TERRITORIOS BALDÍOS


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Enemigo de uno mismo

Darío Fritz

Aquí estamos, preguntándonos cosas. Cosas que habríamos preferido que no pasaran. Hacerle caso a la irascibilidad, dormirnos en la confianza al desconocido, barrer el piso en las noches, pisar la línea de cal a la entrada de un campo de futbol, pasar por debajo de la escalera de los trabajadores que reparan el servicio eléctrico tras una tormenta. Levantar en cólera por un insulso incidente de tránsito. Algunas veces responder con sinceridad. Otras, aceptar la respuesta hipócrita.

Qué la planta de albahaca para aromatizar los pestos no muriera podrida en agua. Qué el agua del mar en una visita relámpago estuviera tan fría para poder disfrutarla. Insistir con la ropa que al paso de los años demuestra que ya no va, mantener el recuerdo avinagrado de aquel profesor de contabilidad vengativo con malas notas ante las ausencias por enfermedad. Tener sexo porque sí. Repetidamente. Aceptar que las balas no van a pegar sin preguntar en calidad de qué se encuentra uno presente, a decir de Rolo Diez.

Cosas que no deberían haber ocurrido.  Descubrir a tu músico favorito pasado de whisky y droga tras bambalinas de un recital para púberes de discoteca. De hartarnos de unos jefes anodinos, de aceptar elogios juveniles sin aterrizajes sobre la tierra, de perseguir afectos incruentos, negar las oportunidades, pisotear los propios sueños, pensar con volatilidad bipolar, decidir con la soga al cuello.  Dejar la solución de una esperanza a la magia de la providencia. No darle su lugar a las sensaciones extrañas y aceptar las que le dan sentido a los adelantos del carácter. No debería haber pasado, que tu padre te dejara cuando no tendría por qué morir.

Otras y tantas cosas que no deberían pasar y retumban. Creer en las historias oficiales, intentar corregir las historias de otros, dar por cierto los recuerdos más desabridos, negar el frío de un río de montaña sobre la epidermis de los pies ardientes. Correr sobre calles de ripio, correr para sufrir el cansancio, correr para matar el odio. Correr sin un porvenir. Pelear contra la esperanza. Dejar que las series de streaming insuman las noches y los días apenas resuelvan asuntos. Que para escuchar a Ute Lemper, Bon Jovi, el Indio Solari o Manzanero, sólo se requieren oídos. Negarnos a que la escritura sea un cuchillo que revuelve biografías así como la precisión es un pulverizador para cada chisme.

“Vivo en una estructura / inmóvil / artificiosa / no puedo soltar la voz / indago en mil detalles para comprender / miro al cielo / el universo está pleno / no lo podemos vivir / y nuestra pequeñez pretenciosa / creyéndose todo / sigo buscando lo que no sé / Voy a encerrarme en una gota / hasta romperme”, dice la poeta argentina Liliana Majic.  Otra mujer, la escritora Leila Guerriero subraya: “El infierno vive en nosotros bajo la forma de la indiferencia”. El peor enemigo lo llevamos dentro. Si hiciéramos un protocolo para contrarrestarlo, su último punto debería decir: hacer cenizas de sus brasas no estaría nada mal.

@DaríoFritz