Frontera Universitaria
Por Raúl Contreras Zubieta Franco*
En el portal de una universidad aparece una nota sobre un grupo de investigadores que acaba de publicar un trabajo. El encabezado anuncia un hallazgo de “gran relevancia”. La fotografía muestra al equipo frente al escudo institucional. Vienen los nombres, los cargos, el laboratorio, unas palabras de felicitación y quizá la declaración de alguna autoridad. Sobre la investigación hay bastante menos: cuesta saber qué pregunta intentaron responder, cómo llegaron al resultado, hasta dónde alcanza la evidencia o por qué alguien ajeno a ese campus tendría razones para detenerse a leer.
La nota seguirá su recorrido. Irá a Facebook, llegará por correo a algunos periodistas, contará como producto del área de comunicación y tal vez termine meses después en un informe. Administrativamente habrá cumplido. Como pieza de divulgación, la cosa es bastante más discutible.
En una entrega anterior de Frontera Universitaria sostuve que el conocimiento pierde parte de su alcance social cuando permanece encerrado en circuitos especializados y la universidad no encuentra cómo explicarlo fuera de ellos (Contreras Zubieta Franco, 2026). Este texto parte de aquella discusión, pero mueve la pregunta hacia otro sitio: ¿qué tendría que ocurrir después de que una universidad decide tomarse en serio la divulgación?
Quizá lo primero sea dejar de llamar divulgación a cualquier nota que hable de ciencia.
Un boletín institucional tiene una función legítima. Informa qué hizo la universidad, quién participó, dónde ocurrió y qué posición quiere hacer pública. El periodismo de ciencia trabaja bajo otra lógica, más incómoda para la propia institución. Necesita saber qué hay realmente de nuevo, cuál es la evidencia, qué dudas siguen abiertas, cómo se relaciona ese trabajo con investigaciones anteriores y qué tan lejos puede llevarse una conclusión sin deformarla. Alguna vez la mejor historia estará en el hallazgo. En otra ocasión aparecerá en sus límites o en una pregunta que los resultados dejaron sin contestar.
Ahí se juega una diferencia que las áreas universitarias de comunicación no siempre tienen resuelta: el investigador conoce su trabajo; eso no lo convierte automáticamente en editor de la historia que se contará sobre él. Y el comunicador conoce los códigos de circulación pública, aunque tampoco adquiere por eso licencia para inflar un resultado hasta volverlo irreconocible.
Cortassa, Wursten, Andrés y Legaria (2020) proponen observar la comunicación pública de las ciencias desde dos planos que se cruzan: las estrategias impulsadas por las instituciones y las percepciones y actitudes de quienes integran la comunidad académica. El asunto importa porque difícilmente se sostiene una política de divulgación si todo descansa en el investigador entusiasta o, en el extremo contrario, en una oficina que recibe información al final y debe fabricar una historia con lo que le enviaron.
Pensemos cómo sería el proceso con algo más de oficio editorial. Llega una investigación al área responsable. Antes del titular, alguien lee el artículo o, por lo menos, sus resultados y metodología. Habla con quienes participaron. Pregunta qué encontraron y también qué sería incorrecto afirmar. Revisa si el estudio ya pasó por evaluación de pares, si trabaja con una muestra pequeña, si sus conclusiones corresponden al contexto analizado o admiten una extrapolación mayor. Luego viene otra decisión: encontrar la forma narrativa apropiada.
Eso último importa porque la ciencia universitaria tampoco tiene por qué terminar siempre convertida en ochocientas palabras acompañadas por una fotografía de académicos mirando a la cámara.
Legaria y Andrés (2026) analizaron los sitios web de 30 institutos de investigación argentinos. Encontraron mejores estrategias de comunicación en aquellos que desarrollaban producción multimodal, atendían asuntos con relevancia local y promovían cultura científica. El estudio es argentino y sería un exceso usarlo como retrato de las universidades mexicanas. Sirve, en cambio, para observar algo bastante concreto: cambiar de soporte sin cambiar de criterio editorial aporta poco. Video, audio, gráficos, texto o visualización tienen sentido cuando ayudan a explicar mejor una pregunta y acercarla a públicos determinados.
Hay otra frontera más delicada. Una universidad habla de investigaciones producidas por su propia comunidad y, por tanto, tiene un interés institucional evidente en que sean conocidas. Eso no debería avergonzarla. Lo que sí conviene cuidar es el momento en que ese interés empieza a mandar sobre la evidencia.
Cuando cada resultado es “innovador”, todo proyecto tiene “gran impacto” y cualquier reconocimiento confirma una supuesta excelencia, las palabras dejan de informar con precisión. El periodismo de ciencia necesita conservar un pequeño espacio para la incomodidad: decir que los resultados son preliminares cuando lo son, mostrar incertidumbre, reconocer controversias y distinguir entre lo que afirma el estudio y lo que la universidad desearía afirmar sobre sí misma.
