INE: El desprestigio es apenas el comienzo
Édgar Ávila Pérez
Suelo ser un asiduo espectador de series televisivas y aprovecho mis tiempos libres para consumir todo tipo de producciones; no tengo prejuicios ni una lista de preferencias, siempre estoy abierto a cualquier género o propuesta.
Fue así como me adentré a la serie Andor, protagonizada por Diego Luna, quien interpreta a Cassian Andor; y por el estupendo actor sueco Stellan Skarsgård, quien da vida a Luthen Rael, un comerciante de arte que lleva una doble vida como uno de los principales organizadores de la rebelión contra el Imperio.
La serie me pareció, además de estar realizada muy bien en términos cinematográficos, en una verdadera obra de arte política, porque nos muestra — con toda su crudeza, cinismo y deshumanización—, a dos grupos en disputa: un Imperio y una Rebelión dispuestos a hacer lo que sea necesario, incluso a costa del propio pueblo, para mantenerse en el poder o alcanzarlo.
Y hay una frase demoledora y de una franqueza brutal que se me quedó en la memoria, una frase que emitió en uno de los capítulos el multifacético y violento Luthen Rael: “El desprestigio solo es el comienzo, no es intención final”.
Por supuesto, esas palabras me remitieron a diversos casos de la política mexicana.
Un ejemplo: durante el sexenio de Enrique Peña Nieto hubo una campaña brutal de desprestigio —no sin razón, claro está— contra la lideresa magisterial Elba Esther Gordillo y, al final, miles de maestros se dieron cuenta que el desprestigio no era la intención final, sino que la intención final era lograr la aprobación de una reforma educativa que iba contra sus intereses laborales y apropiarse de la organización sindical.
Esas duras campañas las vimos con mayor intensidad, dureza y rudeza durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, un viejo zorro de la política que emprendió durísimos ataques contra organismos, institutos, consejos y fideicomisos con la bandera de la corrupción que imperaba en sus entrañas.
Así logró, por ejemplo, la desaparición de siete organismos constitucionales autónomos, encargados de garantizar derechos ciudadanos, evaluar políticas públicas y regular sectores estratégicos de la economía.
La mayoría de los ciudadanos, periodistas y líderes políticos se tragaron el cuento de que todo era corrupción y que todo debía desaparecer; y era cierto a medias, había excesos y casos específicos de corrupción que había que combatir, pero jamás desapareciendo todo un andamiaje institucional construido durante años y décadas.
Luego de que cientos y miles gritaron enfurecidos ¡quemenlos!, se dieron cuenta, muy a su pesar, de que la desaparición de ese andamiaje acabó con una lucha de décadas para construir una democracia de contrapesos, para frenar excesos y a liderazgos y movimientos trasnochados tanto de derecha como de izquierda.
Aquí estamos, lamentándonos por la desaparición del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales; del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social; de la Comisión Federal de Competencia Económica; del Instituto Federal de Telecomunicaciones; de la Comisión Reguladora de Energía; y de la Comisión Nacional de Hidrocarburos, solo por mencionar algunos.
Todo esto viene a cuento por los escándalos de corrupción detectados en el Instituto Nacional Electoral (INE) y, específicamente, por los señalamientos contra su consejera presidenta, Guadalupe Taddei; ello en medio de una dura ofensiva de críticas y cuestionamientos —más bien, de una campaña de desprestigio— no solo contra una persona, sino contra una institución y todo un andamiaje electoral que durante décadas permitió transiciones políticas ordenadas y en paz en México.
Y aquí nuevamente ronda la frase: “El desprestigio solo es el comienzo, no es intención final”.
Veo a diversos sectores sumamente furiosos con el tema, atacando no solo al INE, sino también a los organismos electorales locales que, si bien en algunos casos necesitan recomponer las actuaciones de sus funcionarios, han venido operando para garantizar transiciones políticas estables. Es cierto, deben rendir cuentas los corruptos, pero las instituciones deben ser fortalecidas y prevalecer.
La furia y el enojo que se perciben me recuerdan un vergonzoso episodio ocurrido hace años en Veracruz, durante el gobierno de Javier Duarte de Ochoa; en ese entonces, decenas de periodistas-activistas, así como activistas sociales y políticos, enfurecidos con el priista decidieron que una forma de castigarlo era presionar a los organizadores del encuentro cultural Hay Festival para que retiraran el evento de Xalapa, capital del estado. Claro que los descerebrados lo consiguieron, pero en su afán de castigar al gobernador terminaron perjudicando a toda una población lectora y culta.
Solo espero que esta furia y este enojo, evidentemente acrecentados por las campañas generadas desde el poder, no nos lleven a un despeñadero ni nos conduzcan a un lugar oscuro del pasado, cuando el Estado organizaba y calificaba las elecciones para beneficio de la dictadura perfecta que representaba el PRI.
La furia y el enojo sin contención nos conducen al precipicio. Y ya vimos que el actual sistema político mexicano, que llegó al poder con AMLO, no tiene empacho en sacrificar incluso a los suyos —léase Guadalupe Taddei— para conseguir sus objetivos y alcanzar el control absoluto.
No echemos al cesto de la basura a Luthen Rael, porque el desprestigio puede ser apenas el instrumento para alcanzar un objetivo político mucho mayor.
x: @edgareap



