A los 60 años de la Facultad de Economía de la UV

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Roberto Yerena Cerdán

El pasado mes de abril, la facultad de economía de la Universidad Veracruzana celebró sesenta años de haber sido fundada ¿Quién puede sustraerse de las celebraciones? Suelen ser la afirmación de una existencia, de una identidad y de las simples ganas de vivir. Como el lugar común lo dice, se les identifica como puntos de quiebre, parteaguas, regresiones o simple continuidad. Nadie conmemora acontecimientos funestos; pero las historias personales o públicas manifiestan, en su trayectoria, momentos de armonía, conflictividad, contradicciones y rupturas. Es como la celebración del “no cumpleaños” del Sombrerero Loco, el personaje disparatado de Lewis Carroll.

Existen claroscuros que requieren ser iluminados con la memoria calibrada y con la necesaria autocrítica; porque la exaltación facilona y cursi o la defenestración grosera de personajes y hechos, en nada contribuyen a armar una historia que deberá ser la referencia diferenciada de generaciones que contribuyeron como actores con diverso grado de incidencia en la fundación, desarrollo y consolidación de la facultad de economía. En esta historia, el anecdotario y la remembranza gozosa aportadas por maestros activos, jubilados y egresados son como los trazos gruesos un lienzo donde que pierden las dimensiones acabadas de un cuadro completo, como si se tratara de una obra impresionista. Y mientras más nos alejemos de nuestra experiencia particular, nuestra percepción resulta más nítida.

Y traer a consideración las diversas visiones de la facultad de economía de la Universidad Veracruzana no es cualquier acontecimiento del que uno pueda sustraerse, sin más, dada su presencia en la vida personal de quienes hemos egresado de sus aulas y por su peso específico en nuestra trayectoria laboral; aunque algunos, posteriormente, hayan tomado distintos rumbos disciplinarios cuando continuaron su formación en los posgrados y llegaron a abjurar, implícitamente, de su formación matriz. Porque se es economista o no –como sucede en cualquier otra profesión– porque los retos intelectuales que una formación profesional exige nos pueden parecer más relevantes, unos más que otros. Pero la elección que se tome va más allá de un horizonte institucional; porque uno discierne entre lo significativo o lo irrelevante; entre lo aplicado o lo especulativo; entre lo complejo o lo simple; entre lo estético o lo carente de seducción.

Entonces, quienes acudimos al honroso aniversario, de algún modo afirmamos la convicción de que valió la pena invertir tiempo de estudio –en sus diversos niveles– para comprender por qué la economía no es solo una profesión, al margen de que se legitime, o no, como una ciencia social o como un conjunto sofisticado de saberes técnicos. La economía –como correctamente afirmó Fernand Braudel– realmente no existe. Lo que existe es la historia económica, entendida como la historia integral de los hombres. Cuando nos situamos en el presente y constatamos un entramado de relaciones económicas aparentemente indescifrables, lo que presenciamos es la manifestación integrada de “vida material” (la inevitable sobrevivencia); “economía de mercado” (los intercambios nobles y equivalentes); y propiamente “capitalismo” (la transgresión sistémica de la “ley del valor”, en todas sus fases y ciclos de acumulación). Entonces, articular la formación profesional del economista con los cambios estructurales de la economía contemporánea requiere, primero, integrar un conjunto de saberes técnicos para enfrentarse a nichos laborales ubicados en los circuitos financieros o en dependencias de gobierno especializadas en asuntos económicos, donde los conocimientos sólidos en materia monetaria, fiscal, comercio internacional,  planificación, y el análisis y aplicación de las cuentas nacionales contribuyen a darle un sentido profesional. Hay que señalar que, en la facultad de economía de aquellos años, estas áreas de conocimiento carecieron de la debida solidez y profundidad, si las comparáramos con otras escuelas de economía. Los aspectos matemáticos, econométricos y estadísticos fueron debidamente atendidos, pero faltó articularlos con el diseño de modelos micro y macroeconómicos.

