Zoociedad Anónima
Por: Ramón Alberto Reyes Viveros
*El silencio de los delincuentes*
— De lo consignado en esta columna no dejaré imágenes en mis redes sociales como testimonio; todo México lo vio, menos la presidenta Claudia Sheinbaum, a quien no le importa. —
Henry tiene dos años. Y el domingo 22 de febrero de 2026, a las ocho de la noche con diez minutos, salió con su papá por una gelatina a una tienda 3B en la colonia San Miguel Xico, Valle de Chalco, Estado de México, a dos calles de su casa. Estaba paradito junto a los dulces, al lado de una caja registradora, mientras esperaba que su papá pagara, cuando dos hombres prendieron fuego a la tienda en represalia por un operativo de la Defensa Nacional realizado 12 horas antes, a 509 kilómetros de distancia, en Tapalpa, Jalisco. Al otro lado del país.
Minutos después estaba envuelto en llamas.
Hoy lucha por sobrevivir con quemaduras en el 80 % de su cuerpo, sedado, intubado, conectado a máquinas que intentan sostener una vida que la violencia criminal y la ausencia del Estado pusieron al borde del abismo.
Ese niño no estaba en un operativo.
No era objetivo de nadie.
No formaba parte de ninguna estrategia de seguridad.
Solo es un mexicano.
Más temprano, sobre la carretera hacia Irapuato, a la altura del puente de Las Maravillas, en Silao, Guanajuato, don Rafa Rivas, un vendedor de fresas, fue despojado de su Ford F-150 modelo 1989, golpeado por hombres armados y, frente a sus ojos, le prendieron fuego con la batea llena de los frutos de su huerta que tenía que entregar ese día, para con ella bloquear el paso a otros vehículos.
Con su camionetita se fueron trescientos kilos de fresas, equivalentes a unos ocho mil pesos, y su instrumento de trabajo diario. Con lágrimas en los ojos, afortunadamente regresó por su propio pie a su casa.
Henry y don Rafa no son casos aislados. Son apenas dos rostros visibles de miles de mexicanos que, ese mismo domingo, perdieron patrimonio, ingresos, seguridad o tranquilidad. Familias enteras quedaron atrapadas entre el crimen y la incapacidad del Estado. Las Fuerzas Armadas cumplían una instrucción operativa —como corresponde en cualquier democracia—, pero la conducción del país, la coordinación institucional y la responsabilidad constitucional de la seguridad pública recaen en el Poder Ejecutivo. Y el Ejecutivo tiene nombre y apellido: Claudia Sheinbaum Pardo.
Lo que ocurrió el 22 de febrero en más de 20 estados del país no es un accidente. Es la consecuencia de años de decisiones políticas, de tolerancia criminal y de una narrativa de poder que prometió atender las causas mientras permitió que los criminales expandieran su control territorial.
Mientras México ardía, también ardían tiendas con trabajadoras adentro. Mujeres pobres que terminaron con la piel quemada intentando escapar del fuego provocado por delincuentes, como Fátima Reyes, de 24 años, quemada durante el incendio intencional de una tienda oxxo en Purísima del Rincón, Guanajuato.
Mientras México ardía, transportistas eran ejecutados y sus tractocamiones incendiados. Carreteras bloqueadas. Negocios destruidos. Familias arruinadas en minutos.
México se convirtió, por horas, en un país sitiado y con un gobierno mudo y ausente.
Más de medio país afectado.
Bloqueos coordinados.
Infraestructura paralizada.
El mapa que se dibujó no es propaganda opositora.
Es realidad.
La política de “abrazos, no balazos” no pacificó al país.
Lo debilitó.
Permitió que organizaciones criminales crecieran en poder territorial, económico y militar.
Hoy Claudia Sheinbaum gobierna con esa herencia de López Obrador.
Pero gobernar implica responsabilidad.
El domingo, mientras el país vivía horas de terror, la presidenta estaba en Coahuila. No negó la gravedad de los hechos, pero tampoco asumió conducción inmediata. Remitió la información al gabinete de seguridad.
Eran las tres de la tarde.
Y México no sabía qué estaba pasando; don Rafa encendía su camioneta para tomar apenas carretera y Henry comía un plato de caldo de pollo en su mesa con su familia, con la promesa de que por la tarde tendría entre sus manos un postre.
No sé si Claudia Sheinbaum entienda —o nunca lo vaya a dimensionar— que en ese momento no falló un operativo: falló el Estado. Y su falta de profesionalismo dejó a los ciudadanos, literalmente, a su suerte.
Sin información clara.
Sin certeza institucional.
Sin liderazgo visible.
Esa sensación —la del Estado ausente— es la más peligrosa de todas.
Porque el miedo puede enfrentarse. La incertidumbre no.
Para Henry y su familia aún el infierno no pasa. Yo ya efectué un depósito en efectivo a una cuenta que sus padres me proporcionaron; la dejaré en mis redes sociales y al final de esta columna por si alguien más puede ayudarlos, porque el gobierno de Morena —municipal, estatal y federal— guarda hasta hoy el silencio de los delincuentes.
Hoy la imagen moral del país y de su gobierno es brutal.
México consume horas de cobertura sobre el criminal.
Mientras tanto, Henry lucha por su vida.
Nadie coloca a los inocentes en el centro de la narrativa nacional.
La prioridad parece invertida:
el criminal ocupa la atención,
el inocente queda en silencio.
Ahí se revela la crisis más profunda: no solo de seguridad, sino de sentido de Estado.
Un gobierno que durante años minimizó el crecimiento del crimen y eliminó instrumentos institucionales de protección —como el seguro de responsabilidad civil ante desastres socio-organizativos que incluía daños por violencia o terrorismo, que se contrataba junto con el FONDEN y permitía reparar afectaciones a los ciudadanos en situaciones como las del domingo— dejó a la población sin red cuando llegó la tragedia.
Hoy los ciudadanos que perdieron todo dependen de seguros privados, colectas o caridad.
Eso no es austeridad.
Es abandono institucional.
Morena prometió transformar el país, pero en seguridad permitió que el crimen se expandiera como nunca en décadas.
La displicencia política —esa idea de que los problemas pueden administrarse con narrativa— también mata.
Cuando se pacta con criminales, mueren inocentes.
Cuando se tolera al narco, crece la violencia.
Cuando se elimina la protección institucional, se abandona a la sociedad.
No hay victoria posible cuando arden los inocentes.
No hay autoridad moral cuando se permitió que el crimen se fortaleciera.
No hay liderazgo cuando la sociedad se siente sola frente al fuego.
México no necesita propaganda de seguridad.
México necesita Estado.
Porque cuando un campesino pierde su trabajo y un niño termina entre vendajes y tubos por salir por una gelatina, el problema ya no es solo la violencia.
El problema es el poder.
El poder que tiene el crimen organizado y no el gobierno.
Presidenta, usted pide hablar de García Luna; yo prefiero hablar de las víctimas, esas a quienes nadie ve o nadie quiere ver. De los García Luna de su gobierno ya nos estamos ocupando, no lo dude.
Y la historia es implacable con los gobiernos que confunden discurso con realidad.
Porque los países no se destruyen cuando el crimen es fuerte;
se destruyen cuando el Estado decide ser débil,
prefiere mantenerse ausente,
y quedarse en silencio,
en el silencio de los delincuentes.
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Para quienes deseen apoyar a la familia de Henry:
Cuenta Banco Azteca
402766582345029
A nombre de Carolina Hernández Maldonado
Cualquier ayuda puede marcar una diferencia.



