Roberto Yerena Cerdán
Un mal día me enteré -como muchos otros miembros de la comunidad universitaria- que Martín Aguilar estaba fraguando un plan ominoso y descaradamente turbio, al interior de la Universidad Veracruzana. No lo creí capaz por dos razones. Por las limitadas cualidades que el espurio ha demostrado en su haber como rector; y por la gravedad que ello implicaba para la estabilidad y futuro de la institución. Aún más, porque nadie, en la historia de la UV, se había atrevido a atentar de esta manera contra la esencia y significado de una entidad pública que se debe a los mejores atributos intelectuales y al compromiso sustantivo que tiene con la sociedad.
Se ignoran los motivos profundos y la lectura que haya hecho Martín respecto a la situación de la UV, y cuáles son sus capacidades para impulsar un proyecto de universidad verdaderamente destacable. No le fueron suficientes cuatro años de su primer rectorado. Necesita otros cuatro para entregar una universidad sin sustancia y trascendencia. Y este desenlace se intuye por la forma misma en que concibió su atropello legal. No merece la continuidad, mucho menos de la forma tan alevosa como la logró. Su punto de partida es insostenible en términos legales y en sus capacidades de gestión, y los resultados que entregará Martín Aguilar estarán a la altura de lo que él ha demostrado ser.
Vuelvo a un tema que parece estar rumbo al olvido por la complaciente indiferencia de los universitarios; porque ellos mismos han dado señales de que la UV puede quedarse en este estado catatónico. Y esto vale tanto para los consejeros universitarios (hablamos de cientos de académicos que cedieron su conciencia a sus representantes) y para los mismos opositores que han dado muestras de nada para reimaginar alguna estrategia, acaso de última instancia, para destituir a un “no rector” que tiene una cachaza impenetrable y una banda de colaboradores cuyos alcances para gestionar una institución de educación superior no van más allá de sus respectivas narices. Cuando vuelvan a sus labores docentes y/o de investigación habrán de narrar a sus estudiantes la loable labor que realizaron para contribuir a este desastre, y cómo fueron capaces de mantenerse inconmovibles.
Si la conclusión es que no hay nada que hacer, es que no hay nadie que pueda hacer algo por la Universidad Veracruzana. Los paradigmas que imperan cuando procesamos nuestros actos en el entorno social suelen ser cambiantes y nos desubican. Se vale tomar posición y defenderla con argumentos; pero debemos estar atentos en la medida en que estos procesos no son una simple dualidad sometida a oposiciones políticas dogmáticas. Me refiero con esto a que Martín se le asocia con Morena -vaya desprestigio para el partido- y que su proceder como malandrín fue apoyado por algún grupo de la 4T que actuó por iniciativa propia y contribuyó a nulificar el recurso de amparo en las instancias judiciales. Del mismo modo, no es concebible que sus secuaces también se asuman como simpatizantes de la 4T, porque ni lo son ni lo parecen. Del diluido frente opositor, que incluye a la inoperante RED por la legalidad, cuesta trabajo calificarlo de prianista; aunque algunos lo sean, con pleno derecho de elección.
Nunca se reflexionó que esta dicotomía limitaba las posibilidad de entender las auténticas motivaciones de Martín Aguilar y sus debilidades, y así poder contrarrestar la captura ilegal que perpetró en la UV. La estrategia no consistía en responsabilizar a las 4T y lo que cada quien entienda por ello. Se trataba de instrumentar medidas de protesta lo suficientemente contundentes y corrosivas para abrir un frente de conflicto ante el cual Martín tuviese que responder directamente y colocarlo contra la pared. Pero en cierto momento, la combinación de su carencia de escrúpulos y la real o supuesta garantía otorgada de que su ilegalidad iba a ser avalada, tuvo un resultado que Martín Aguilar no se lo hubiese imaginado. Hasta ahora, su presencia en el debate ha sido fantasmal y ni siquiera sus adláteres han tenido la capacidad de asomar la cabeza -no digamos, el cerebro- para hacer una mínima defensa de su inspirado no rector.
Parece un dejo de resignación el asumir que Martín continúe por otro período rectoral. Su misma imagen es insufrible para muchos universitarios, porque simplemente no dice nada. Por lo menos que tratara de hacer una defensa digna de su indignante actuación, cosa que sería posible solo si admitiera su abuso y descaro. Como vaya a ser, en los próximos años la UV vivirá una de sus etapas más grises, solo apuntalada por una política de comunicación que solo sabe enaltecer lo inexistente, a través de un formato y un discurso estandarizados y sosos, que solo al “no rector” fascinan.
Si de milagro aparecen por ahí iniciativas, ideas o ocurrencias para rescatar la dignidad universitaria, habría que valorar la capacidad de acción y compromiso real para llevar adelante un auténtico frente opositor -estudiantes incluidos- que reactive la indignación y vivifique un espíritu universitario en peligro de extinción; al margen de que cada quien se sienta iluminado por los dioses y se sustraiga de cualquier compromiso, en tanto universitario consciente. El posicionamiento del nivel alcanzado por una universidad debe ser genuino y solo soportado por un trabajo colectivo y homogéneo de sus integrantes y no por una corte de burócratas charlatanes instalados en sus frías oficinas. La universidad que ellos imaginan no será tal. Será esta y un poco menos. Y no es pesimismo; es lógica pura.