En cambio, resultó relevante abordar teorías económicas ordenadas por escuelas de pensamiento, con sus respectivos autores y obras fundamentales; con lecturas serias y comparadas que dotan de ortodoxia y coherencia a la disciplina. Y, asociado a ello, también se alude a una imprecisa cualidad de desarrollar el pensamiento crítico, cuando muchas veces es difícil identificar cuál es el objeto de la crítica; porque habría de suponer que esto depende más de las filiaciones ideológicas respecto al modelo económico vigente, que de una posición plenamente objetiva que no tenga que ver con elegir una política económica expansionista o contraccionista; una economía abierta o protegida; una estrategia redistributiva o concentradora del ingreso; de rectoría estatal o de preeminencia privada. La crítica depende de quién lo dice y desde que posición lo dice.

Aquí es importante diferenciar el modelo de la política económica, de las determinantes políticas que orientan la toma de decisiones. Porque la economía no es un conjunto de dispositivos neutros. Son instrumentos racionales aplicados desde el ejercicio del poder político y económico que poseen sus propios de ejes normativos y axiológicos como formas de regulación capitalista. En este sentido, las que prevalecían como instituciones ominosas eran el Fondo Monetario Internacional, el GATT (hoy, la Organización Mundial de Comercio) y el Banco Mundial, con la presencia determinante del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y la Reserva Federal. En aquellos años, ¿qué fuerzas anti sistémicas podrían confrontarse con los poderes fácticos y con la expansión del capital transnacional?

En el contexto de esta celebración, me hubiese dado la oportunidad de perfilar cuál fue el escenario económico nacional e internacional, en aquel momento que me correspondió generacionalmente. Hacia finales de los setenta, el plan de estudios de la facultad de economía –se decía– estaba ubicado en el discurso dominante de la economía neoclásica con su programa analítico tan formalizado, y la macroeconomía keynesiana; si bien Keynes se deslindó de la idea de una economía equilibrada y estable, dadas las imperfecciones de las fuerzas del mercado, refutando, así, algunos argumentos del marginalismo. Hoy en día, aún se afirma que la base conceptual de la economía contemporánea resulta absolutamente marshalliana, en referencia al economista inglés, Alfred Marshall, a quien Keynes reconoció como su maestro y como el único representante de la economía clásica y lo que él entendía por ello, sustrayéndose de los alcances e influencia intelectual de los auténticos economistas clásicos ingleses, como Adam Smith y David Ricardo; y mostrando una subestimación arrogante por las ideas marxistas. Este abandono del clasicismo también se le aplicó a Keynes, cuya teoría introducida en los Estados Unidos, en Harvard (la Cambridge americana) y otros centros universitarios, fue una síntesis adaptada a los fundamentos monetaristas.

Frente a ello, el nuevo programa académico que nos tocó iniciar en 1977, incorporaba la teoría económica marxista o, más bien, la visión crítica de la economía política. Lo mismo permeó la lectura histórica de la economía, en los niveles mundial, regional y nacional, que el enfoque metodológico positivista; aunque no se haya profundizado en los fundamentos epistemológicos de la disciplina.

La lectura de la obra de Carlos Marx –El Capital y otros textos relevantes– no tuvo un sentido doctrinario ni orientado a la formación de militantes. Más bien se trató de un estudio muy centrado en las ideas, casi con un espíritu bíblico. Se antepuso la comprensión teórica a la posibilidad de derivar hacia una posición dogmática. Visto en perspectiva, este balance teórico no sé en qué pudo haber contribuido para pensar e influir –desde un punto de vista político y profesional– en el diseño de una estrategia que enfrentase el régimen vigente. Paradójicamente, esto se hizo desde el interior de los mismos modelos que apuntalaban la reproducción del capitalismo.

