Déjame que te cuente un cuento

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Por Deborah Buiza

¿Te ha pasado que compartes algo que te entusiasma y alguien lo interpreta como presunción? ¿Te han juzgado por hablar de tus logros, de tus aprendizajes, de tus aventuras?

A veces, contar nuestra experiencia incomoda a quienes no están viviendo la suya. Hoy quiero presentarte a Liora Elena, la conejita protagonista.

En el Bosque del Viento Vivo vivía una conejita a la que criticaban por contar su experiencia.

—Siempre habla de lo que hace.
—Seguro exagera.
—Ha de inventarlo.
—Pobrecita, cómo le gusta llamar la atención.

La conejita no hablaba de otros; hablaba de sí misma. Y es que de uno puede hablarse con verdad; de los demás, casi siempre es chisme.

Le gustaba correr aventuras, aprender cosas nuevas, tomar cursos, explorar senderos desconocidos y mirar el mundo con ojos abiertos. Era curiosa por naturaleza, y esa curiosidad la había llevado a vivir experiencias que a algunos animales les parecían extrañas… o innecesarias.

Mientras unos repetían rutinas, ella coleccionaba historias.

La conejita se sorprendía, al notar que, en lugar de celebrar su entusiasmo, la juzgaban. Decían que quería ser protagonista.

—¿Y quién no habría de ser protagonista de su propia vida? —pensaba—.
Si yo no soy la protagonista de mi historia, entonces ¿quién?
Si yo no la cuento, ¿quién la contará?

Una tarde, confundida y un tanto triste por los murmullos, buscó a la Lechuza Sabia.

—Si lo que haces te gusta y no lastima a nadie, no te apagues por las críticas —le dijo la lechuza—. Mientras tu intención no sea humillar ni presumir desde la soberbia, sino compartir desde la alegría, sigue adelante. Sé auténtica, sé sencilla, sé empática… y brilla.

Hizo una pausa y añadió:

—Siempre habrá quien se incomode con tu luz y quiera llamarla exageración. Pero quien te quiere de verdad celebrará tus pasos y querrá escuchar tus historias.

La conejita entendió entonces que compartir no es presumir cuando nace del entusiasmo y la autenticidad, y que narrar la propia vida es un acto de auto reconocimiento e incluso de gratitud, no de vanidad.

Desde ese día siguió corriendo, aprendiendo y contando. No para convencer a nadie. No para competir, sino porque estaba viva… y quería exprimir cada experiencia, y al contarla era como volver a vivirla.

Y así es como te lo cuento: que en la vida de los demás seremos personajes secundarios, pero en la nuestra nos corresponde el papel principal. Y sería una pena vivirla en silencio por miedo a que alguien se incomode con nuestra voz.