Ya están adentro, ¿es muy tarde?
En memoria de Henry, quien murió a los tres años, víctima inocente de la violencia en México.
Ramón Alberto Reyes Viveros
Hoy Claudia Sheinbaum entrega su Segundo Informe de Gobierno. Hablará de seguridad, programas sociales, soberanía, resultados y del país que recibió y está construyendo.
Pero hay una pregunta que difícilmente aparecerá en el documento: ¿hasta dónde está dispuesta a llegar contra la narcopolítica cuando los señalados están dentro de su propio movimiento?
Quiero creer que la Presidenta sí quiere combatirla.
La duda es si los suyos la van a dejar.
El senador priista Pablo Angulo puso sobre la mesa la noche de este lunes, ante medios de comunicación, una comparación incómoda: México-Colombia, los tiempos de Pablo Escobar y de Enrique Inzunza.
“Ni en los tiempos de Pablo Escobar se normalizaba que legisladores señalados por vínculos con el crimen organizado permanecieran en sus cargos.
“En otros tiempos, por menos de la mitad, gobiernos responsables como los del PRI ya los hubieran puesto tras las rejas y estarían en Estados Unidos en extradición”, señaló.
El legislador sostuvo que México no puede normalizar estos señalamientos y que, pese a los riesgos, deben seguir denunciándose.
No es menor.
Escobar llegó al Congreso. Antes de las bombas, los asesinatos y el terror que terminó estremeciendo a Colombia, el narcotráfico ya había entendido algo elemental: el verdadero poder no consiste solamente en desafiar al Estado, sino en penetrarlo.
México debería mirar ese espejo.
El senador sinaloense Enrique Inzunza regresó al Senado después de meses de ausencia, en medio de señalamientos sobre presuntos vínculos con el crimen organizado que él niega categóricamente.
Lo incomodaron visiblemente las senadoras Lilly Téllez y Paloma Sánchez; lo confrontaron con sus declaraciones una tercia de priistas más: Claudia Anaya, Carolina Viggiano y Pablo Angulo.
Después llegaron los periodistas.
En el Patio del Federalismo, la maestra Leticia Robles de la Rosa, entre otros reporteros, lo cuestionó sobre las versiones y documentos que han alimentado el caso. Inzunza, antes de terminar de escuchar, le lanzó un desafío: si aquella carta mencionaba su nombre, “renuncio al Senado ahorita mismo”.
Robles respondió:
“Yo no tengo la carta del narcotraficante, yo no me relaciono con narcotraficantes”.
La escena fue brutal.
Ya no era oposición contra oficialismo.
Era el senador despreciado en Palacio Nacional, pero arropado por el verdadero poder del Senado, refutando todo con cólera a diestra y siniestra, retando a quienes modesta, pero dignamente, ejercen su oficio.
Y mientras eso sucedía, otra imagen explicaba mejor que cualquier discurso cómo funciona el poder dentro del Senado.
Reforma exhibió al senador Cuauhtémoc Ochoa escribiéndole “Jefe” a Adán Augusto López para consultarle sobre una comisión y hablar de candidaturas.
Adán Augusto dejó la presidencia de la Junta de Coordinación Política.
Al parecer, no necesariamente el mando.
Sobre él permanece, además, la sombra política de Hernán Bermúdez Requena, quien fue su secretario de Seguridad cuando gobernaba Tabasco y posteriormente fue señalado como líder de La Barredora. Adán Augusto ha negado conocer sus actividades criminales.
A estos y otros personajes la oposición ya les puso un nombre incómodo: los “narcopolíticos”.
Alejandro Moreno Cárdenas, de forma valiente, decidió llevar esas denuncias fuera de México. Las internacionalizó y acudió a Estados Unidos para denunciar presuntos vínculos entre políticos mexicanos y el crimen organizado.
Ahora quienes fueron denunciados pretenden llevar al denunciante al desafuero.
Qué curiosa manera de combatir las denuncias: investigando al que denuncia.
Y afuera del Senado, México arde.
En Ojocaliente, Zacatecas, explotó un coche bomba frente a una comandancia. No es una escena de narcoseries. No ocurrió en Medellín durante los ochenta.
Ocurrió aquí. Ahora.
Por eso la comparación con Colombia no debería ofendernos.
Debería aterrarnos.
Porque Colombia aprendió con sangre que cuando el crimen organizado busca poder político, las bombas son apenas una parte del problema. La otra aparece cuando la sociedad deja de sorprenderse de encontrar nombres, fotografías, acusaciones y expedientes alrededor de quienes toman decisiones públicas.
No afirmo culpabilidades. Eso corresponde a fiscales y jueces.
Pero tampoco acepto que exigir investigaciones sea persecución política, ni que preguntar sea difamar.
México tiene derecho a saber.
Y Claudia Sheinbaum tiene frente a sí una oportunidad que quizá defina mucho más su sexenio que cualquier cifra presentada hoy: demostrar que está dispuesta a investigar hacia afuera, pero también hacia adentro.
Sin importar partido.
Sin importar apellido.
Sin importar quién sea el “Jefe”.
Quiero creer que lo hará.
Porque todavía prefiero creer que la Presidenta puede enfrentarse a la narcopolítica antes que aceptar que la narcopolítica terminó imponiéndose sobre la Presidenta.
El joven senador Pablo Angulo cerró aquella declaración la noche del 31 de agosto con seis palabras:
“De eso se trata: defender a México”.
Hoy yo agregaría solamente una:
Presidenta: defiéndalo.
Aunque para hacerlo tenga que mirar hacia adentro.