El contexto mexicano, de alguna manera también se manifestaba esta búsqueda de alternativas, así fuera dentro del desarrollismo gradualista. En 1978 se realizó el Tercer Congreso Mundial de Economía. Los ejes temáticos a discutir fueron reveladores: acumulación de capital (ya nadie argumenta bajo este concepto), empleo y distribución del ingreso. El paradigma vigente apuntaba a lo que vendría más adelante; mientras tanto se consolidaban las políticas de estabilización: contracción económica, liberación del mercado cambiario, control de la inflación, déficit fiscal cero, privatización y desmantelamiento de las empresas estatales, apertura económica, desregulación y pago de los compromisos de la deuda externa. Participó en aquel congreso, el economista norteamericano Paul Sweezy, fundador de la New Left Review, y en la facultad se le estudiaba asociado a Paul Baran; y también a Maurice Dobb, Joseph Schumpeter, Michal Kalecki; autores provenientes del marxismo, y otros de perfil híbrido, como Nicholas Kaldor y Joan Robinson, keynesianos de la clásica escuela de Cambridge. Y a un interesante, poco estudiado y heterodoxo economista italiano, Piero Sraffa, cuyo excéntrico modelo matemático combinaba conceptos marxistas y ricardianos, en su obra “Producción de mercancías por medio de mercancías”.

Un texto que reflejaba el estado de la cuestión en México, a mediados de los setenta, fue La disputa por la nación, de Rolando Cordera y Carlos Tello. En él se afirmaba la necesidad de mantener la presencia del estado en la economía, bajo orientaciones de política económica poskeynesiana, para tratar de generar crecimiento, empleo y reducción de la polarización del ingreso. Se debatía si el dilema estaba en, crecer primero y luego distribuir; o lograr un círculo virtuoso de crecimiento con distribución del ingreso, simultáneamente. José López Portillo era, entonces, el presidente de la república y tenía como Secretario de Hacienda a Julio Rodolfo Moctezuma Cid y como Secretario de Programación y Presupuesto, al mismo Carlos Tello Macías. Algunas discrepancias entre ambos secretarios se debieron al manejo de la política económica, y López Portillo decidió renunciarlos. En la siguiente presidencia de Miguel de la Madrid, este zanjó la disputa argumentando que no había tal confrontación entre estructuralistas cepalinos y monetaristas friedmanianos.

En el plano regional, en América Latina los modelos de desarrollo y la pretendida superación estructural del subdesarrollo, tuvieron representación en la agenda de la CEPAL, bajo la orientación de Raúl Prebisch, director de la institución, con sede en Santiago de Chile. En otra vertiente crítica, se estudiaban los textos de Vania Bambirra y Fernando Henrique Cardoso, quienes sustentaban que las condiciones del subdesarrollo latinoamericano obedecían a la relación subordinada entre el centro y la periferia capitalistas a través de mecanismos de transferencia de valor, en un esquema fundamentado en la lógica del intercambio desigual, desarrollada por Arghiri Emmanuel, economista franco-griego. En su estilo mordaz, Gabriel Zaid afirmaba que la teoría de la dependencia era una curiosa combinación de la teoría leninista del imperialismo y la teoría ricardiana de las ventajas comparativas. El dualismo económico y cultural y la idea de la modernización basada de la industrialización, también emergieron en la visión latianoamericana; al igual que el concepto de colonialismo interno, introducido por Pablo González Casanova.

La debacle económica del gobierno de López Portillo abrió el camino para la entrada de un cambio discursivo que se convirtió la nueva hegemonía que vendría posteriormente, anteponiendo la inevitable emergencia de la globalización y el eufemismo de lo que se dio en llamar El Consenso de Washington (¿consenso entre quiénes’). El presidente Miguel de la Madrid, era el representante de una nueva generación de dirigentes de perfil tecnocrático, formados en universidades norteamericanas. Sus afanes modernizadores, radicalizados durante el salinismo, no se cumplieron y regresaron a la academia a enseñar lo irrealizable del modelo neoliberal. ¿Qué fue de Jaime Serra Puche, José Ángel Gurría, Pedro Aspe y Guillermo Ortiz Martínez (La Perica)? ¿De qué manera, su rigurosa formación profesional y su presencia en puestos clave de la economía, se tradujeron en resultados adversos y en otra crisis de fin de sexenio? El posterior reajuste, no encontró un frente anti sistémico, ni teórico ni político, debido a la crisis del marxismo y del socialismo realmente existente, que impactó en los planes de estudio de escuelas de ciencias sociales. Ignoro cómo fue asumida esta crisis de paradigma en la facultad de economía y qué impacto tuvo en el diseño de planes de estudio posteriores.

