Por Raúl Contreras Zubieta Franco
Quienes hemos trabajado en una redacción de un medio universitario sabemos que, por más cuidado que pongamos en la revisión de una noticia, siempre existe la posibilidad de cometer un error. Puede ser una palabra, una coma, una fecha, un nombre o, incluso, un ajuste de último momento que termina tirando por la borda todo aquello que originalmente estaba bien escrito.
Y, pues sí, tarde o temprano nos toca reconocer que metimos la pata. Lo que me parece interesante, y que pocas veces discutimos con suficiencia, es qué hacemos cuando esa equivocación llegó a nuestras audiencias y tenemos que dar la cara.
Por ejemplo, recordemos lo ocurrido en marzo pasado con la Gaceta UNAM. En la portada de su edición del día 23, dedicada al centenario del nacimiento de Jaime Sabines, apareció la expresión “versos que desollan”, cuando lo correcto era “versos que desuellan”. Juan Pablo Becerra-Acosta Molina, su director, periodista de amplia y reconocida trayectoria, admitió públicamente que él había ordenado aquel cambio durante el cierre de la edición y, en una decisión que me parece digna de reconocimiento, llegó incluso a presentar su renuncia. Todo, por un verbo mal conjugado.
Por supuesto que su renuncia no fue aceptada y días después publicó en el mismo medio institucional su personal explicación que tituló: “Más que una fe de erratas…”. Debo reconocer que el episodio me tocó particularmente, porque le tengo un enorme cariño a la UNAM y, desde luego, a su Gaceta, de cuyo equipo de trabajo tuve el privilegio de formar parte hace algunos años.
Sé lo que implica sacar adelante una publicación universitaria y conozco las dificultades que enfrentan quienes tienen la responsabilidad de dirigirla. También sé que, por mucha experiencia que acumulemos en este oficio, tarde o temprano terminamos regando el tepache.
Lo que quiero ejemplificar con el caso es que alguien más pudo haberlo resuelto con una sencilla fe de erratas y continuar con el trabajo cotidiano de la publicación. Sin embargo, se tomó la decisión profundamente recta y transparente de explicar personalmente lo ocurrido y asumir públicamente la responsabilidad.
No hay duda de que hay que tener carácter y una concepción muy clara de la ética periodística para actuar de esa manera. Y creo que, entre quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida al periodismo universitario, una decisión como esta merece no sólo reconocimiento, sino respeto.
Con esta ejemplificación quiero colocarnos frente a una pregunta que deberíamos hacernos con mayor frecuencia en las redacciones universitarias: ¿qué hacemos cuando nos equivocamos en el contenido de una pieza periodística?
Porque no pesa lo mismo cualquier errata a atribuir declaraciones a quien nunca las hizo, publicar datos incorrectos o falsos sobre una persona o dar por aprobada una decisión institucional todavía pendiente.
Quienes hemos trabajado en redacciones universitarias sabemos que el error aparece cuando menos lo esperas, incluso en esa última revisión que supuestamente buscaba mejorar el material informativo. A veces lo detectamos antes de publicar, otras, cuando la noticia ya circula y un lector más atento que nosotros tiene la gentileza, o la mala leche, de aventárnoslo en cara.
En los tiempos hegemónicos de la prensa escrita, una equivocación así quedaba para posteridad en los ejemplares distribuidos. Y si había rectificación, ésta aparecía en otra edición; qué remedio, los ejemplares ya estaban en manos de sus lectores. Hoy un editor abre la nota en su gestor de contenidos del portal, modifica un título, cambia un dato y guarda la nueva versión. Puede hacerlo sin que quede señal alguna de lo que se publicó inicialmente.
La facilidad es enorme, no hay duda. Pero quien leyó la noticia por la mañana podría no volver a consultarla; tampoco quien la compartió con sus compañeros. En la pantalla del editor el error desapareció. Fuera de ella, vaya usted a saber cuántas personas siguen creyendo lo que decía aquella primera versión.
Y aquí está, para mí, la responsabilidad que a veces dejamos suelta. Si difundimos información que después resulta equivocada, tenemos que pensar cómo se enterarán de la corrección quienes recibieron la noticia original. No hablo de organizar una ceremonia por una coma mal puesta, sino de cuando un gazapo cambia totalmente el sentido de lo publicado.
También es cierto que no cualquier reclamo obliga a rectificar, por ejemplo, en una universidad puede haber quien pida cambiar una información de una pieza perfectamente documentada y sustentada simplemente porque no le gustó verla publicada. Habrá que escuchar, revisar pruebas y, si no hay equivocación, sostenerla. Aceptar un error exige honestidad; defender lo que está probado, también.
Y hay cartas de navegación que nos ayudan a encontrar el puerto seguro, por ejemplo, el código de ética de la Society of Professional Journalists pide reconocer las equivocaciones y corregirlas pronto, procurando que los lectores puedan advertir la rectificación. The Associated Press (AP) va incluso más allá. Cuando corrige un error, lo señala expresamente y si la información incorrecta fue utilizada por sus suscriptores, les solicita publicar también la corrección. Es decir, admite que el problema puede seguir vivo fuera de la redacción donde se originó la noticia.
Otro ejemplo lo encontramos en los criterios editoriales de La Gaceta de la Universidad de Guadalajara, que establecen que los errores publicados deben corregirse tan pronto como se detecten. Ahora bien, habría que conocer cómo se aplica esa disposición y qué hacen otros medios universitarios en situaciones semejantes, pues, no tengo información suficiente como para afirmar que todas las redacciones universitarias proceden de la misma manera, ni pretendo hacerlo.
Lo que me cuesta asimilar es la narrativa de doble discurso, por un lado, una universidad exige a sus estudiantes comprobar las afirmaciones que hacen en sus trabajos y corregir aquello que no pueden sostener y, por otro, que una noticia publicada en sus propios medios universitarios, aun cuando contenga un error de fondo, pueda modificarse sin ofrecer explicación alguna.
Me quedo al final con un detalle del caso con el que inicié esta reflexión: tenemos la versión de quien en su momento tomó una compleja decisión editorial, publicada por él mismo en el medio que dirige. Y eso permite hablar del error con hechos, sin tener que reconstruir lo ocurrido a partir de rumores o versiones de terceros.
Dicho de otra forma; quienes ejercemos este nobilísimo y gratificante oficio, tarde o temprano nos iremos de bruces. En ocasiones nosotros mismo lo advertimos y en otras tantas nos lo hace notar alguien más y no siempre con delicadeza. Lo que no tendría justificación sería saber que publicamos algo incorrecto, arreglarlo a escondidas y confiar en que nadie se dará cuenta.
Ojalá que cuando la equivocación ya no sea una palabra sino el contenido de una noticia encontremos esa misma disposición para explicar lo sucedido. Al final, de poco sirve pedirles confianza a nuestros lectores si cuando nos equivocamos preferimos que no se enteren.
Referencias
Becerra-Acosta Molina, J. P. (2026, 26 de marzo). Más que una fe de erratas… Gaceta UNAM, núm. 5640. https://www.gaceta.unam.mx/wp-content/uploads/2026/03/260326.pdf
Gaceta de la Universidad de Guadalajara. (s. f.). Criterios editoriales. https://www.gaceta.udg.mx/criterios-editoriales/
Society of Professional Journalists. (2014). SPJ’s code of ethics. https://www.spj.org/spj-code-of-ethics/
The Associated Press. (s. f.). Telling the story. https://www.ap.org/about/news-values-and-principles/telling-the-story/



