Roberto Yerena Cerdán
El señor se queda. Martín Aguilar habrá de consumar su impostura como no rector de la Universidad Veracruzana dado que, en efecto, el recurso de atracción del caso en el pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación fue rechazado con siete votos en contra y dos favor, por parte de los magistrados. Mandan el proyecto de regreso a la resolución tomada por el Primer Tribunal Colegiado del Séptimo Circuito. Una especie de El jardín de senderos que se bifurcan, en versión jurídica grotesca e inapelable. La argumentación jurídica se sustrae del contexto real que vive la UV y da lugar a pensar que la autonomía de una institución de educación superior no puede ser supervisada y regulada cuando su marco jurídico es descaradamente violentado y rebasado por apetencias indignas; pese a que es el estado quien la financia.
Entonces, ¿la naturaleza de una entidad como la UV se encuentra fuera de las atribuciones de la SCJN, o el proyecto presentado por la magistrada Lenia Batres careció de sustento? Si así fuera, no se entiende con qué argumentos se solicitó la atracción. Como haya sido, este recurso legal topó con pared, porque la codificación de la vida social a través del derecho (todo un sistema de normas, reglas, obligaciones, juicios, absoluciones y penalizaciones) no alcanza a concebir la complejidad de la vida social; aunque emane de ella. Seguramente a los magistrados les vale un cacahuate el hecho de que en la Universidad Veracruzana se vive un estado de ilegalidad evidente y absoluto. Entonces, ¿a qué órgano le corresponde resguardar la legalidad interna cuando el fundamento de la autonomía ha sido arrasado por un desplante de poder discrecional por parte de dos instancias universitarias representativas: el rector y la nada honorable Junta de Gobierno?
Por otro lado, bien vale la pena hacer otra reflexión en el contexto de una contienda universitaria, donde los valores que deben prevalecer se subordinan a sendas estrategias que buscan posicionarse en estancias de poder. El mismo no rector siempre apela a los debates, pero no ha sido capaz de darlos él mismo, de cara a la comunidad universitaria. Mucho menos con sus excolegas del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales. Para su fortuna, la Red UV por la legalidad se convirtió en una miscelánea de divagaciones, tonterías, muestras de inoperancia y presencia de burdos infiltrados. Estas limitaciones no obedecieron a perfiles personales –aunque sí– sino a condiciones estructurales, donde lo estrictamente académico se desplaza para dar lugar a los escenarios políticos, que no debiesen condcionar la gestión de una universidad. Y en ello, los iniciales y principales alentadores de la protesta legítima –dos ex rectores y una ex rectora– acabaron haciendo mutis. No es que fuese necesario convertirlos en líderes carismáticos. Imposible. Solo hubiese bastado asumir un papel más comprometido y ser capaces de activar movilizaciones de protesta y presión, dada sus experiencias previas y su colmillo retorcido. Desaparecieron del escenario y nadie sabe por qué. Lo mismo sucedió con los tres presuntos aspirantes a la rectoría, que pasarán rápidamente al olvido. Y los destacados ex miembros de la Junta de Gobierno también tuvieron una presencia inicial importante; pero luego, no siendo una querella que les quitara el sueño, decidieron no escalar el asunto y dejaron el movimiento –y lo que este haya sido– a la voluntad de Dios, o a la de la SCJN.
El caso resulta inédito y vergonzoso en la historia de la UV, y en el futuro se requerirá revisar y ajustar las legislaciones internas para establecer candados que impidan interpretaciones tramposas y viles. Volviendo al punto, es el Consejo Universitario General la instancia legalmente reconocida para vigilar el desempeño del rector, resguardar los fundamentos de la autonomía, defenderla de cualquier asechanza y evitar que la vida universitaria marche sin rumbo y, lo mas importante, que tenga una presencia determinanate cuando el no rector en turno carezca de la personalidad, la inspiración y el carisma que un representante universitario deba poseer. Pero la actitiud de la mayoría de los miembros de la Junta de Gobierno dio muestras de ignorancia supina, servilismo y ridiculez renunciando, explíctamente, a ejercer un papel digno. Lástima que no se pueda constatar, porque el video de la trasmisión en vivo de la sesión del CUG, a través de TeleUV, fue bajado de la red, en una inocultable muestra de estupidez mediática y transparencia institucional.
