SUMARIO


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Escalofriante II

Gustavo González Godina

…y yo conocía perfectamente la ubicación del dinero enterrado. La casa de mi tío Leonardo “Chitoleón” era pequeña, como casi todas en el rancho, nunca falta un ricachón que tuviera un caserón, pero la mayoría eran pequeñas, y ésta yo la conocía porque iba de chiquillo a comprar algún mandado, y aunque mi tío abuelo despachaba por una ventana que daba al exterior, yo entraba porque era familia, así que desde ya me vi escarbando para sacar el dinero y salir de jodido.

Al siguiente domingo de la plática con Socorro la de Ansurio, llegamos temprano al rancho La Agua Zarca (municipio de Totatiche, Jalisco) mi hermano Carlos, mi compadre Conrado, dos de sus niños y el que esto cuenta. Íbamos dispuestos a hacernos ricos. A las 8 de la mañana ya estábamos tocando a la puerta de la casa de Socorro para que nos prestara un pico y una pala.

Y allá vamos… La casa de Chitoleón está como a unos 300 metros de la de Ansurio. Y al llegar ¡ándale! que en el punto exacto donde dijo el difunto que había enterrado el dinero, se había caído la pared de la cocina y hacía tiempo ya, porque sobre el montículo que formaron los escombros había crecido ya la hierba. Había que escarbar mucho más.

A mí francamente me interesaba más el relato, tomar nota y tomar fotos para luego narrarlo en el periódico. No digo que la posible ganancia no me interesara, a quién le dan pan que llore, pero no me quitaban el sueño las monedas que pudiéramos encontrar, y además para eso llevaba yo chalanes para el trabajo pesado, así que les dije dónde a mi hermano y a mi compadre y empezaron a escarbar en busca del dinero de Chitoleón.

Mi compadre se enojaba y mi hermano también, decían que no me hiciera pendejo, que sólo era bueno para dirigir, pero no daba golpe, que dejara la camarita y me pusiera a chingarle con el pico o con la pala. Les ayudé un ratito para que se dejaran de habladas, pero a decir verdad fueron ellos los que más escarbaron.

Por ahí de las 10 y media de la mañana, cuando ya casi le llagaban a la base del montículo (más lo que faltaría para abajo), vino una de las muchachas de Ansurio a decirnos que decía su mamá que nos fuéramos a desayunar, esto a la casa de mi tía Baudelia, porque allá hacían su vida de día la familia de Socorro, sus dos hijas y tres hijos más chicos, que quedaba unos 250 metros hacia abajo de la de Ansurio, hacia el rancho, en las noches solo se quedaba en esta casa mi prima Cecilia, Chila, porque ya no vivían mi tío Pedro y mi tía Baudelia y todos los demás se habían ido pa’l norte. Pero en el día la vida era allá, de todos, así que les dije a mi hermano y a mi compadre:

– Órale, que nos vayamos a desayunar.

– No ni madres -dijo mi compadre- ya le llegamos al ras del suelo, ya qué tanto puede faltar…

– Pero ahorita venimos a seguirle…

– ¿A seguirle tú pinche compadre huevón? Si tú parece que nomás viniste a ver… llégale tú a desayunar, nosotros le vamos a seguir.

Bueno -pensé yo-, están corriendo el riesgo de no encontrar nada por su ambición, están frenéticos por su avaricia. Yo me voy a desayunar y a platicar con mi prima (política), mis sobrinas y mi prima Chayo, y ahí si se encuentran algo y me dan unas monedas pues bueno, y si no pues ni modo, yo ya tengo que narrar.

– Ahí se ven pues, chínguenle como negros, yo voy a desayunar un jocoquito con frijoles de la olla, queso recién molido y chile del molcajete con tortillas recién hechas a mano. Si ustedes no quieren pues allá ustedes. Ahí la…

Me fui, desayuné, regresé como 40 minutos después y ya llevaban un hoyo como de 30 centímetros de profundidad. Me contaron que les había salido un animal muy feo y que lo habían metido en una jaula hechiza que construyeron con unos alambres viejos que por ahí se encontraron. Era un tlacuache, que los asustó más bien por feo que porque tuviera algo que ver con el dinero enterrado.

– Bueno, síganle -les dije- yo creo que ya mero le llegan al tesoro, no creo que Chitoleón escarbara mucho ya viejo. ¡Abusados! nomás con los gases que despiden la plata o el oro enterrados.

– ¡Aquí hay algo! -gritó mi compadre media hora después, cuando llevaban unos 40 centímetros de profundidad-, ¡es como la boca de un cántaro, está tapada con un plástico grueso que se ve que en sus tiempos fue rojo!

-¡No la destapen… ¡a ver a ver! No destapan el cántaro, porque acuérdense que del dinero enterrado emanan gases tóxicos que si se respiran pueden ser letales. Escárbenle todo alrededor hasta abajo para sacarlo entero y acá afuera lo rompemos contra esa piedrota.

Así lo hicieron y mientras mi hermano y mi compadre escarbaban con mucho cuidado hacia abajo y alrededor del cántaro, yo me imaginaba ya la cascada de oro, o por lo menos de plata, que brotaría al romper el cántaro contra la piedra.

Cuando llegaron al fondo, el cántaro que estaba tapado con un plástico rojo y grueso, estaba bien asentado también sobre unos ladrillos. Una maceta no era, qué hacía un recipiente así enterrado 40 centímetros abajo del nivel del suelo… ¡Ya chingamos!

¡Ajá!… sacaron el cántaro con mucho cuidado, lo trasladaron entre ambos hasta la piedrota que habíamos convenido y ¡Zas! lo estrellaron… ¿y qué cree usted…?

Brotó un torrente, pero de arena fina de río… Nos quedamos estupefactos -por no decirlo de otra manera- y sumamente intrigados. Si en aquella región donde yo nací no hay ni ríos, mucho menos arena de río. El más cercano es el Río Chimaltitán que está a muchos kilómetros de distancia…

Qué significaba aquello… Una maceta no era, arena de río no hay por ahí cerca, y el hallazgo estaba en el punto exacto donde mi tío abuelo Leonardo Alcalá, Chitoleón, le dijo a Socorro cuando se le apareció aquella noche que había dejado su dinero enterrado.

¿Qué pasó? no lo sé. De lo único que estoy seguro es de que un muerto se le apareció a Socorro la esposa de mi primo Ansurio, porque Ella es incapaz de mentir y por lo que hallamos en el punto donde le dijo el difunto.

Eso me acabó de convencer a mí de que no todo termina con la muerte, de que hay algo después de esta vida. Fue la enseñanza que me dejó esta aventura. No es cuento, ocurrió.

Tiempo después supe, me platicaron mis parientes que, en la siguiente temporada de lluvias, cuando bajan del monte pequeños arroyuelos que se forman con éstas, a la orilla de uno de estos que pasa muy cerca de la casa de Chitoleón, un hombre de edad avanzada y pobre se encontró dos monedas de oro.

Esto último ya no me consta, todo lo demás sí.

Muchas gracias por sus comentarios a todos aquellos lectores que me hicieron el favor de decirme algo al pie de la primera parte de esta narración. Gracias. Si a alguien le gusta este género, con gusto tengo más anécdotas por el estilo.

Con mis primos Ansurio, Chayo y Chila Castañeda Godina, Miguel Escatel esposo de Chayo, Socorro Delgado esposa de Ansurio, su hija Coco Castañeda Delgado, el marido de ésta Chuy Bugarín y el hijo de ambos Alex Bugarín Castañeda en una carne asada y tequilas en la casa de Miguel en San Gabriel, el pasado 21 de enero de 2024.