JUEGO DE OJOS

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Una apología del dilettante

Miguel Ángel Sánchez de Armas

En memoria de don Miguel, mi padre,

en el 101 aniversario de su natalicio.

A su manera también fue un dilettante.

En la República severa de los especialistas -en donde cada quien ocupa su nicho como insecto perfectamente clasificado-, el dilettante suele ser visto con desconfianza. No trabaja con la devoción monástica del experto ni presume el instrumental conceptual del académico. Se mueve con una sospechosa ligereza entre disciplinas, como si el conocimiento fuera una tertulia y no un laboratorio.

Y sin embargo, no podemos dejar de ver que una parte no menor de la cultura moderna fue obra de dilettantes. No hablo de aficionados, desde luego, sino de espíritus curiosos que se niegan a creer que el mundo debe recorrerse por un solo camino.

Eduardo Villaseñor pertenecía a esa estirpe. Fue un alto funcionario de las finanzas, una de las figuras más destacadas de la vida económica de México durante la primera mitad del siglo XX: subsecretario de Hacienda, director del Banco de México, cofundador de El Trimestre Económico y la editorial Fondo de Cultura Económica con Daniel Cosío Villegas.

Pero más que “especialista en desarrollo” o “técnico en finanzas públicas”, era algo más antiguo y menos clasificable: un hombre culto. Conversaba sobre economía con el mismo placer que de literatura, y entendía que los números no pierden dignidad cuando se acompañan de ideas. Es posible que haya intimado con Las dos culturas de C.P. Snow, pues su vida intelectual, lo mismo que el británico, transcurrió sin fronteras artificiales.

A mediados de 1945 apareció un pequeño libro suyo, impreso por aquella singular editorial que fue Letras de México, titulado De la curiosidad y otros papeles. Ahí presenta una intención deslumbrante arropada en un sustantivo que fue como un destello y que hoy nadie usaría sin cierto rubor: la “Apología del dilettante” … ni más, ni menos.

“¡Qué infinita sed de cultura tiene el dilettante! Pero como no puede llegar al fondo, se queda en la espuma de las cosas. El dilettante es un fruto de la época. Cuando la vida no iba tan de prisa, el dilettante se llamaba Aristóteles, Raimundo Lulio, Goethe o Leonardo.

“En la actualidad, del dilettante hay la curiosidad, el deseo de saberlo todo. Pero cuando está a punto de penetrar al pozo -de la ciencia, acaso- con un pie ya dentro, jinete sobre el brocal, algo hay allí cerca -o lejos- que lo atrae, que lo llama, que lo enamora, como una nueva mujer.

“¿Qué otra cosa que ir hacia lo nuevo puede hacer este don Juan ante tantos aspectos de la vida, ante tantas cosas, ante tantos temas que le guiñan los ojos?

“La apología del dilettante es su sed de saber. Se parece más al filósofo que al sabio, por ambicioso. El dilettante -a pesar de lo snob- morirá diciendo: Luz, más luz.”

Supe de este apologista por Gerardo Bueno Zirión en una grata sobremesa. Como Villaseñor, Gerardo es economista y fue de la generación que recibió su influencia académica y supongo que también espiritual, pues si ponemos lupa a su paso por el Conacyt saltarían destellos de sed se saber y empeño en fatigar todas las posibilidades de acción. De inmediato localicé y leí De la curiosidad y otros papeles, joya custodiada en la sección de incunables de la biblioteca de mi universidad.

La vida pública -y la vida intelectual- suelen premiar al funcionario que sabe mucho de muy poco. El dilettante, en cambio, sabe algo de muchas cosas y, lo que es peor para la mentalidad administrativa, lo disfruta. En México hemos tenido gentiles ejemplos. Pienso en Andrés Iduarte, Jesús Silva Herzog -el viejo-, José Gorostiza, Julieta Campos, Luis González y González, Carlos Pellicer, Rosario Castellanos, José Vasconcelos y otros de una constelación que hubiera sido de gigantes en cualquier época. Fueron servidores públicos y militantes políticos, pero de una estirpe que en los días que vivimos Diógenes con dos linternas sufriría para encontrar.

Villaseñor practicó esa dualidad con una naturalidad que hoy parecería extravagante. Fue economista, sí, pero no de los que se refugian en ecuaciones para no hablar de la realidad. Pensaba a la economía como una rama de la cultura. Sabía que detrás de cada política financiera hay una visión del mundo, una idea del hombre y hasta una intuición moral. Por eso podía pasar de la discusión monetaria a la reflexión histórica sin sentir que estaba invadiendo territorio ajeno.

En otros rumbos esto es algo normal y esperado. En el México de hoy, donde la burocracia intelectual divide el conocimiento como si fuera un mapa militar, resultaría casi subversivo, como podemos confirmar en alguna pieza editorial de un conocido prócer. El dilettante tiene mala imagen en el perol de los mediocres porque no se somete a la disciplina tribal.

Con frecuencia, cuando sus colegas se enfrascaban en discusiones con la gravedad ritual de los que todo saben, Villaseñor podía introducir una referencia literaria o histórica que desarmaba la conversación. Era una forma de recordar que la economía no se inventó en un pizarrón, sino en la vida de los pueblos.

Luis González y González entendía esto bien. Al describir la salud pública en los treinta, escribió: “Además de joven, mal repartida y mal agrupada, la población era además achacosa por ser su país uno de los más insalubres, desnudos, desnutridos y desabrigados del mundo, donde morían veinticinco de cada mil al año, donde la guadaña de las enfermedades infecciosas y parasitarias mochaba mucha vida, donde una criatura de cada cuatro se convertía en angelito antes de vivir doce meses, donde los más de los niños sobrevivientes crecían esmirriados, estomagudos y con zancas de popote.”

Los técnicos suelen irritarse ante esas irrupciones. El dilettante les recuerda algo incómodo: que el conocimiento no es propiedad privada de ninguna disciplina. Tal vez por eso el dilettante está en peligro de extinción. La universidad moderna premia la hiperespecialización. La carrera pública exige currículos cada vez más estrechos. Y la cultura digital ha multiplicado expertos instantáneos que saben todo sobre un punto microscópico del universo.

Figuras como Villaseñor son ejemplo de un tiempo en que la inteligencia no estaba obligada a elegir una sola habitación de la casa del conocimiento. Por eso conviene recuperarlas y seguir su ideal. Cada vez que un especialista propone que la realidad cabe en su método y el lenguaje se vuelve incomprensible, aparece la necesidad del dilettante para recordarle que el mundo es más grande que su especialidad.

Villaseñor lo sabía. Por eso practicó con tanta elegancia esa forma de libertad intelectual que hoy llamaríamos “el arte del dilettantismo.” Conviene rehabilitar la palabra, porque en una época de especialistas absolutos y de políticos que creen serlo, el dilettante puede ser la última defensa del pensamiento.

Al terminar esta entrega vino a mi memoria el recuerdo de otro dilettante, uno que quiso unir a la poesía con la política: Archibald MacLeish. Este poeta y funcionario público echó su cuarto de espadas a la discusión que desde Aristóteles ha salpimentado el debate sobre el lugar del artista en el mundo de lo político y sentenció: “Hay una muy buena razón por la que la relación de la poesía con la revolución política debiera interesar a nuestra generación. La poesía, para la mayoría, representa la intensa vida personal del espíritu único. La revolución política representa la intensa vida pública de una sociedad. La relación entre ambas contiene un conflicto que nuestra generación entiende: el conflicto entre la vida personal de un hombre, y la vida impersonal de muchos hombres.”

15 de marzo de 2026

juegodeojos@gmai.com