Martín Aguilar no ganó esta partida frente a la corriente opositora a su prórroga y frente a la manifestación de numerosos universitarios, incluidos estudiantes conscientes y decididos. Sin duda, la perdió ante sí mismo; porque no hay salida posible cuando uno se coloca en una situación tan cuestionable e infame. Familiares, amigos de verdad, asesores lúcidos (que no los tiene), a estas alturas ya debieron darse por vencidos ante la implacable soberbia de un personaje gris que se ha empeñado en posicionar a la UV, no en la demagógica e imposible búsqueda de la excelencia, sino en la vulgar estancia en la mediocridad. Sus primeros cuatro años lo demuestran –pese a los entusiastas y lamentables porristas que se manifestaron en el CUG–; pero los venideros parecen ser una verdadera amenaza. Cuando culmine su no rectorado, espero que él mismo evite exponer su caricatura en la sala de la rectoría, junto a los otros rectores. Que miren que algunos de ellos también se las gastaron.
Esta es la universidad que se tiene a partir de sus integrantes, incluyendo la prominente y nefasta presencia de Martín Aguilar. Parafraseando a Octavio Paz, el no rector podrá hacer todo el mal que quiera (en la Universidad Veracruzana); y ningún bien, aunque quiera. La calidad académica de una universidad y su estatus institucional no se establecen por decreto y por simple voluntad. Es un proceso creciente y acumulado de creatividad, imaginación, inteligencia y capacidad de convocatoria, que se encuentran a años luz de los dudosos atributos del no rector.
En el trascendental orden del día que aprobaron por abrumadora mayoría, en primer lugar impidieron hacer modificaciones al mismo, ante la propuesta de la consejera del Instituto de Investigaciones Lingüistico-literarias, quien solicitó poner a discusión la pertinencia de que el rector fuese destituido; que la Junta de Gobierno se disolviera –quizá lo pensó literalmente– y se pusiera a discusión un proyecto de reforma para la UV. Rauda y a la disposición, la abogada general –cuya templanza atemoriza– esgrimió cualquier clase de argumentaciones burocráticas que son todo un reto para el pensamiento más lúcido.
El CUG fue todo un acto previsible, teatral y acartonado, al estilo de la casa. Y cuando observaba en la transmisión a las consejeras y consejeros universitarios –muchos de ellos concentrados en sus celulares– uno no puede imaginar qué clase de reflexiones cursaban por su mente; aunque desee que los dioses del sentido común los iluminaran. Todo fue un operativo para controlar cualquier clase de expresión disidente y convertir al CUG en un coro muy bien entonado de una pieza inaudible. Incluso, la presencia y participación de un grupo de estudiantes agradecidos con la actual adminstración rectoral no se pudo sustraer de proyectar una imagen impensable de jóvenes pulcros, bien vestidos y mejor portados, que desfilaron ante la corte del rector, enorgullecidos de no cubrirse el rostro, no como los otros estudiantes, presentando una pancarta decorada con la imagen de Luzio, la botarga de la UV. Háganme el favor. La fachada con la que el rector ha pretendido simular una universidad funcional, resulta torpe y ridícula; y en ello ha arrastrado a quien se lo ha permitido o le ha convenido inclinar la cerviz. Incluyendo la tenebrosa producción de una “serie” que quedará en los anales de la proverbial tradición cultural de la UV. La grotesca #SerieLaRed, producida, no con inteligencia artificial, sino con el trasero real.
Entre otros asuntos sumamente atendibles, acordaron por mayoría “dar de baja contable a activos biológicos fenecidos”. Yo, al no saber nada del tema, de momento pensé, con optimismo, que se trataba de ellos mismos. Y para concluir, en su inspirada pieza oratoria, al final del CUG, Martín Aguilar fascinó a la concurrencia citando a alguien que seguramente lo supera en elocuencia, y quien afirmaba que uno no debe ser hijo del pasado; sino padre del futuro. Conmovido, alcancé a considerar que también se puede ser, sin duda, la vergüenza del presente.



