluir su jornada de trabajo Alicia tomó nuevamente su teléfono y escribió: “Mau, ¿sí llegas a comer? ¿Qué se te antoja? Voy a guisar las puntas de filete que tanto te gustan. Compré papas para freír. Te amo”. Salió apresurada de su oficina y pasó al supermercado por carne y papas congeladas. Preparó la comida con rapidez y mientras freía las papas se sirvió una copa de vino y puso platos y copas en el espacio de Mauricio.

IV

Cuando yo la conocí y conversé con ella, Alicia seguía pensando que su querido hijo Mauricio estaba vivo. Hablaba de él siempre en presente. —Hoy lo veo. —Salió de la ciudad, pero no tarda en regresar. —Es muy inteligente. —Me encanta lo que escribe. —Lo amo. No sé qué haría sin él, eran expresiones cotidianas, ordinaras, todas referidas con un rostro luminoso.

Cuando me mostró su teléfono me quedé impresionado no sólo de los mensajes de texto sino de las múltiples llamadas con mensajes de voz en el buzón de un móvil, el de su hijo fallecido, que seguía activo, vigente, en la compañía telefónica, porque ella pagaba puntualmente la factura. Al principio me impresionó, luego pensé en buscarle ayuda, pero me arrepentí. Llevaba una vida normal, plena, como buena persona y ciudadana. Sabía en su interior que su hijo estaba muerto, pero al saberlo y sentirlo vivo le había dado un sentido a su vida.

Cuando consulté el tema con un amigo psiquiatra, el doctor Jaime Sepúlveda Rodríguez, me dijo que así la dejara, que cultivara su amistad si me interesaba, pero que no la sacara de ese mundo paralelo, de esa ficción existencial, porque significaría un cambio de paradigma, una ruptura, que podría costarle la vida. Hasta el día de hoy, de vez en vez, suelo cenar con Alicia. Comemos arrachera, papas fritas y en ocasiones tomamos hasta dos botellas de vino. En la mesa de su casa siempre está el servicio de la mesa para Mau, porque ella está segura que un día nos acompañará en el brindis.