Hasta aquí puedo plantear un escenario sincrónico de la economía mundial, latinoamericana y mexicana, asociado a la formación profesional de economistas avocados a pensar, diseñar y proponer alternativas de política económica, que no siempre caminaron en la misma dirección, dada la presencia hegemónica de poderes fácticos, como siempre ha sido.

Pero volviendo a la realidad doméstica, en los distintos paneles de la celebración, se destacó la participación y visión del maestro Roberto Bravo Garzón en la fundación de la facultad de economía, que resulta un mérito inobjetable. Sin embargo, en aquellos años maravillosos –así los adjetivaron algunos participantes–en la facultad se gestaban, no corrientes de pensamiento crítico y radical, sino grupos de estudiantes más cercanos al porrismo que prevaleció en los rectorados de Bravo Garzón.

El priismo rampante y todopoderoso que coincide con el echeverrismo, tuvo la virtud de promover en las estructuras de la administración pública a nuevas generaciones de economistas que sustituyeron a los cuadros de imperturbables abogados. En esta comarca, mencionar a Rafael Arias Hernández (secretario general en la rectoría de Bravo Garzón) y a Raúl Olivares Pineda, no es referir a miembros de la New School for Economics Science of Xalapa, sino a visibles miembros del PRI y modestos servidores públicos. Tampoco se dimensiona la escisión que tuvo lugar al interior de la facultad de economía, que derivó en la emigración de algunos cuestionados profesores y en la creación del Instituto de Investigaciones y Estudios Superiores Económico-Sociales, que el mismo Bravo Garzón también fundó. Nada se dijo de la posterior crisis que este instituto vivió en el marco de la maestría en Desarrollo Regional, que derivó en el cierre del posgrado, por muchos años, luego de graduar a la generación que cuestionaba académicamente al instituto; y en ese proceso, el también ex rector Raúl Arias, economista egresado de la UV, debe recordar que participó en el proceso para terminar los cursos pendientes que el IIESES dejó inconclusos, y así culminar accidentadamente el programa de la maestría.

Una combinación de júbilo, extrañeza y desmemoria experimenté en los actos celebratorios de los sesenta años de la facultad de economía, centro universitario de mi formación fundante. Reencuentros personalmente estimables, viejos y nuevos rostros se hicieron presentes, y se requeriría mucho más tiempo para revivir un pasado de vínculos personales y discusiones académicas. En esa etapa temprana de formación profesional, no puedo evitar recordar que mis primeras lecturas previas a mi ingreso a la facultad, fueron “A un joven economista mexicano”, de don Jesús Silva-Herzog; “El desarrollo económico: análisis y política”, de Raymond Barre, economista y politólogo francés quien fuera primer ministro en el gobierno de Valery Giscard D’Estaing; y “Los beneficiarios del desarrollo regional”, de David Barkin. Lecturas, sin duda, contrastantes e incipientes, pero que fueron una buena puerta de entrada para definir y afianzar mi vocación profesional.

Por todos estos estimulantes significados de la celebración, lo único auténticamente lamentable fue la ausencia del no rector, Martín Aguilar Sánchez, en el acto de inauguración del evento, cuya asistencia estaba oficialmente programada. No por su ausencia en sí, sino por la falta de respeto y subestimación hacia una institución señera en el horizonte de la Universidad Veracruzana. Sus consejeros áulicos, o él mismo, concluyeron que no era recomendable asistir, por cuestiones de rechiflas que harían avergonzarlo, cosa que dudo. Mejor así, para hacer evidente, una vez más, la indignidad con la que se comporta y su ausencia selectiva en los espacios universitarios. Pero esto fue lo de menos.

Mis mejores deseos de que la facultad de economía donde me formé, viva mejores tiempos, en un proceso de permanente reflexión teórica y auténtico compromiso social.