Mahr et al. (2025), a partir de grupos focales y entrevistas con periodistas científicos de Alemania, Italia y Lituania, encontraron que la confianza se negocia en condiciones muy distintas y bajo presiones editoriales, económicas y digitales. Entre las estrategias que los propios periodistas identifican aparecen la transparencia sobre la incertidumbre, la relación sostenida con las audiencias y una orientación pública que no se reduzca a perseguir clics. El dato que más interesa aquí está en otra parte: cuando la cobertura científica se percibe como promocional y pierde distancia crítica, también puede perder credibilidad.
Ese punto no obliga a una universidad a fingir que es un medio independiente. Le exige algo más sencillo y, a la vez, más difícil: identificar con claridad desde dónde habla y no vestir de periodismo lo que en realidad es publicidad institucional.
La desinformación añade otra dificultad. Sería ingenuo pensar que una universidad va a disputarla publicando más rápido el siguiente boletín. Moreno-Castro (2026) señala que buena parte de las políticas contemporáneas de comunicación científica han descansado en investigadores o equipos de investigación y han dejado en segundo plano los sistemas institucionales capaces de traducir conocimiento con claridad y oportunidad. Su advertencia parte de la comunicación pública gubernamental, no de las universidades mexicanas, pero la pregunta viaja bien: ¿qué ocurre cuando una institución produce conocimiento confiable y, al mismo tiempo, carece de una estructura para hacerlo inteligible cuando más se necesita?
En ese terreno, llegar con rigor importa tanto como llegar a tiempo. La OECD (2023) no reduce la comunicación científica responsable a un eslogan: la fija en principios verificables —transparencia sobre lo que se sabe y lo que no, integridad frente a la tentación de exagerar, rendición de cuentas cuando algo falla—, junto con inclusión, libertad, autonomía y oportunidad, entendidas no como adjetivos sino como condiciones de trabajo. También recomienda invertir en capacidades estables de comunicación científica, no en campañas intermitentes. No está hablando de producir propaganda más eficiente, sino de crear condiciones para que la información científica resulte públicamente útil.
Para una universidad mexicana eso obligaría a revisar tareas bastante terrenales. Quién selecciona las investigaciones que merecen trabajo editorial. Qué ocurre cuando un hallazgo no favorece el relato institucional. Hasta dónde puede revisar el investigador una pieza antes de publicarse y en qué momento esa revisión se vuelve intento de control. Quién corrige públicamente un dato equivocado. Cómo se atienden preguntas posteriores. Qué lugar tienen periodistas externos, especialistas de otras instituciones y voces que introduzcan contexto o contraste.
Nada de esto se resuelve abriendo otra cuenta de TikTok ni contratando una cámara mejor.
Hace falta una mesa editorial que conozca la universidad, entienda cómo trabaja la investigación y conserve suficiente distancia para hacer preguntas que una nota celebratoria jamás haría. Periodistas y comunicadores capaces de sentarse con un físico, una antropóloga, un médico, una economista o un especialista en inteligencia artificial y salir de la conversación con algo más que una colección de declaraciones. También investigadores dispuestos a aceptar que explicar públicamente su trabajo supone exponerse a preguntas distintas de las que reciben en un seminario académico.
Volvamos a aquella nota del principio.
Antes de enviarla al portal alguien habría podido preguntar qué encontró realmente el equipo, qué evidencia sostiene el resultado, qué queda todavía sin saber y por qué ese trabajo merecería la atención de una persona que jamás ha pisado ese laboratorio. Es posible que después de responder todo eso el titular resulte menos espectacular.
No veo allí una pérdida.
Veo, más bien, el momento preciso en que la divulgación deja de parecerse a un boletín sobre investigadores y comienza a contar conocimiento.
* Doctorando en Ambientes y Sistemas Educativos Multimodales; Premio Nacional de Periodismo 2024; CAMPUS Consulting.
Referencias
Contreras Zubieta Franco, R. (2026, 18 de junio). La investigación que nadie entiende también pierde valor público. Suplemento Campus Milenio. https://suplementocampus.com/la-investigacion-que-nadie-entiende-tambien-pierde-valor-publico/
Cortassa, C., Wursten, A., Andrés, G., & Legaria, J. I. (2020). Comunicar las ciencias desde las instituciones: dos modelos de análisis aplicados al caso UNER. Ciencia, Docencia y Tecnología, 31(61), 1–35. https://doi.org/10.33255/3161/783
Legaria, J. I., & Andrés, G. (2026). Comunicación de las ciencias en sitios web de institutos de investigación de Argentina. Comunicación y Sociedad, 1–26. https://doi.org/10.32870/cys.v2026.8991
Mahr, D., Bussoletti, A., Coenen, C., Comunello, F., Baniukevič, J., & Weinberger, N. (2025). Science journalists and public trust: Comparative insights from Germany, Italy, and Lithuania. Journal of Science Communication, 24(5), A01. https://doi.org/10.22323/149220250818111637
Moreno-Castro, C. (2026). Reshaping science communication in a critical period of disinformation and distrust. Journal of Science Communication, 25(1), C03. https://doi.org/10.22323/304220251109231221
OECD. (2023). Communicating science responsibly (OECD Policy Briefs No. 2). OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/5c3be7ce-en



