Las recientes declaraciones de Donald Trump, en las que aseguró que “no hay vuelta atrás” en su intención de que Estados Unidos adquiera Groenlandia, reabrieron un debate histórico con profundas implicaciones geopolíticas. El exmandatario sostuvo que la isla es “imperativa para la seguridad nacional y mundial”, en un contexto marcado por la creciente disputa internacional en el Ártico.
El planteamiento remite directamente a la última gran compra territorial de Washington a Dinamarca, concretada en 1917 mediante el Tratado de las Indias Occidentales Danesas. Aquel acuerdo permitió a Estados Unidos adquirir por 25 millones de dólares —equivalentes hoy a unos 633 millones— un conjunto de islas caribeñas que actualmente conforman las Islas Vírgenes estadounidenses. A cambio, Washington reconoció formalmente la soberanía danesa sobre Groenlandia.
Lo que en su momento fue presentado como una operación estratégica para reforzar la presencia estadounidense en el Caribe, es hoy objeto de fuertes cuestionamientos. Entre las cerca de 60 islas, islotes y formaciones rocosas incluidas en la transacción se encontraba Little Saint James, una isla de apenas 70 acres que décadas más tarde se convertiría en un símbolo internacional del abuso y la impunidad.
Adquirida en 1998 por Jeffrey Epstein, Little Saint James fue utilizada como residencia principal del delincuente sexual convicto y escenario de múltiples fiestas con menores de edad. Tras su muerte en 2019, la isla quedó marcada de manera permanente en la memoria colectiva y pasó a ser conocida como la “Isla Epstein”, convirtiéndose en un legado incómodo de aquella operación diplomática.
En redes sociales, las declaraciones de Trump detonaron una relectura crítica del tratado de 1917. Usuarios han señalado que Estados Unidos cedió reconocimiento sobre un territorio ártico estratégico a cambio de islas cuyo valor político y moral quedó severamente cuestionado con el paso del tiempo, justo cuando China y Rusia incrementan su presencia en el Ártico.
El debate sobre Groenlandia, más de un siglo después, revela cómo decisiones geopolíticas del pasado siguen condicionando la agenda estratégica del presente.
Con información de New York Post.



