SENTIDO COMÚN

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Por Gabriel García-Márquez

FIN DE FIESTA: LO QUE NOS DEJÓ LA EUFORIA

La semana pasada Coatzacoalcos vivió días intensos. Entre la devoción de la Semana Santa y el bullicio de la Expo Feria Coatzacoalcos 2026, la ciudad se transformó en un punto de encuentro donde la fe, la música y el solaz esparcimiento se mezclaron en una misma postal. Familias completas, grupos de amigos y visitantes abarrotaron espacios públicos en una semana que, sin duda, dejó una derrama económica importante y un ambiente festivo difícil de ignorar.

El Teatro del Pueblo fue el corazón de esa euforia. La cartelera integrada por artistas como Christian Nodal, Kabah, JNS, Yandel, La Sonora Dinamita, Chico Che, La Trakalosa, Grupo Cañaveral, Molotov y Gloria Trevi convocaron multitudes que no quisieron perderse ni un solo momento. Hubo noches memorables, de esas que se cuentan después con emoción, pero también hubo señales claras de que la organización y las medidas de seguridad no siempre estuvieron a la altura de la convocatoria. En presentaciones como las de Yandel y Gloria Trevi, la asistencia rebasó cualquier previsión y la multitud, por momentos, se volvió incontrolable.

Pero la fiesta no se quedó en los escenarios. El malecón costero se convirtió en una extensión de la celebración, en una especie de cantina al aire libre donde el exceso fue protagonista. El consumo desmedido de alcohol derivó en escenas que ya no son nuevas, pero sí preocupantes: personas de todas las edades conduciendo en estado inconveniente, accidentes automovilísticos y una sensación general de desorden que, aunque normalizada por algunos, no debería serlo.

En las playas, la historia fue distinta, aunque no menos delicada. A pesar de las condiciones climáticas adversas y la amenaza de norte, miles de personas acudieron a disfrutar del mar. El saldo oficial fue blanco durante los días fuertes, pero no se puede olvidar que, días antes, una joven perdió la vida al ahogarse en el golfo. Ese hecho, lejos de ser un dato aislado, debería servir como recordatorio de lo frágil que puede ser la línea entre la diversión y la tragedia.

LO QUE NO SE CUENTA DE LA FIESTA

También está el otro lado, el que rara vez se pone sobre la mesa. Se habla de “importante derrama económica”, de buenos números para restaurantes y bares, de una ciudad activa y en movimiento. Pero, como cada año, esos resultados reales no los conocerá la población. No hay cifras claras, no hay informes detallados, no hay transparencia, ni siquiera en el Comité de Feria. Los números, esos que deberían respaldar el discurso oficial, terminan guardados bajo llave. Top secret.

Porque si algo queda claro tras el fin de esta fiesta, es que no todo depende de las autoridades. Sí, hace falta mayor vigilancia, mejor logística y operativos más firmes. Pero también hace falta algo que no se puede imponer con patrullas ni vallas: responsabilidad individual.

De poco sirven los llamados de Protección Civil si hay quien decide ignorarlos. De nada valen los retenes si alguien insiste en manejar después de beber. Y ninguna estrategia será suficiente si como sociedad seguimos viendo las medidas de seguridad como una molestia en lugar de una protección.

La libertad de divertirse no puede estar por encima del derecho de otros a regresar a casa con bien. Ahí es donde la línea se vuelve clara: el problema no es la fiesta, es la falta de límites.

Coatzacoalcos demostró que puede atraer eventos de gran nivel, que tiene capacidad de convocatoria y que su gente sabe disfrutar. Eso es lo positivo, lo que hay que conservar y fortalecer. Pero también dejó ver que seguimos arrastrando una cultura de descuido que pone en riesgo, no solo a quien decide ignorar las reglas, sino a familias enteras que simplemente estaban en el lugar equivocado.

Hoy que la música se apaga y las calles vuelven poco a poco a la normalidad, vale la pena hacer una pausa. No para lamentarnos, sino para aprender. Porque la verdadera celebración no está en llenar un concierto o abarrotar una playa, sino en poder contar la historia después, pero todos completos.

Y eso, aunque parezca obvio, sigue siendo una lección pendiente para muchos que se niegan a entender, que lo malo no es la fiesta sino los excesos.